Un año más, por decimocuarto consecutivo, el crítico de cine de EL HERALDO DEL HENARES, Ramón Bernadó, viaja hasta Málaga para cubrir una nueva edición del Festival de Cine que esta espléndida capital andaluza celebra cada año y que en esta ocasión se celebra del 6 al 15 de marzo.
En esta sección, se irán publicando las críticas de aquellas películas y eventos varios a los que día a día acuda nuestro enviado especial.

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La buena hija – 2025 – Júlia de Paz – Festival de Málaga 29 (2026) – #29FestivalMálaga – @festivalmalaga
La directora Júlia de Paz es una cineasta catalana que ya había llamado la atención con su primer largometraje, Ama (2021), un drama social muy seco y contundente sobre la maternidad precaria que pasó por festivales como Rotterdam y Málaga y que consolidó su mirada hacia personajes femeninos en situaciones límite.
Antes había dirigido varios cortometrajes, entre ellos Harta (2020), donde ya exploraba temas de violencia y vulnerabilidad.
Con La buena hija (2025) vuelve a ese territorio incómodo: el de las relaciones familiares rotas y las dinámicas de poder dentro del hogar.
Comentario
La buena hija cuenta una historia que, por desgracia, no suena a ciencia ficción.
La película nos coloca en la cabeza de una niña de doce años, interpretada por Kiara Arancibia, que observa cómo el matrimonio de sus padres se desmorona.
Y lo vemos todo desde su punto de vista, que es una idea narrativa bastante inteligente, porque cuando uno es niño muchas cosas parecen confusas… hasta que dejan de serlo.
El padre está interpretado por Julián Villagrán, y el personaje es de esos que cuando aparece en pantalla ya te dan ganas de esconder la cartera. Un tipo tóxico, manipulador, de esos que parecen simpáticos cinco minutos pero que en realidad son un manual de maltrato emocional con patas.
Villagrán, además, está estupendo: consigue que el personaje resulte inquietante sin necesidad de sobreactuar.
La madre, interpretada por Janet Novás, se mueve en un terreno más contenido, intentando sostener una situación que se le va escapando de las manos.
Y luego aparece Petra Martínez, que directamente se come la película cada vez que sale. Tiene ese talento raro de actriz veterana que entra en plano y automáticamente sube el nivel de todo.
La película avanza poco a poco, mostrando cómo ese padre que a ratos parece convincente —sobre todo para su propia hija— va dejando ver su verdadera cara.
Ese proceso de desenmascaramiento está contado con bastante cuidado: la niña tarda en entender lo que ocurre, pero el espectador lo va viendo venir desde antes.
Es decir, la tensión está en cuándo se va a romper el espejismo.
El gran acierto de la película es precisamente ese punto de vista infantil.
La cámara y la narración se colocan al lado de la niña, y eso convierte lo que podría haber sido un drama familiar más en algo bastante más incómodo y cercano.
Porque todos hemos visto —o intuido— situaciones en las que un adulto manipula a un niño emocionalmente.
No es una película especialmente amable ni busca serlo. Es más bien de esas que te dejan con el cuerpo un poco torcido al salir del cine. Pero está bien construida, bien interpretada y tiene momentos muy potentes. Y, sobre todo, tiene a Petra Martínez, que cuando aparece parece decir: “Tranquilos, chavales, que aquí estoy yo para arreglar la escena”.
Un drama familiar incómodo, bien interpretado y contado con una mirada bastante lúcida.
No es precisamente cine para salir del cine bailando sevillanas, pero funciona.
Y deja claro que a veces el monstruo de la película no necesita maquillaje: le basta con ser papá.
Mi puntuación: 7,55/10.
Ficha técnica en este enlace.
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El corazón del lobo – 2025 – Francisco J. Lombardi – Festival de Málaga 29 (2026) – #29FestivalMálaga – @festivalmalaga
El veterano director peruano Francisco J. Lombardi es uno de los nombres fundamentales del cine latinoamericano de las últimas décadas.
Su filmografía lleva años explorando los conflictos sociales y políticos de Perú, muchas veces con una mirada bastante cruda.
Entre sus películas más conocidas están La ciudad y los perros (1985), adaptación de Mario Vargas Llosa, La boca del lobo (1988), uno de los retratos más duros del conflicto con Sendero Luminoso, Bajo la piel (1996), Pantaleón y las visitadoras (1999) o Mariposa negra (2006).
Con El corazón del lobo (2025) vuelve, de alguna manera, a ese territorio que ya había explorado hace casi cuarenta años: la violencia política y sus consecuencias.
Comentario
El corazón del lobo nos cuenta la historia de Aquiles, un niño que es secuestrado por la guerrilla de Sendero Luminoso y que pasa su infancia y juventud atrapado en ese mundo de violencia, miedo y adoctrinamiento permanente. Todo el rato escuchando consignas sobre marxismo, leninismo, maoísmo y demás catecismo revolucionario de manual.
El planteamiento es potente, porque el punto de vista del niño permite mostrar cómo funciona el mecanismo de captación y manipulación dentro de un grupo armado.
Pero la película tarda bastante en encontrar el tono.
La primera parte es prácticamente una sucesión de ataques, venganzas y matanzas del grupo guerrillero. Todo muy reiterativo, como si el director quisiera subrayar veinte veces lo mismo. Y claro, llega un momento en que el espectador ya lo ha entendido y no hace falta insistir más.
Además hay algo casi irónico en el retrato de este grupo guerrillero. Sobre el papel iban a liberar al pueblo del imperialismo y del yanqui opresor, pero en la práctica lo que vemos es a una panda que se dedica a saquear aldeas y a matar campesinos sin demasiado sentido. Revolución sí, pero sobre todo contra los pobres, que siempre es lo más fácil.
El protagonista, Aquiles, está interpretado por Víctor Acurio, que lo encarna desde la adolescencia hasta que el personaje ya es adulto. Y hay un detalle curioso que no se puede evitar comentar: varias veces se dice en la película que pasan hambre y miseria, pero el chaval aparece siempre bastante bien alimentado. Vamos, que para estar en la guerrilla y muriéndose de hambre tiene mejor aspecto que muchos que vamos al gimnasio.
La parte más interesante llega en el tramo final, cuando Aquiles consigue salir de ese mundo y trata de sobrevivir en la ciudad mientras intenta reencontrarse con su familia. Ahí la película se vuelve más humana y menos panfletaria. Pero para entonces uno ya ha atravesado bastante metraje de violencia repetida.
También aparece una historia de amor que pretende añadir una dimensión emocional al relato, pero está contada con trazo muy grueso.
Todo resulta bastante esquemático, como si el guion hubiera pasado demasiado rápido por esa parte.
Al final El corazón del lobo es una película soportable, que se deja ver, pero que da la sensación de que podría haber sido mucho más.
El material que tiene entre manos es potentísimo —niños soldados, fanatismo ideológico, violencia política—, pero la película se queda en la superficie muchas veces.
Vamos, que el lobo está ahí… pero el corazón de la película late bastante menos de lo que podría.
Mi puntuación: 5,45/10.
Ficha técnica en este enlace.
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Ángeles – 2025 – Paula Markovitch – Festival de Málaga 29 (2026) – #29FestivalMálaga – @festivalmalaga
Paula Markovitch, directora y guionista argentino-mexicana nacida en 1968, lleva años moviéndose en un cine muy pegado a personajes heridos y a contextos de precariedad, sin convertirlos en estampitas para pedir limosna emocional.
En su filmografía como directora figuran El premio (2011), Cuadros en la oscuridad (2017), El actor principal (2019) y ahora Ángeles (2025).
Además, El premio fue una película especialmente reconocida, con Oso de Plata a la aportación artística en la Berlinale y premios Ariel a mejor película y mejor guion, según recoge la ficha del Festival de Málaga.
Ángeles es una coproducción de México y Argentina, dura 93 minutos, está escrita por la propia Paula Markovitch y protagonizada por Angeles Pradal, Abian Vainstein e Isabella Ramírez.
Su punto de partida oficial ya deja claro por dónde van los tiros: Ángeles es una niña de catorce años que vende golosinas en la calle junto a su hermana pequeña, conoce a David, un hombre de cincuenta y tantos que trabaja en un aparcamiento, y él termina confesándole que quiere suicidarse.
La película compitió en Morelia 2025 y ha llegado al Festival de Málaga 2026 nominada a la Biznaga de Oro.
Comentario
Ángeles nos mete en la vida cotidiana de dos niñas que sobreviven como pueden.
Ángeles, que tiene catorce años, vende dulces por la calle y además carga con la responsabilidad de cuidar a su hermana pequeña, que es un pequeño terremoto con patas, de esas criaturas que no paran quietas ni aunque les pongas un documental de notarios.
La película retrata muy bien esa infancia espabilada a la fuerza, esa niñez que no tiene tiempo para ser niñez porque bastante tiene con ir tirando.
El arranque, con esos niños bañándose en el río y mirando a cámara, tiene algo entre bucólico, libre y tristísimo, porque ya te está diciendo que aquí la inocencia va a durar lo que un caramelo a la puerta de un colegio.
La sinopsis oficial encaja con eso: dos hermanas en la calle, calor, coches aparcados, y un vínculo raro con un hombre quebrado.
Ese hombre es David, un cincuentón reventado por dentro, machacado por la muerte accidental de su hijo, que trabaja en un parking y que le suelta a la niña que se quiere suicidar.
Ojo al panorama: uno llega al cine pensando que quizá verá una historia social dura y se encuentra una especie de abrazo extraño entre dos soledades tremendas.
La película tiene momentos divertidos, incluso juguetones, y otros de una tristeza seca que te dejan con la mandíbula algo floja.
Ahí Paula Markovitch demuestra pulso, porque no convierte a sus personajes en folletos de ONG ni en monigotes para dar pena fácil. De hecho, varias críticas han señalado precisamente eso: que evita la condescendencia y que sobre lo ominoso siembra pequeños gestos de libertad y travesura.
Lo más valioso de la película es que retrata un mundo lamentable —el de esos niños abandonados que uno intuye por muchas ciudades de Sudamérica y del planeta entero— sin subrayarlo con rotulador fosforito. No hace falta. La realidad ya viene subrayada de serie.
Y aun así, la película está bien contada, sabe encontrar imágenes hermosas en medio de la mugre moral y social, y tiene una capacidad bastante notable para ir sembrando inquietud hasta llegar a una escena final absolutamente terrible, de esas que no conviene destripar porque te reorganizan la película entera. Ahí es donde el filme pega el zarpazo bueno.
A mí me ha parecido una película muy interesante, de las que no van de lista ni de trascendente con ínfulas, pero aciertan.
Tiene verdad, tiene dolor y tiene una mirada bastante limpia sobre personajes que podrían haber quedado reducidos a puro miserabilismo. No cae en eso. Y precisamente por eso puede rascar premio perfectamente en Málaga.
Vamos, que aquí no hay ángeles con alas: hay criaturas de carne, hueso, calor, calle y supervivencia. Y eso duele bastante más.
Mi puntuación: 7,66/10.
Ficha técnica en este enlace.
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El jardín que soñamos – 2026 – Joaquín del Paso – Festival de Málaga 29 (2026) – #29FestivalMálaga – @festivalmalaga
Joaquín del Paso es un director mexicano que ya había dejado huella con Maquinaria Panamericana, estrenada en la Berlinale de 2016, y con El hoyo en la cerca, que pasó por la sección Orizzonti de Venecia en 2021.
Su cine suele moverse entre la incomodidad moral, la violencia larvada y los espacios cerrados o asfixiantes donde los personajes parecen condenados de antemano.
Con El jardín que soñamos, presentada en la Sección Oficial del Festival de Málaga 2026, firma además guion y se mete otra vez en un territorio nada precisamente terapéutico.
La película es mexicana, dura 102 minutos y cuenta en el reparto con Néhémie Bastien, Faustin Pierre, Kimaëlle Holly Preville, Ruth Aicha Pierre Nelson y Carlos Esquivel.
Comentario
El jardín que soñamos es una de esas películas que te dejan mirando al techo al acabar, pensando que igual hoy no era mal día para ver una de Pajares y Esteso en vez de esto.
La historia sigue a Junior, un inmigrante que quiere llegar a Estados Unidos y que, mientras malvive en México, acepta trabajos como puede.
Termina con su familia en mitad de una zona selvática, empleado por una maderera que le monta una casita de tablas para controlar el paso de camiones que van arrasando el bosque.
O sea, el paraíso, pero con deforestación, amenazas y un ambiente de “aquí te sonríen y luego igual te pegan un tiro”.
La propia sinopsis oficial habla de una familia que intenta crear una frágil burbuja de ternura en una tierra que no le pertenece, en medio de un bosque que se desvanece.
Lo que retrata la película, por encima de todo, es la crueldad humana. Ahí no hay descanso ni tregua ni una triste manzanilla para serenarse.
La familia queda atrapada en un infierno del que no puede salir, rodeada de campesinos hostiles, intereses económicos salvajes y una sensación constante de peligro.
Todo el mundo parece ir armado, o al menos moralmente cargado hasta los dientes. Y esa sensación de amenaza permanente está bastante conseguida: el espectador entiende muy pronto que aquí nadie está a salvo y que cualquier intento de construir una vida medio digna va a acabar estampado contra la realidad.
Lo más potente de la película es el contraste brutal entre la tragedia que viven los personajes y el entorno natural, que por momentos parece casi idílico.
Están esas mariposas monarca, que funcionan como un símil bastante evidente pero eficaz: migran miles de kilómetros entre Canadá, Estados Unidos y México, igual que los personajes sueñan con moverse, escapar, encontrar un sitio mejor.
La naturaleza parece prometer belleza, libertad y movimiento, mientras los humanos se dedican a estropeárselo todo con una eficacia envidiable. Es un contraste hermoso y deprimente a la vez, que tiene bastante fuerza visual y simbólica.
La película es terrible, triste y durísima.
No diré que sea mala, ni mucho menos, porque está claro que sabe muy bien lo que quiere contar y cómo clavarte el cuchillo.
Pero es de esas que no recomendaría alegremente a cualquiera, y desde luego no a alguien que esté ya con el ánimo pidiendo auxilio. Porque aquí no hay consuelo, ni redención de mercadillo, ni frases buenistas de taza de desayuno.
Hay miseria, hay violencia, hay una familia atrapada y hay un paisaje bellísimo contemplando el desastre como si tal cosa. Una fiesta, vamos.
Joaquín del Paso vuelve a demostrar que no ha venido al cine a repartir piruletas.
El jardín que soñamos es una película muy dura, de esas que aprietan donde duele, y que convierte la migración, la explotación y la brutalidad cotidiana en una experiencia casi física.
Muy valiosa, sí. Muy triste, también.
Y muy poco aconsejable para una tarde en la que uno ande ya regular de batería emocional.
Vamos, cine del bueno… pero con receta de antidepresivos al lado.
Mi puntuación: 6,77/10.
Ficha técnica en este enlace.
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Muchos besos y muchas gracias.
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Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
Colaborador de Esradio Guadalajara, Alcarria TV, Nueva Alcarria y GuadaTV Media
El Heraldo del Henares







