lunes , 14 octubre 2019
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No es un cuento, es la vida.

            Nadie ha intentado adaptar un cuento para que se haga realidad. ¡Solo la vida lo ha hecho! Todos los cuentos hablan de unos personajes que vivían en un país lejano, que se enfrentaban con unos problemas, pero los superaban, gracias a su ingenio y a las hadas buenas que están siempre muy cerca.

          Supongamos que recorremos el mundo y descubrimos, un cuento fantástico, parecido a los cuentos que nos contaban siendo niños, pero real; tan solo los nombres han cambiado, y los personajes son de carne y hueso. ¿Es posible?

              En general, los cuentos  estaban ideados para contarlos a los niños, y algunos de los protagonistas eran precisamente niños. Algunos tenían unos papás pobres, que vivían en el campo.  Tenían dificultadas, pero las superaban y  eran felices. De quienes hoy quiero hablaros ya no son niños, son mayores; tal vez sean abuelos, pero tienen la ilusión y el corazón de niños. No es imposible, porque todos crecemos a nuestro pesar.

         Actualmente, los protagonistas un poco mayores ya, son unos granjeros que viven en una casa con jardín. Sus hijos se han ido para vivir su vida, y están solos.

         Las brujas tienen muchas formas; todas dan miedo porque son el miedo. Las brujas se disfrazan de malas para hacer daño.

         Una de ellas, se metió en la casa de estos abuelos  y quería destruir su felicidad.  Fue quitando la vista hasta dejar ciega a la señora Kuroki. Después de la ceguera, también comenzó a robarle la sonrisa y la alegría. Y ella, al estar deprimida ni siquiera quería salir de casa, a pesar de que vivía en  Shintomi, en la preciosa región arbolada de Miyazaki, en Japón.

        El señor Kuroki, era muy listo y trabajador. Conocía las costumbres de su país y pensaba en la manera de hacer algo que pudiera neutralizar a la bruja que se había apoderado de su mujer y hacer que saliera de casa, hablara con la gente,  se animara  y que recuperara la sonrisa. La bruja la tenía deprimida y recluida.

         ¿Cómo lo haría?  Llevaba varias noches sin dormir, venga a pensar.  Descartó que los medicamentos fueran la solución.  Al fin, no pudiendo soportar la tristeza de su mujer, tuvo una idea. Recordó que en su país y en casi todos los del mundo, los enamorados suelen tener el detalle de regalar flores a su amada. A su mujer, siempre le habían gustado. Pero, un simple ramo tampoco podía ser la solución, porque estaba ya ciega. Tenía que ser algo que pudiera hacerla salir al exterior y que le diera el sol. El señor Kuroki destacaba por su educación y sensibilidad.  En su país y en su familia siempre se apreciaban los detalles.

        Hacía mucho tiempo que, como casi todos los jóvenes, habían hecho una visita al monte Fuji, la montaña más alta y la más emblemática de Japón.  La montaña sagrada luce especialmente cuando a sus pies se extiende un mar de flores rosa, o musgo rosa y se llena de visitantes desde mediados de abril hasta primeros de junio. ¿Por qué no intentarlo?

        Su casa estaba rodeada por un amplio terreno de jardín que no era llano. De todos modos allí mismo comenzó a plantar semillas de esa flor rosa llamada shibazakura, especial de Japón, muy aromática, para que su mujer pudiera olerla. Durante casi dos años, trabajó para ir sembrando miles de semillas. Quería llenarlo todo como una gran alfombra que rodeara la casa y su aroma perfumara el ambiente.

         Al llegar la primavera, aquel césped cerezo o musgo rosado, comenzó a brotar y perfumar el aire, como si estuvieran a los pies del  mítico monte Fuji. El olor de esa flor fue expandiéndose hasta llegar al interior de la casa, donde se encontraba la señora Kuroki. Había perdido el color y la sonrisa de su cara, pero no el olfato. Aquel perfume de la flor shibazakura, como un hada, la atraía sutilmente hasta sacarla al exterior. ¡Logró que saliera de casa!

           Pero, como el jardín era grande, además de plantar flores, el señor Kuroki, había hecho algunos senderos para no pisar las flores. Por si algún día su mujer se cansaba, añadió otro pequeño detalle: colocó algunos bancos. Así podrían sentarse al sol mientras disfrutaban de la vida.

       Y  la magia de las flores con su aroma, ganaron la batalla a la bruja de la depresión, que había encerrado en casa a la señora Kuroki. A las magas buenas se las suele llamar hadas. El hada del perfume, sutilmente, entraba en la estancia y sacaba de la mano al aire libre y a la luz, a la buena señora, cada día. Pero… no termina ahí el cuento de la vida.

      Aunque aquel jardín no era público, el aroma y el colorido del césped, quitó también el miedo a los curiosos que se fueron acercando para contemplarlo.  Y de este modo, la señora  Kuroki, pudo conversar  y  sonreír, saludando a muchos de sus paisanos y algunas personas venidas de todo el mundo. ¡Nada menos que 7.000 visitantes al año!

      Cuando el hada buena, cura a un enfermo, también repercute en su cuidador. Ella sabe que el cuidador también debe ser cuidado y liberado, de la preocupación y del esfuerzo.

        La felicidad del señor Kuroki al ver la alegría de su amada y la rapidez que, con un poco de esfuerzo de su parte y, la terapia natural de las flores habían transformado su pequeño jardín y la vida de su esposa, era palpable. Su casa, su rosado jardín y ellos mismos, se abrían a una forma de comunicación nueva,  más amplia y gratificante. Volvieron a ser felices.  Hoy, los medios de comunicación de todo el mundo se hacen eco de esa hazaña maravillosa.

      Y, colorín colorado este cuento no se ha acabado, porque no ha hecho más que empezar. Seguro que los niños y los adultos encontrarán, por fin, que los cuentos de la vida real, están más cerca de lo que parece, aunque sucedan en países lejanos.

         Ah, y ya saben el nombre de un hada buena en la naturaleza, se llama Shibazakura. Es una flor y tiene un aroma que cura si encuentra un jardinero o cuidador enamorado. La naturaleza, si se la cuida, es la mejor medicina.

      Podéis comprobar, que este cuento no es producto de la imaginación de un escritor, ni es casual, sino real, como la vida misma. Aquí no hay truco, cualquiera puede ver a los protagonista: los señores Kuroki, la plantación de musgo-rosa y a los visitantes asombrados y felices, tomando fotos o haciéndose algún autorretrato (ellos dicen selfie)  con los dueños de la casa. (VER VÍDEO)

        Si alguien desea comprobarlo de cerca, debe saber que el momento de máximo esplendor, suele coincidir con las tres primeras semanas de mayo.  Y si no, en cualquier tiempo se puede descubrir ¡QUÉ BONITA ES LA VIA!

  José Manuel Belmonte.

Acerca de José Manuel Belmonte

Soy un ciudadano del mundo observador y caminante. La Vida, la Naturaleza y la Humanidad, pero sobretodo el corazón del hombre son una fuente inagotable de sorpresas. De eso escribo…

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