martes , 29 septiembre 2020

Carta semanal del obispo de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara: La Epifanía del Señor

Todas las celebraciones de Navidad son una gran epifanía, una manifestación de Dios a todos los pueblos de la tierra por medio de Jesucristo. Si antes de la celebración de la fiesta de la Epifanía Jesús sólo se manifestó a José, María y a los pastores, representantes del resto de Israel, a partir de este día esta gran noticia supera los límites del pueblo de Israel y llega a los Magos, primicia de los pueblos paganos.

La Epifanía, por lo tanto, es la fiesta de la manifestación de la salvación de Dios a todos los pueblos de la tierra y a todos los seres humanos. El apóstol Pablo deja testimonio fehaciente de esta verdad cuando afirma que para Dios no hay judío ni griego, esclavo ni libre, sino que todos hemos sido alcanzados por la salvación de Dios y podemos de hecho ser salvados si acogemos a Jesucristo como Señor de nuestras vidas.

Con la actitud de los Magos entendemos el significado profundo de esta fiesta. A ellos se les concede en primer lugar el don de dar. Guiados por la estrella, se ponen en camino hasta que llegan a su destino. Al encontrar al Niño, se postran ante Él en actitud de adoración, reconocen su divinidad y le ofrecen sus dones: oro, incienso y mirra.

En un segundo momento, podemos descubrir que a los Magos se les concede también el don de recibir. Este don consiste en todo lo que van descubriendo a lo largo del camino como condición necesaria para poder ellos mismos dar. De hecho, no podrían dar si antes no hubieran descubierto la necesidad de preguntar, la urgencia de mirar, la posibilidad de interpretar los signos y la capacidad de soñar.

Finalmente, los Magos reciben el último don, el don más grande, en el portal de Belén. El Niño, pobre y humilde, presentado por José y María, es el don que les impulsa no sólo a dar cosas, sino a darse ellos mismos, a entregar la propia vida. Por eso, una vez que emprenden el camino de regreso a su patria, después de encontrarse con el Niño, quedan transformados interiormente. Puesto que han sabido recibir y han aprendido a dar, tendrán la capacidad de darse y serán testigos del don descubierto.

En este día de la Epifanía pidamos a María que nos muestre a Jesús para que, imitando el testimonio de los Magos, vivamos siempre con el propósito de darlo a conocer. De este modo, todos nuestros hermanos, especialmente los más alejados, podrán descubrir el amor de Dios, adorarlo y ser portadores de su luz hasta los confines de la tierra.

Con mi sincero afecto, feliz fiesta de la Epifanía del Señor.

Atilano Rodríguez, Obispo de Sigüenza-Guadalajara

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