viernes , 15 diciembre 2017
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Sobre chalecos salvavidas en la empresa

Hay ocho uniformes de seguridad en la empresa y solo cinco chalecos antibalas. Como no hay suficientes para todos, los chalecos se comparten, y en el cambio de turno se los pasan de unos a otros, siempre protestando. Que el que no dice que apesta a sudor, que es la más de las veces, dice que le está pequeño, y que si alguna vez alguien disparara, tendría suerte de acertar al blanco, porque el chaleco le llega a la altura del sobaco.

A otros, sobre todo a las mujeres, les está por la rodilla, que cuando van andando parecen robocop, con un peso de cinco kilos sobre los hombros y una estructura tan rígida que no hay forma humana de moverse con soltura, y mucho menos de agacharse. Tanto es así que cuando se les cae algo, tienen que esperar a que pasemos alguno de nosotros para chistarnos y que se lo podamos recoger del suelo, aunque siempre hay algún iluso que se cree lo que no es y luego farda en el café de que a la de seguridad la tiene en el bote, cuando lo que les pasa es que parece que van embotadas dentro de una armadura del medievo.

De lo que estamos seguros es de que si tuvieran que salir corriendo para pillar a algún sospechoso, no podrían ni llamar con el walkie pidiendo ayuda, porque antes de que pudieran mover un dedo de la mano o del pie, ya se habrían apoderado de todos nosotros, secuestrándonos y amordazándonos, mientras los de seguridad intentarían salvarnos dando saltitos interestelares, mientras nuestros responsables seguirían estando en la luna.

Algo parecido ocurre con los operarios que tienen que manipular paquetes a veces de procedencia un tanto dudosa. También están obligados a ponerse unos abrigos protegidos con una estructura especial antidetodo, aunque solo con la capa de suciedad que llevan encima ya estarían protegidos de por vida. Pero nadie es capaz de llevárselos a su casa para darles un agua, y unos porque es la empresa la que debe hacerse cargo de tenerlos limpios, y otros que por qué van a ser ellos los que deban encargarse de lavarlos cuando a los demás parece que se la refanfinfla, así siguen, mientras que los abrigos se mantienen de pie, que cualquier día salen andando y con los encorsetados chalecos van a montar un sarao en el almacén que no lo va a poder parar ni los antidisturbios.

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