Hace unos días, nuestra ciudad fue trending topic al viralizarse un video en un conocido programa de televisión matinal de Atresmedia, en el que se mostraba un barrio de la capital, Manantiales, conviviendo con ratas. Sí, las de toda la vida, las de alcantarilla, las que corretean por los parques cuando cae la noche y hacen slalom entre contenedores desbordados.
Crónica de Andoni Madrid y Cuka Leyre
Y luego están las otras, las de despacho, moqueta y sonrisa institucional, que se alimentan de partidas presupuestarias, informes inflados y promesas recicladas, una dieta rica en “corrupción política” y baja en compromiso.
Las primeras, las de cloaca, al menos, tienen la decencia de no ocultarse: uno las ve venir. Salen a su hora, hacen su trabajo-buscar comida, sobrevivir- y no prometen nada que no puedan cumplir. Aunque su aparición en entornos urbanos es un indicador claro del (mal) estado de salubridad y gestión de una ciudad, además de actuar como vectores de enfermedades, y cuya presencia es un factor de alerta para los servicios de salud pública. Por ello, el Ayuntamiento de Guadalajara debería actuar urgentemente contra esta plaga de ratas y lanzar una estrategia de control continuo que combine limpieza, mantenimiento urbano, concienciación ciudadana y seguimiento técnico.
Las otras ratas, las de traje y (ex) chaqueta de pana, las de la camarilla del Peugeot y su red de amiguetes provinciales, son más sofisticadas. No roen cables, pero sí presupuestos, no anidan en alcantarillas, pero encuentran refugio en organismos, consejos y cargos de confianza y, curiosamente, cuando algo huele mal en la ciudad, nunca están cerca… aunque siempre acaban apareciendo en la foto cuando toca inaugurar algo.

El ciudadano de a pie convive con ambas especies. A una la esquiva cuando pasea por el parque; a la otra la esquiva cuando intenta entender una factura, una obra interminable o una promesa reciclada en campaña tras campaña. Y entre esquivar unas y otras, empieza a notar que unas, al menos, cumplen con su instinto natural, mientras que las otras parecen reinventarse según el calendario electoral, ¿o no?
Porque la rata de calle no pide tu voto. No te habla de futuro sostenible ni de progreso mientras deja el contenedor sin recoger. No te dice que todo está bajo control mientras tú haces malabares para entender por qué todo funciona a medio gas…
Y así, entre contenedores rebosantes y discursos aún más rebosantes, este ciudadano de a pie se pregunta cuál de las dos especies de ratas es realmente el problema, la que ves correr delante de ti o la que lleva años detrás de ti sin que lo notes. Es decir, ¿preocupa más la rata que roe o la que legisla, la que come basura o la que devora nuestros presupuestos y se corrompe?
El Heraldo del Henares
