Durante décadas, el pino tumbado de la Concordia ha sido más que un árbol: un espectador silencioso de la vida guadalajareña.
Crónica de Andoni Madrid y Cuka Leyre. Fotografías de Cuka Leyre
Desde su ubicación privilegiada en el centro de la ciudad ha visto pasar la imagen del Cristo del Amor y de la Paz de la Iglesia cercana de San Ginés cada Viernes Santo; también ha sido testigo directo de las tradicionales pegadas de carteles que marcan el inicio de las campañas electorales en la ciudad; o de la variada oferta cultural que nos ofrece a escasos metros el templete de la Concordia cada verano.
Mientras todo cambia a su alrededor, él sigue ahí, inclinándose ligeramente cada año que pasa, pero firme, esperando un plan de mantenimiento digno a su edad e historia.
No reclama protagonismo, ni ceremonias, ni discursos; tan solo atención
Muchos vecinos lo miran con cariño y nostalgia cuando pasan junto a él, y es que el árbol tiene algo familiar: Su sombra ha sido punto de encuentro de muchas generaciones. ¿Quién no ha comprado chucherías en el famoso quiosco de la Concordia bajo el tronco del pino tumbado y compartido aventuras en él con sus amigos?
Es un árbol sí, pero también una brújula emocional de muchos guadalajareños, es un símbolo que nos recuerda, cuando pasamos junto a él, que lo importante es resistir, aunque falte un poco de poda, agua o atención institucional. Pero cada vez parece más cansado, más doblado, como si llevara demasiado tiempo esperando que alguien se acuerde que está vivo.
Y es que si de algo saben los vecinos de Guadalajara es de árboles con mala suerte en los responsables políticos que durante décadas han gestionado este área.
Ahí está, por ejemplo, el pino de la plaza de España, que se nos fue el mes pasado abatido por la borrascas y el olvido. O la bicentenaria olma de Bejanque, que resistió más que muchos presupuestos municipales, hasta su triste final, víctima de la grafiosis.
Por eso, este ciudadano de a pie no puede evitar preguntarse si la historia volverá a repetirse con el pino tumbado de la Concordia, mientras sigue ahí, aguantando lo suyo, con dignidad vegetal.
Quizá haya llegado el momento de actuar antes de organizarle un homenaje póstumo con discurso y réquiem incluido.
Cuidar ese árbol es también una forma de querernos como ciudad, porque en sus raíces hay historia; en su tronco paciencia; y bajo su sombra, una lección sencilla: lo que se cuida, permanece.
Y Guadalajara, más que nunca necesita aprender a cuidar lo que es nuestro.
Ojalá este pino tumbado de la Concordia siga ahí muchos años más, viendo pasar los coches, la vida, el tiempo. Y quizá, también, el momento en que por fin aprendamos a cuidar lo que nos une. Tal vez vaya siendo hora de demostrarle algo de cariño real en forma de digno mantenimiento por parte del Consistorio. Porque el pino tumbado de la Concordia no necesita grandes declaraciones ni hashtags verdes, solo necesita que se le cuide por ser patrimonio natural de la ciudad. Y el Ayuntamiento como responsable institucional debe tener obligación de protegerlo
Mientras tanto, ahí seguirá, testigo mudo de nuestra rutina. Y quizás, con suerte, cuando nuestros nietos pasen por allí puedan decir: “Mira, ese es el pino que sobrevivió a todos los alcaldes de todos los partidos”. Eso sí que sería un símbolo de concordia. ¿O no?
Por eso pedimos a José Luis Alguacil, actual concejal de Parques y Jardines del Ayuntamiento de Guadalajara, que no deje que caiga otro gigante verde de nuestra ciudad y tengamos que lamentar, a futuro, entre excavadoras y comunicados oficiales, una pérdida que se podía haber evitado
El Heraldo del Henares

