sábado , 17 noviembre 2018
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Ocho modos de saludo en la oficina y cinco que nunca dejan indiferente

Hay ocho modelos de saludo oficiales y cinco que nunca dejan indiferente. Desde los buenos días que el jefe no da cuando entra por la puerta hasta los que se cruzan contigo por el pasillo y agachan la cabeza o miran para otro lado con tal de no rebajarse, que siempre ha habido clases, y uno no deja de ser un simple asalariado.

Luego están los que se acercan a pedirte un favor justo en el momento que atiendes el teléfono y estás contestando dos correos a la vez. Y es que no es que no quieras, es que no te da la vida para más. En esos casos, pegan un respingo y no te dirigen la palabra en todo el día o en lo que queda de semana, quedando patente que te la tienen jurada y que te van a ir haciendo el vudú por las esquinas, que es entonces cuando resbalas, te haces un esguince por la escalera o te rayan el coche, si no acabas en el hospital con collarín.

Los hay realmente rencorosos, y son los que te están esperando por la mañana para ponerte encima de la mesa el trabajo que no puedes hacer ni en un mes, y te piden muy solemnemente que lo tengas listo en lo que queda de día.

O los que se guardan las espaldas y antes de que puedas defenderte de no sabes qué, ellos se han lavado las manos y te han echado toda la basura, sin pizca de vergüenza delante del que mande.

Y es que, para venir a trabajar, lo único que parece que necesitas es tener manga ancha para lidiar con cada uno de ellos, a cual más sorprendente si cabe. Y échate a temblar si te piden que vayas a tomar un cafetito, que lo que te encuentras son tres lindezas poco gratas, pero eso sí, mirándote con una sonrisa tan engatusadora que uno entra al trapo como un corderito, sin ser consciente del rato tan amargo que te van a hacer pasar.

Y luego están los que no te han hablado en la vida, y que de buenas a primeras, un buen día, se acercan con una sonrisa de oreja a oreja y te piden, tú que no tienes nada que hacer, que por qué no le echas un vistazo a un balance de un cuñado suyo, anda, si no va a ser nada, total, unas cuantas facturitas y unas sumas y restas, que esto lo haces tú en menos que canta un gallo. Fuera de oficina, por supuesto, y sin cobrar. Que luego te avisará cuando sea su cumpleaños, para que te pases por su mesa a tomar un bollito. Aunque esto fue hace ya más un siglo, y aún sigo esperando.

Acerca de Julia San Miguel

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