Con su multiplicidad de perspectivas de narración, la complejidad de los asuntos que plantea y la opacidad y hermetismo de sus personajes, que según Julián Marías están envueltos siempre en un “inescrutable arcano”, Niebla plantea al lector no avezado una dificultad más que notable para extraer de sus páginas una interpretación medianamente certera y concluyente. Cuánto más complicado hacer una aceptable adaptación teatral de la misma, y sin embargo cabe adelantarse a decir que Fernanda Orazi ha hecho un trabajo excelente. Quizá porque no ha hecho precisamente una adaptación al uso sino una lectura personalísima, radical, disruptiva del texto original, sometiéndolo a un proceso de deconstrucción y rescritura para amoldarlo a una estética a medio camino entre el surrealismo y el absurdo, correlato este último del existencialismo que impregna la novela.
Y es que, en efecto, Augusto Pérez, el protagonista de Niebla es la personificación misma del drama existencial que para el hombre supone su vida consciente, el tener que discernir entre lo real y lo meramente apariencial de la existencia, atender al conflicto entre el sentimiento y la razón, entre el ser y el no ser, entre la finitud y la inmortalidad, dicotomías y formulaciones todas de una misma y recurrente pregunta sobre el sentido de la vida humana que destila la obra literaria y ensayística -y, cabría decir, la vida- de Miguel de Unamuno.
En su aproximación a un texto tan enjundioso y laberíntico, tragicómico (en el Prólogo de Victor Goti, amigo y confidente de Augusto, puede leerse que el propio autor le ha confesado no querer morirse sin haber escrito una “bufonada trágica” o una “tragedia bufonesca”) Fernada Orazi opta por la vía de la desrealización, presentando al joven e introvertido Augusto como un ser extremadamente irresoluto, perplejo y ensimismado que aparece en la puerta de su casa dudando hacia dónde encaminar sus pasos, preguntando a quien quiere oírle y preguntándose en voz alta por los más nimios detalles/incidentes de su nebulosa existencia, un personaje que es la imagen de un yo inestable, frágil, “en lucha” consigo mismo y contra su rival en la conquista de Eugenia, como un homúnculo en permanente formación al que una mirada le hubiera abierto de par en par la puerta a una vida nueva.
La versión de Fernada Orazi dramatizaría ese lento, tortuoso proceso por el que Augusto se desprende de ese ensimismamiento invalidante hasta adquirir en diálogo con el resto de personajes y en monodiálogo con el perro Orfeo, el poder de exteriorizarse, de abrirse a una realidad problemática que al parecer hasta entonces le había sido negada. El papel de Orfeo es fundamental en este proceso, como interlocutor/narrador que replica, apostilla o reformula sus juicios de valor, su autoreflexión, mediante un complejo artefacto enunciativo que funciona con precisión milimétrica y que constituye la verdadera urdimbre sobre la que se sustenta la trama. Y también los son las dos mujeres de su vida Eugenia y Rosario, la primera que le somete a continuos desprecios y a una burla cruel, atribuyendo sus desvíos a la fatalidad y la segunda con quién descubre la dulzura de la intimidad y el afecto sincero.
Esa poética de la desrealización a la que aludíamos arriba se concreta en diversos procedimientos. Mediante ese mecanismo de enunciación al que aludíamos arriba, mediante la objetivación, por ejemplo, con una alfombra roja extendida a los pies de Augusto mientras avanza para simbolizar el itinerario que sigue, camino de sus citas con Eugenia, o materializando las burlas a las que esta le somete mediante una sonora y estridente carcajada del resto de personajes; pero sobre todo mediante los violentos contrastes en que se resuelven los intercambios verbales o se interpretan las muestras de afecto, desprecio, o conmiseración. Lo solemne o lo obtuso se interpreta como obvio, con incredulidad o asombro lo incontrovertible, lo loable y la firmeza del propósito con la apagada y lánguida cadencia y entonación de la frase que lo sustenta. El propio Augusto (portentoso Juan Paños) es la contradicción misma, y lo mismo cabe decir de Eugenia (una magnífica creación de Leticia Etala), pasa sin solución de continuidad y sin venir a cuento del alago zalamero, a la indiferencia, al aborrecimiento y al estentóreo grito de desprecio. La antítesis marca también la relación de Eugenia con Rosario; donde allí hay altanería, desenvoltura y fingimento, aquí hay timidez, genuino afecto y ternura que descolocan a Augusto y le sumen en un mar de cogitaciones. Sus escenas con ella en la chaise longue y el candoroso arrobo con el que contempla como se introduce su pañuelo en el seno tras haberse enjugado las lágrimas, contrasta de nuevo con el brutal sarcasmo con el que Eugenia le ridiculiza y zahiere. Pero en ambos casos, no se nos olvide, así como en el resto de escenas en las que participan otros personajes, el resultado es fruto de la ironía y de la parodia, de mohines y actitudes impostadas, grotescas y colindantes con una poética del absurdo que la directora imprime a todo el espectáculo
La estilización llega a su punto álgido en el desenlace, una escena antológica en la que Orazi derrocha tino, sensibilidad y finura. Augusto que, tras la amarga decepción, había renunciado al suicidio, se ha rebelado contra su hacedor (aquí el “encargado”), increpándole a gritos y entre sollozos mientras reivindica su derecho a la vida, aunque figura de ficción; pero luego, una vez sentenciado, acepta mansamente su sino. Tras varios momentáneos desvanecimientos que presagian el desenlace termina por dejarse llevar por sus compañeros y rendir sus banderas ante un esplendoroso atardecer de azul intenso con nubes blancas -cortesía de Magritte-, en una escena de una ternura y una delicadeza incomparables.
Gordon Craig. 29-III-2026.
Ficha técnico artística:
Autor: Fernanda Orazi a partir de Niebla, de Miguel de Unamuno.
Con: Juan Paños, Leticia Etala,Javier Ballesteros, Carmen Angulo y Pablo Montes.
Diseño de escenografía y vestuario: Cecilia Molano.
Diseño de iluminación: David Picazo.
Música y espacio sonoro: Javier Ntaca
Dirección: Fernanda Orazi.
Madrid. Nave 10 Matadero.
Hasta el 12 de abril de 2026.
El Heraldo del Henares


