sábado , 25 noviembre 2017
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La Cueva de Casares, ese tesoro paleolítico tan cercano y con tanto por descubrir

En el término municipal de Riba de Saelices (Guadalajara), integrado en el Geoparque Molina-Alto Tajo, y sobre el valle del río Linares, hallamos esta cueva de gran interés geológico, cuya importancia científica se incrementa notablemente por tratarse de uno de los más interesantes yacimientos del arte parietal paleolítico no solo del centro peninsular ibérico, sino también del conjunto de Europa.

Crónica y fotografías de Julio Real González

Situada a unos 1.160 m. sobre el nivel del mar, y sobre un escarpe rocoso sobre el que se alza una atalaya de vigilancia islámica de planta rectangular,  edificada en el siglo X, en piedra sillería, sillarejo y mampostería, se abre la boca de acceso a la caverna.

Su formación, de origen kárstico, se remonta al período del Triásico Medio (hace alrededor de 235.000.000 de años), y fue propiciada por la acción del agua, que excavó una única galería de unos 230 metros de longitud, con alturas variables entre el 1,50 m. y los 6 m, y anchuras oscilables entre los  40 cm. y los 3 m.

En su interior, muy rico geológicamente, hallamos prácticamente todos los elementos actualmente clasificados de espeleotemas; es decir: estalactitas, estalagmitas, columnas, coladas, etc.

Un descubrimiento tardío y sorprendente

No obstante, lo que otorga verdadera importancia a esta cavidad geológica, es su “muestrario” de grabados paleolíticos.

Conocida la caverna desde los tiempos históricos de la dominación islámica –y  a cuya vera se construyó un poblado, en actual excavación arqueológica, en la imagen, que sería abandonado a lo largo del siglo XII a favor del actual núcleo de Riba de Saelices-, y utilizada habitualmente como refugio de ganado por los pastores de la zona, su intrínseco valor dentro del arte paleolítico fue sospechado por el maestro Rufo Ramírez Medina y, asimismo, por su hermano Claudio, los cuales en el año 1933 comprendiendo la importancia de los grabados que ornaban algunas de sus paredes, dieron cuenta de su descubrimiento al médico e historiador luzonero, Francisco Layna Serrano (1893-1971),  el cual publicó dos artículos sobre los grabados.

No obstante, la personalidad que dota de su auténtica importancia al yacimiento artístico paleolítico de Los Casares fue el arqueólogo calaceitano Juan Cabré Aguiló (1882-1947), el cual efectuó el primer estudio riguroso y serio sobre los grabados, con la ayuda de su hija Encarnación (1911-2005), en 1934.

La guerra civil (1936-1939) interrumpiría los trabajos de investigación, al mismo tiempo que deterioraron la cueva, al convertirse la misma en refugio de muchas familias que se protegieron en la misma de los combates.

Un segundo trabajo se publicaría por el Sr. Cabré en 1940, pero a pesar del interés internacional que despertó en los años 30 del siglo XX en arqueólogos de primerísima talla como Obermaier, el francés Breuil, y la proliferación de artículos publicados en el Reino Unido, Alemania, etc., la expectación inicial por los grabados rupestres decayó rápidamente, no realizándose los estudios metódicos y exhaustivos que el yacimiento merece, salvo referencias puntuales de especialistas actuales.

Una amplia cronología y variada representación figurativa

Se ha podido datar la ocupación de la cueva por distintos grupos homínidos desde el Paleolítico Medio (de  200.000 a 28.000 a de C.), gracias al hallazgo de un hueso metacarpiano perteneciente a un individuo del grupo homo neanderthalensis, y la elaboración de los grabados y las escasas pinturas ya en el Paleolítico Superior (del 28.000 al  13.000 a de C.)

Aunque entre las representaciones se dan signos de carácter abstracto, de carácter endémico en esta zona del centro de la Meseta, destacan sobremanera las representaciones animalísticas y, sobre todo, las representaciones de “humanos”, a veces formando escenas complejas. Estos humanos son denominados antropomorfos” por los especialistas, al mostrar características anatómicas humanas, pero rostros dotados de hocicos prominentes de aspecto animal.

Un ejemplo muy destacado lo constituye el grabado conocido como “antropomorfo nadador”, en la imagen inferior, que de manera realista nos transmite la idea de abundancia con la representación de los peces, al parecer en un período interglaciar de temperaturas suaves que favorecían el baño.

La interpretación gráfica del grabado nos aclara mucho mejor los contornos de los distintos elementos, humanoides y zoológicos, que componen la escena.

Otra escena muy destacada y única en las representaciones del período paleolítico lo constituye la que ha sido denominada “hierogamia”, término de origen griego y que alude a un matrimonio sagrado entre entes divinos o sobrenaturales. En este caso parecen distinguirse dos antropomorfos, masculino y femenino, en el momento de realizar la cópula, en la imagen inferior.

La representación gráfica del grabado nos hace ver con mucha mayor claridad la escena, en la que una pareja, ella de anchas caderas al modo de las Venus del Paleolítico, y él dotado de un gran pene –como símbolo de fertilidad y supervivencia-, realiza su actividad amatoria mientras el antropomorfo masculino no deja de estar vigilante ante la cercana presencia de animales que pueden suponer algún riesgo; en el caso presente, se trata de varios mamuts.

Podríamos extendernos con muchos más ejemplos existente tanto de escenas, como de individuos antropomórficos, así como la gran variedad de especies animales representadas. Ello ha de suponernos un acicate para acercarnos al maravilloso Geoparque de esta comarca caracense y apalabrar la visita a la cueva en el centro de información turística de Molina de Aragón. Realmente merece la pena.

(*) Julio Real es cofundador y redactor de la revista Histórico Cultural ‘La Gatera de la Villa’

Acerca de Redaccion

Diario digital de Guadalajara y el Corredor del Henares fundado en 2009.

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