El personaje central de La constelación del perro es Hig, interpretado por Jacob Elordi, el actor de moda al que conocimos en Euphoria.
Lo acompañan dos veteranos como Josh Brolin y Guy Pearce, además de Margaret Qualley, a quien vimos destacar en la miniserie La asistenta y posteriormente junto a Demi Moore en La sustancia.
Lo de actriz emergente empieza a quedarse corto. Margaret Qualley ya es una realidad, y aquí vuelve a estar estupenda.
En realidad, los cuatro actores están magníficos.
La historia nos sitúa en un futuro postapocalíptico en el que una epidemia de gripe ha acabado con casi toda la humanidad.
Los escasos supervivientes permanecen dispersos por el mundo, las normas sociales han desaparecido y las bandas violentas campan a sus anchas.
La premisa no es precisamente nueva. Hemos visto más fines del mundo que finales de la Champions.
Pero Ridley Scott no necesita inventar el apocalipsis. Le basta con contarlo bien.
La película construye con mucho cuidado a sus cuatro personajes. No son simples muñecos colocados en el paisaje para disparar, huir y proporcionar cadáveres al departamento de efectos especiales.
Hig y Cima, personaje interpretado por Margaret Qualley, viven anclados en el duelo.
El perro de Hig es el vínculo que lo mantiene unido al pasado. A una vida sencilla formada por su mujer, su trabajo, las facturas y esas rutinas que solo valoramos cuando desaparecen. Hasta echa de menos ir al supermercado.
No era una existencia extraordinaria, pero era la suya. Y era feliz.
El perro no funciona únicamente como compañía ni como recurso sentimental para que el espectador diga «ay, qué bonito». Representa todo aquello que Hig ha perdido y todavía se resiste a abandonar.
Cada personaje se mueve por razones diferentes.
Bangley, interpretado por Josh Brolin, ha convertido la supervivencia en una disciplina militar.
Pops, al que da vida Guy Pearce, protege el pequeño mundo que ha conseguido conservar.
Cima arrastra su propio dolor.
Hig, en cambio, todavía quiere creer que en algún lugar queda algo parecido a la humanidad.
Aunque sea escondida detrás de una escopeta.
Ridley Scott contrapone dos mundos.
Por un lado, la belleza deslumbrante de la naturaleza, contemplada muchas veces desde la avioneta que pilota Hig. Montañas, bosques y grandes espacios que han seguido adelante sin nosotros y que parecen demostrar que el ser humano nunca fue demasiado imprescindible.
Por otro, está el mundo que hemos construido los hombres.
Y ahí el paisaje ya no resulta tan bonito.
La constelación del perro reproduce una forma muy estadounidense de imaginar el fin de la civilización: propiedad cercada, rifle con mira telescópica y cualquier desconocido considerado enemigo antes de que pueda decir buenos días.
En la versión española del apocalipsis probablemente se le invitaría primero a merendar. Después ya se decidiría si había que dispararle.
Es una diferencia cultural importante. El cine norteamericano ha repetido durante décadas que el otro es una amenaza y que la seguridad depende de poseer un arma más grande que la del vecino.
Aquí también estamos importando esa desconfianza, porque las malas costumbres viajan sin necesidad de pasaporte.
La película avanza con reposo y sosiego.
Se detiene en la convivencia, el duelo, los silencios y esos pequeños rituales que permiten seguir viviendo cuando ya no queda ninguna razón demasiado evidente para hacerlo.
Pero cuando llega la acción, Scott demuestra que todavía sabe organizar una secuencia con tensión, claridad y contundencia.
Hay momentos auténticamente inquietantes y un tramo final en el que la distopía alcanza toda su brutalidad.
La película sabe cuándo contemplar el paisaje y cuándo sacar la artillería.
No estamos ante una de las cumbres de Ridley Scott.
No es Blade Runner, ni Alien, el octavo pasajero, ni Los duelistas.
Pero tampoco todas las películas tienen la obligación de cambiar la historia del cine.
La constelación del perro es una película magnífica, con personajes sólidos, estupendas interpretaciones, imágenes poderosas y una mirada melancólica sobre aquello que perdemos cuando desaparece la vida cotidiana.
Mi puntuación es un 8/10.
Se lo merece.
Ridley Scott: 88 años y todavía pilotando la nave
Nacido en South Shields en 1937, Ridley Scott estudió diseño en el Royal College of Art, trabajó como escenógrafo en la BBC y se curtió durante años en la publicidad. Esa formación explica en parte su extraordinario dominio de la imagen, la iluminación, los decorados y la creación de mundos completos dentro de un plano.
Debutó en el largometraje con Los duelistas en 1977, una prodigiosa película ambientada en las guerras napoleónicas que obtuvo el premio a la mejor ópera prima en el Festival de Cannes. Solo dos años después dirigió Alien, el octavo pasajero y, en 1982, Blade Runner.
Con esas tres películas ya habría pasado a la historia del cine.
En Alien convirtió una nave espacial en una fábrica oscura, húmeda y claustrofóbica.
En Blade Runner imaginó un futuro abarrotado, lluvioso, decadente y reconociblemente humano. Sus escenarios no parecen decorados recién estrenados: están usados, manchados y habitados. En ellos siempre ha ocurrido algo antes de que empiece la película.
Su carrera, inevitablemente irregular, ha recorrido casi todos los géneros: el drama de carretera con Thelma & Louise, el péplum con Gladiator, el cine bélico con Black Hawk derribado, la aventura histórica con El reino de los cielos, el thriller criminal con American Gangster y la ciencia ficción de supervivencia con Marte (The Martian).
En los últimos años ha mantenido un ritmo de trabajo que agotaría a directores con la mitad de su edad: El último duelo, La casa Gucci, Napoleón, Gladiator II y ahora La constelación del perro.
A sus 88 años sigue rodando producciones enormes y manejando estrellas, ejércitos, localizaciones, efectos visuales y presupuestos descomunales con una energía que empieza a resultar médicamente sospechosa.
La constelación del perro supone su regreso a la ciencia ficción, aunque aquí no hay naves interestelares ni replicantes.
Es una distopía más íntima, construida alrededor del duelo, la soledad, el paisaje y la necesidad de confiar nuevamente en alguien.
Scott ha recibido cuatro nominaciones a los Óscar: tres como director por Thelma & Louise, Gladiator y Black Hawk derribado, y otra como productor de Marte.
Nunca ganó el premio competitivo, pero la Academia de Hollywood ha anunciado que le entregará un Óscar honorífico el 15 de noviembre de 2026.
También recibió el BAFTA Fellowship en 2018, la máxima distinción de la academia británica.
La película, basada en la novela de Peter Heller y escrita por Mark L. Smith, se estrenó en España el 26 de agosto de 2026 y en Estados Unidos dos días después, distribuida por 20th Century Studios.
La recepción inicial ha sido bastante más fría entre los críticos que entre los espectadores.
El 30 de agosto registraba un 41 % de críticas positivas en Rotten Tomatoes, frente al 72 % del público verificado.
En su primer día en Estados Unidos recaudó tres millones de dólares en 3.330 cines, una cifra todavía insuficiente para juzgar su recorrido comercial.
Mi puntuación: 8,77/10.
Ficha técnica en este enlace.
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Muchos besos y muchas gracias.
Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
Colaborador de Esradio Guadalajara, Alcarria TV, Nueva Alcarria y GuadaTV Media
El Heraldo del Henares

