jueves , 13 diciembre 2018
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Aventuras y desventuras de unos oficinistas en agosto

Hay ocho empleados de guardia estas vacaciones y cinco de ellos se han pedido los días de asuntos propios y los de libre disposición para el puente. En definitiva, que solo estamos tres en la oficina para apagar incendios.

Y como si todos los astros hubieran confluido en nuestra contra, se conoce que el eclipse de luna no nos sentó nada bien, los fuegos esta vez han sido muchos, de lo más variopinto y desquiciantes. Que pasar, nos ha pasado de todo. Desde perder días y días de trabajo porque se nos ha caído no una, sino muchas veces el sistema, que ya nos sentíamos como Penépole volviendo una y otra vez a hacer lo que se suponía que ya habíamos hecho, hasta recibir no una sino miles de llamadas de teléfono, que parece que este año los clientes se han confabulado en nuestra contra y todos se han acordado de nosotros estos últimos días, muchos de ellos, seguro, además mentando a nuestra madre. Claro, que no es para menos, porque las facturas no se han pagado, los técnicos han dejado de prestar servicio y las entrevistas concertadas se han pospuesto sin avisar.

No es de extrañar que en las valoraciones de internet nuestra empresa se encuentre de las últimas en el ranking por buena atención y profesionalidad, sobre todo porque como marca vendemos una cosa y hacemos la contraria.

El caos viene, además, también porque no hay forma humana de saber quién se hace responsable de la centralita, y los recados se pierden en el caos de las cartas sin leer, los paquetes sin entregar y las fotocopias sin hacer.

Y luego están los rapapolvos de quienes se enfadan cuando, al no conseguir contactar con nosotros por teléfono, escriben un correo electrónico con alerta de importancia extrema, y lo que reciben es una respuesta automática de sálvese quien pueda, que aquí no queda ni el Tato.

Para colmo, ni siquiera nos consuela poder salir a tomar un café a media mañana, para despejarnos de tanto sinsentido, que los bares han cerrado todos y no hay ni un alma por la calle, como si se hubiera acabado el mundo y solo quedásemos nosotros tres, aquí, jugándonos a los chinos el único sándwich mohoso que queda en la máquina expendedora del pasillo.

Acerca de Julia San Miguel

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