viernes , 23 octubre 2020

Garabatos en Clave de Sol del Dr. Fusa: «Grammys grandilocuentes y gramolas gratificantes’

Siempre quise ganar un Grammy.  

Exangüe de soñarlo la mayoría de las veces despierto, como bohemio y soñador de ojos abiertos que soy.

Tener esa condecoración musical en un estante del salón de mi casa. Uummm…

Más adelante conocerán todo el contenido de dicho sueño.

Hablemos de los Grammys, esos prestigiosos premios concedidos por la Academia de las Artes y las Ciencias de la Grabación, ubicados en USA.

En primer lugar decirles que esta organización, a modo de masones, es hermética, secreta y cautelosa en sus designaciones y decisiones.

No se rigen por las ventas, ni por la popularidad ni favoritismos y amiguismos y ningún tinglado que suene a corrupción.

Claro, por eso nos bombardean cadenas de televisión como la MTV durante todo el año con videos que sugieren adelantos de los citados premios.

Un negocio suculento del cual forman parte productoras y discográficas.

Creados a finales de los 50 del siglo pasado, cuentan con un gemelo desde el nuevo milenio:

Los Grammy Latinos.

Es decir, entre norteamericanos y sudamericanos fluctúa la ansiada y codiciada gramola por músicos de todo el planeta.

En la actualidad hay 105 categorías con 30 géneros musicales.

El director de orquesta húngaro, George Solti, ostenta el record con un total de 31 y otros tantos como ingeniero de sonido.

Si usted es músico o compositor, apresurese a enviar su obra a la academia antes del 1 de octubre de cada año, ese día se cierran las votaciones.

¿Votaciones?

Sí, se basan en votos para seleccionar y nominar a los futuros ganadores.

Pero, ¿quién conforma ese jurado encargado de votar?

Poco o nada sabemos .

Bien, ¿cómo es que George Solti sin componer nada ganó en 40 ocasiones y el recientemente  fallecido maestro de maestros, el señor D. Ennio Morricone solo tuviese 3?

Primera incongruencia.

Sigamos con más chanchullos “Grammyleros”.

No todos aquellos que graben un disco podrán optar al Grammy.

Previamente tal disco deberá notoriamente publicitarse y conocerse en radios y televisiones.

¿Ven?, ya empieza el negocio.

Seguramente tendrá más posibilidades su canción de ser nominada y galardonada si usted se llama Enrique Iglesias.

Si su nombre es Pepito los Palotes menguarán sus opciones.

¿Siguen oliendo el negocio?

Por cierto, el cantamañanas de Enriquito en una noche de celebración se llevó 3 Grammys por su canción “Bailando”. Acojonante ¿verdad?

Cartel de la película ‘La muerte tenía un precio’, con banda sonora original de Ennio Morricone

Y Ennio Morricone, con 70 años de carrera y enseñando a muchos de los ilustres compositores que aún viven y componiendo posiblemente (el italiano) algunas de las más bellas y hermosas melodías de la historia, solo tuviera 3.

Decirles que a día de hoy te pueden dar un Grammy por la mejor portada. Tócate los cojones.

A este paso acabarán concediendo la puta gramola a la mejor bufanda.

Imaginenlo:

“Y el ganador es:”

¡La madre del cantante Pepito los Palotes, por haber tejido la mejor bufanda y hacer que el Palotes cantase como los ángeles!

La madre subiría al escenario y llorando daría las gracias y explicaría porqué se decidió en hacer la bufanda con lana de oveja manchega y no extremeña.

O ya que estamos, el Grammy para la mejor plantación de ajos.

“Y el ganador es:”

¡Anselmo Robustiano, por su cosecha de ajos que han hecho posible que Pepita Palotitos toque el piano como Chopin y la artrosis en sus dedos desapareciese!.

No me jodan por favor.

Es bien sabido, y aún no acabo de comprender, cómo y por qué mi admirado Herbie Hancock es miembro de esta panda de mercenarios.

En fin, él sabrá.

Porque a lo largo de la historia de estos premios poco hemos sabido y aún poco sabemos del modelo de selección, votación, nominación y otorgamiento.

Qué lejos han quedado aquellos de Michael Jackson y Quincy Jones a su lado.

O los de Seal, Supertramp, Prince y otros tantos bien merecidos.

Pero también los que nunca lo tuvieron, como The Who, Led Zeppelin, Queen, The Cure, Depeche Mode o Steely Dan.

Freddie Mercury, Queen

A esta lista lamentable por ausencia de Grammy se unieron Miles Davis, Wes Montgomery, Dexter Gordon, Bill Evans, entre otros.

Ya ven, los putos amos del Jazz a quienes condecoraron poco antes de morir o ya muertos para meterlos en un tinglado llamado salón de la fama.

Mismo caso para Jimi Hendrix, Bob Marley y Chuck Berry, quienes nada recibieron vivos y muertos enviados al saloncito cual museo de cera con ‘Jack el destripador’.

En cambio, latinitos como Juanes 23.

Sí, sí han leído bien.

No digo que no merezca 1 pero ¿23?

El cantante Juanes en la ceremonia de entrega de los Grammys Latinos 2019. Imagen de la web oficial de los Grammys

Mi querido Paco de Lucía jamás fue tan laureado.

Las extraordinarias e irrepetibles voces de Antonio Molina y Camarón tampoco tuvieron reconocimiento alguno.

Ni en el puto salón de las momias, perdón, de la fama están estos dos portentos.

Para los Grammys latinos ni existen.

Pero sí que nominan y conceden la gramola a todo tipo de soplapollas y chupa trancas que desconocen la humildad, el trabajo y el valor que tiene una corchea ligada a una fusa.

Tongos, nominaciones adulteradas, premios para 4 amigos amiguetes de otros 4.

Mamoneo y pitorreo con músicos tratados como meretrices y maestros como aprendices.

Una de las cabezas visibles de los Grammy Latinos es el compositor y productor cubano afincado en USA Emilio Estefan.

La cantante Ggloria Estefan junto a su marido y productor, Emilio Etefan, durante la ceremonia de los Grammys Latinos en 2019. Imagen de la web oficial de los Grammys

Este señor, dueño de hoteles, restaurantes y demás, trabaja y trabajó para la SONY y es miembro de una prestigiosa escuela de música de Boston.

Miembro, directivo, compositor, productor, hotelero y rumbero que hace que la gramola latina baile la rumba al compás que él marca.

Un conocido productor tiene en su poder veintitantos Grammys. Qué casualidad que este sea amigo de Emilio.

Le recuerdo, señor Estefan, que si Dios existe, este tocó con su mano divina a Paco de Lucía al nacer, y que el de Algeciras no quiso saber nada de usted ni de su apestoso y glamuroso evento y menos de sus mugrientos premios.

Si yo fuese usted, sentiría una profunda vergüenza y tristeza con tal reproche.

Y a ustedes, miembros de la academia americana y latina, les pueden dar mucho por el ojete, porque yo el Dr. Fusa soy el más leal, humilde y fiel siervo de un dios llamado música.

Una especie de Robin Hood musical en favor de los desfavorecidos.

Un puto Batman y no con un murciélago en el traje, sino con la figura musical más trepidante y controvertida de todas, la fusa.

Que luchará contra todo aquel que empañe de bazofia y demagogia barata a mi Dios.

Y ahora mi sueño.

Voy vestido de Gala.

Un smoking y zapatos negros de charol alquilados para la ocasión.

Previamente he cenado en un Dinner de Miami, un revuelto de huevos con espinacas, brocoli y esparragos verdes.

Me dispongo a entrar pisando una kilométrica alfombra roja.

50 paparazzis me bombardean.

El cantante Sting. Imagen de su web oficial

Poso y sonrío de cien maneras.

Qué suerte he tenido, a mi derecha se ha sentado Sting.

Me saluda dándome un manotón en la rodilla.

A mi izquierda hay una tetuda que no se quién coño es ni qué hace aquí.

Su escote al menos me distrae entre tanto profano.

A Sting también se le nota el aburrimiento por la abundancia de hipocresía y poco talento que hay en el recinto ferial.

Bostezo.

Sting también.

Llegó el momento y Juanes arriba, y casi enfrente de mí, hace los honores y anuncia a los nominados por mejor canción del año.

¡Enrique Iglesias, El Koala, Pitbull, Andy y Lucas y el Doctor Fusa!

Aplausos.

Los 5 nominados hemos salido por unas grandes pantallas al fondo y ambos lados del escenario.

El colombiano abre el sobre y grita a lo Penélope Cruz:

¡El Dr.Fusa, El Dr.Fusa!

El corazón casi me perfora el pecho.

La tetuda de mi izquierda me marca el carrillo de carmín rosa brillantina.

Sting duerme.

Pitbull me sonríe con la boca torcida.

El Koala me lanza un abrazo.

Andy me cuca un ojo y Lucas asiente con la cabeza.

Enrique Iglesias me alarga un OK con el pulgar.

Me levanto e intento salir, pero las piernas de Sting me lo impiden y con ellas tropiezo y al Police despierto.

Me da otro manotón, esta vez en el trasero.

Subo los escalones.

El colombiano me da la gramola con un ¡Toma hueputa!.

El silencio después del ensordecedor y unánime aplauso se adueña de la sala.

Solo se oye la tos de Zucchero.

Espero a que se le pase.

Estoy completamente mudo contemplando mi gramola, la cual dejo en el suelo.

¿Recuerdan lo que cené?

Pues entre bostezo y bostezo y reojada al canal de Panamá de la tetuda de mi izquierda pegué unos sorbitos a una ampolla de laxante ultra rápido y ya en el escenario me hace efecto.

Doy un paso al frente, con cuidado de no pisar el souvenir. Desabrocho mis pantalones bajandolos al unísono con mis calzoncillos rojiblancos del Aleti.

Me agacho de espaldas al público y encanasto un buen zurullo en el fondo de la Gramolita.

La pócima evacuadora que tomé mientras miraba a la tetuda hace que la evasión de mis entrañas sea más propia de ráfaga al estilo de metralleta Thompson, embadurnando al Grammy cual máquina pinturera de gotele fuese.

Menos mal que Steve Wonder no está para verlo.

Solo Sting y Zucchero aplauden.

Pues eso.

Dr. Fusa, ‘catedrático musical’

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