El crecimiento exponencial de los patinetes eléctricos (Vehículos de Movilidad Personal o VMP) en nuestras calles ha traspasado la línea de la molestia puntual para convertirse en un verdadero peligro diario e insostenible.
Crónica de Andoni Madrid y Cuka Leyre. Fotografías de Cuka Leyre
La ciudad de Guadalajara, como la gran mayoría, se ha transformado en un improvisado circuito de carreras sin reglas, donde las aceras parecen pistas de aterrizaje y las calles se cruzan a capricho, muchas veces en riguroso sentido contrario desafiando toda lógica, sentido común y normativa de tráfico vigente.
Estas conductas ya han provocado más de un atropello de peatones por parte de estos inconscientes o de ellos mismos por terceros vehículos que no los pudieron esquivar mientras zigzageaban sin sentido entre coches y caminantes.
Crónica de Andoni Madrid y Cuka Leyre
Los ciudadanos estamos hartos, y con razón. Salir a dar un paseo apacible, acudir a hacer la compra o simplemente transitar por el centro se ha vuelto una actividad de alto riesgo para peatones de a pie, especialmente para los colectivos más vulnerables como nuestros mayores, los niños y las personas con movilidad reducida.
La sensación de impunidad en las calles es absoluta: patinetes zumbando a gran velocidad rozando a los transeúntes, vehículos ligeros circulando en dirección prohibida por calles estrechas y aparcamientos caóticos que bloquean vados, rampas y pasos de cebra. La paciencia vecinal se ha agotado por completo ante la falta de civismo de unos pocos y la aparente pasividad o inacción policial.
Ante este panorama de descontrol circulatorio y desamparo ciudadano, el ciudadano de a pie se pregunta cómo puede la ciudad tolerar que el espacio público pertenezca al infractor mientras los vecinos pierden la seguridad y la tranquilidad en sus propias aceras. Máxime cuando el propio Ayuntamiento de Guadalajara, en su web oficial, publicó en lo siguiente: ‘Este tipo de vehículos, denominados comúnmente patinetes eléctricos, circularán preferentemente por vías ciclistas, y de no existir, por la calzada, quedando prohibido su uso por aceras, espacios y calles peatonales, plazas, parques y paseos‘.
Esta situación no es solo un problema de convivencia menor, sino un síntoma alarmante de la degradación del espacio público urbano. Mientras se fomenta con acierto una movilidad sostenible y ecológica, se ha olvidado por completo que la sostenibilidad no puede construirse jamás a costa de pisotear la seguridad y la integridad física de quienes caminan. La calzada y los carriles habilitados están para los vehículos; la acera es, por definición constitucional y cívica, el santuario indiscutible del peatón. Ver cómo se vulnera esta norma básica cada dos minutos genera una profunda indignación social que el Ayuntamiento de Guadalajara y su plantilla de Policía Local no puede seguir ignorando con medias tintas.
Ya es hora de que el Ayuntamiento de Guadalajara coja el toro por los cuernos y aplique las medidas que ya están aprobadas de una vez por todas. Sea mediante una revisión estricta y punitiva de la ordenanza municipal, un incremento drástico y severo de las sanciones económicas para los infractores recurrentes, o la inmovilización y retirada inmediata de los vehículos que campen a sus anchas. Las advertencias amistosas ya no sirven. Las leyes están para cumplirse, y la autoridad municipal debe ejercerse con firmeza y la seguridad pública en favor de los vecinos. La vida y la integridad física de las pesonas no es negociable bajo ningún concepto, ¿o no?
El Heraldo del Henares

