miércoles , 26 agosto 2026

Carta del obispo de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara: ‘Cuatro cruces’

Queridos hermanos en el Señor: Os deseo gracia y paz.

San Bernardo afirma en sus “Sentencias” (tercera serie): “Hay cuatro cruces que esperan diferentes salarios merecidos” (Obras completas de San Bernardo VIII, BAC 527, pp. 111-113). Veamos cuáles son estas cruces.

1) “La primera es la cruz de Cristo, no el madero en el que estuvo colgado, sino la cruz del amor en la que entonces y ahora extiende los brazos de la caridad como para abrazarnos”. El Señor se ha entregado totalmente por nosotros; porque habiéndonos amado, nos amó hasta el extremo. “(…) en esta cruz de amor, nos espera y desea que nos crucifiquemos con él”. “Esta es la cruz que mandó que cargaran sus discípulos”.

2) “La segunda cruz es la de la penitencia; la de aquel ladrón crucificado a la derecha del Señor. Si nos fijamos bien, observaremos que este ladrón se destaca por la penitencia, la humildad, la confesión, la fe, la esperanza, el amor y otras virtudes”. Representa a quienes, reconociendo su injusticia y la justicia de Dios, se ofrecen con devoción espontánea a Dios por la cruz de la penitencia.

3) “Hay otra cruz, la del ladrón de la izquierda, impenitente, sin esperanza ni consuelo; de ella cuelga con el mismo sufrimiento que el de la derecha, pero con otra disposición interior; es todo murmuración y calumnia, todo soberbia y pura envidia”.

4) “Hay otra cruz impuesta, que lleva un tal Simón [de Cirene], esto es, el obediente. Soporta con mucho trabajo el castigo de la obediencia y acepta como cruz de Cristo todo lo que es propio de la cruz. (…) Y se le juzga por el empeño y la intención de su obediencia”.

Julián Ruiz Martorell

San Bernardo escribe también: “La cruz del hombre espiritual es la caridad. Cristo cuelga cada día de esta cruz, en el corazón del hombre espiritual. Si por nosotros se dignó subir a la cruz, nos invita a la perfección de su amor” (p. 193).

“Esta cruz, como el amor, levanta el espíritu a la cumbre del dolor, pero se transforma en gloria; porque ya no es dolorosa, sino gloriosa y agradable. Cristo llevó esta cruz” (p. 195).

A los ojos del mundo, la cruz es escándalo y necedad. Solamente el Espíritu Santo puede introducirnos en este misterio. Al hablar de los dones del Espíritu, dice san Bernardo: “El temor acucia, la piedad aparta, la ciencia instruye, la fortaleza arranca, el consejo libera, la inteligencia esclarece, la sabiduría vivifica” (p. 271).

Recibid mi cordial saludo y mi bendición

Julián Ruiz Martorell, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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