sábado , 27 noviembre 2021

Carta semanal del obispo de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara: ‘Muchas gracias’

El pasado sábado, 25 de septiembre, celebraba en la catedral de Sigüenza los 50 años de mi ordenación sacerdotal y los 25 de la ordenación episcopal. En esta celebración he dado gracias a Dios por haberme concedido los dones inmerecidos del sacerdocio y del episcopado. Así mismo agradecía al Señor las gracias recibidas de su infinita bondad durante estos años de gozoso servicio al santo Pueblo de Dios.

En esta acción de gracias al Padre celestial me he sentido arropado y acompañado por algunos hermanos en el episcopado, por los sacerdotes, consagrados y cristianos laicos de nuestra diócesis o de otras diócesis, en las que he ejercido el ministerio episcopal. A quienes me habéis acompañado físicamente, a los que habéis preparado la celebración con cariño, sacrificio y dedicación, y a cuantos habéis orado por mi ministerio desde vuestras comunidades religiosas, parroquias o domicilios, muchas gracias.

Durante los días previos a este acontecimiento, meditaba aquellas palabras del libro de los Hechos de los Apóstoles en las que se nos dice que “en Dios vivimos, nos movemos y existimos” (Hech. 17, 28). En estas pocas palabras de la Sagrada Escritura, descubría una vez más que nadie está lejos de Dios, pues nada ni nadie puede tener vida, si no es por su voluntad y por su gracia. El Señor es tan cercano a nosotros que, como afirma San Agustín, “nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Él”.

Estas palabras me han permitido revisar el presente, único momento que tenemos para entregar nuestra existencia a quien nos da el ser y nos mantiene en él. Los gozos y sufrimientos de cada día son siempre una oportunidad, que el Señor nos ofrece, para permanecer firmes en Él, que es nuestra roca, y para no sucumbir ante los vientos y tempestades del momento. Vivir en Él es vivir en la eternidad, meta hacia la que tiende y aspira el corazón humano, aunque pretenda ocultarlo o disimularlo.

Atilano Rodríguez

Esta revisión me ha permitido también asumir que, a pesar de los muchos pecados e incongruencias del pasado, el Señor ha sido y continúa siendo quien ha alentado cada día con su gracia mi vocación y ha levantado mi esperanza, manteniéndome en su amor y sosteniéndome en el ejercicio del ministerio al servicio de su Pueblo santo.

Por medio de estas líneas, quiero agradecer de corazón vuestras oraciones por mi humilde persona y os invito a que no dejéis de orar cada día por mí para que viva con entrega y fidelidad la vocación recibida hasta que el Señor quiera. Contad también vosotros con mis pobres oraciones ante Dios, por medio de nuestra Madre, la Santísima Virgen. Ella cuidó de Jesús y siguen cuidando ahora, con amor materno, de los discípulos de su Hijo, para que seamos fieles a nuestra vocación y misión en medio del mundo.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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