viernes , 19 octubre 2018
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Ocho guardas jurados y cada uno diferente al otro

Hay ocho guardas jurados que se turnan a la entrada de la empresa y a cinco de ellos los cambian cada semana, por eso de que no se encariñen mucho con los empleados.

Ahora que desde que un ajeno consiguió entrar y campar por sus respectos como Pedro por su casa por los despachos, llevándose dos portátiles y la taza preferida del presidente, las medidas de control se han intensificado hasta extremos insospechados, tanto que los vigilantes han pasado de ser medianamente amables a convertirse en perros buldócers.

No solo controlan por los pasillos que todos llevemos el distintivo de la empresa colgado del cuello, que parecemos los miembros de una cofradía, o de la secta de “sospechoso el último”, sino que, además, hay que entrar y salir por la misma puerta, enseñando los bolsos y las carteras, como si entráramos con misiles y saliéramos con la compra a precio cero.

Así que si alguien se aventuraba hasta no hace mucho a llevarse un paquete de folios, un bolígrafo o unos clips, se le acabó el chollo, con la consabida alegría de las papelerías del barrio, imagino.

Para entrar por el garaje, los tres guardas jurados de toda la vida tienen sus métodos personales para llevar el control de los que pueden o no pueden acceder con el coche, que a pie ya está, por supuesto, terminantemente prohibido.

Está el palo tieso que cuando te ve llegar, para el coche antes de que alcances la barrera, mira no una sino varias veces el distintivo en la guantera con tu nombre de empleado y el logo de la empresa, y si ese día está de buenas solo te pide el carné y te escanea de arriba abajo la cara para que no puedas darle gato por liebre. Dios te libre ni de pensarlo.

Luego está el serio, que te conoce de sobra, pero que, si no llevas el distintivo en el coche, espera pacientemente a que lo busques por todos los rincones, contorsionándote hasta dislocarte, y si por mala suerte no lo encuentras, te hace desviarte y obligarte a aparcar en la calle, a sabiendas de que encontrar un hueco a esas horas es tan difícil como arrancarle una sonrisa.

Y luego está el simpático, que te para el coche solo para desearte un buen día, y te deja pasar con los honores de un general. No es el más atractivo, pero tiene a todas las chicas de calle, con esa mirada gatusona, haciéndolas sentir irresistibles a esas horas de la mañana. Aunque a algunas puñetera gracia les haga cuando se enteran de que solo les ha deseado un buen fin de semana, y a otras se les acerca y les dice que por ellas dejaría de ser guarda jurado para convertirse en ladrón, solo por poder verlas en sus puestos de trabajo mientras intenta robarles una cita.

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