Queridos hermanos en el Señor: Os deseo gracia y paz.
Durante muchos años se denominaba “santos” a las ilustraciones que aparecían en los libros. Se decía que un libro sin “santos”, es decir, sin dibujos o fotografías, era difícil de leer. En ocasiones se dice, en tono distendido o despectivo, que alguien tiene cara de “santo”.
Pero la santidad es la riqueza de la Iglesia. Y por eso se celebra con toda solemnidad en la liturgia el 1 de noviembre. Aunque se suele confundir esta celebración con la conmemoración de los Fieles Difuntos al día siguiente.
La santidad de una persona es un reflejo humano de la naturaleza de Dios, el único santo, el tres veces santo. Llamamos santo a alguien que ha alcanzado la perfección en el amor, alguien que ha cumplido el designio de Dios en su existencia, alguien que se ha acercado lo más posible al sueño de Dios sobre su vida y misión.
El primer santo declarado fue el buen ladrón que, en los últimos momentos de su vida, reconoció su conducta equivocada y dijo: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” (Lc 23,42). Inmediatamente recibió una inédita respuesta: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43).
Algunas personas alcanzan el reconocimiento oficial de la Iglesia que las declara santos. Pero hay muchas personas no canonizadas que han logrado un alto nivel de santidad que se manifiesta en su humildad, su pobreza de espíritu, su capacidad de sacrificio, su generosidad, su entrega sin límites, su apertura incondicional al perdón y su sensibilidad en el trato con el Señor.
Conocemos rostros e historias que dejan huella porque expresan un tono vital de calidad, una manera de vivir que impacta por su coherencia, un estilo de vida que brota del encuentro y la amistad con Jesucristo, del compromiso con la Iglesia y del amor al prójimo.
León XIV dijo: “A primera vista, parece imposible declarar bienaventurados a los pobres, a aquellos que tienen hambre y sed de justicia, a los perseguidos o a los que trabajan por la paz. Pero, aquello que parece inconcebible en la gramática del mundo, se llena de sentido y de luz en la cercanía del Reino de Dios. En los santos vemos cómo ese Reino se acerca y se hace presente en medio de nosotros” (Homilía, 1 noviembre 2025).
Los santos nos enseñan que se pueden soportar las adversidades manteniendo la serenidad, conservando la alegría y reflejando luz.
Recibid mi cordial saludo y mi bendición.
Julián Ruiz Martorell, obispo de Sigüenza-Guadalajara
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El Heraldo del Henares
