En su largo periplo por toda España, recorriendo todos y cada uno de los festivales de cine que se organizan cada año, el crítico de cine de EL HERALDO DEL HENARES, Ramón Bernadó, viaja esta vez hasta Tarifa (Cádiz) y Tánger (Marruecos), para cubrir por primera vez para este diario el Festival de Cine que estas bellas ciudades celebran cada año.
Por este motivo, entre el 22 y el 30 de mayo, Bernadó irá publicando las críticas de aquellas películas y eventos varios a los que día a día acuda como enviado especial de EL HERALDO DEL HENARES.

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One woman one bra – 2025 – Vincho Nchogu – Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026
Hay películas que parecen pequeñas, casi invisibles, y luego terminan soltando más bofetadas sociales que una tertulia de madrugada en una televisión local. One Woman One Bra, dirigida por Vincho Nchogu, entra precisamente en esa categoría.
Una película que empieza casi como una comedia costumbrista y acaba retratando con bastante mala leche las miserias del patriarcado africano… y las del paternalismo occidental. Vamos, que aquí no se salva ni el apuntador. Ni el sujetador.
Vincho Nchogu es productora, narradora multimedia y archivista digital especializada en sistemas de conocimiento indígenas.
Tras trabajar en documentales internacionales y producir la película brasileña Gabriel and the Mountain, presentada en la Semana de la Crítica de Cannes, alcanzó gran popularidad en Kenia con el podcast de investigación Case Number Zero, el más escuchado del país en 2021.
En 2025 debutó en la ficción con One Woman One Bra, seleccionada para la Bienal de Venecia, mientras desarrolla actualmente su segundo largometraje, el thriller keniano Kedong.
Esta producción Kenya-Nigeria demuestra una mirada bastante sólida, especialmente a la hora de mezclar crítica social, humor incómodo y drama identitario.
La película está hablada principalmente en inglés, aunque también aparecen diálogos en maá y suajili, lo que le aporta una riqueza cultural bastante interesante y una sensación de autenticidad que muchas coproducciones internacionales pierden por el camino.
La película ha pasado por el Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026, un escaparate fundamental para acercar cinematografías africanas que rara vez pisan las salas comerciales españolas.
La protagonista es Star, una mujer de 38 años que no conoció a sus padres, vive sola y encima tiene la osadía imperdonable de no estar casada. Vamos, el equivalente social a ir por el pueblo con una camiseta que diga “me gusta llevar la contraria”.
Cuando empiezan a repartirse títulos de propiedad en Sayid, su situación se vuelve dramática porque, al no tener vínculos familiares reconocidos, puede acabar expulsada de su propia casa.
La película utiliza esta situación para hablar de algo bastante demoledor: lo complicado que sigue siendo para muchas mujeres africanas existir fuera de los esquemas tradicionales. Si no eres esposa, hija reconocida o madre de alguien, prácticamente eres un error administrativo con piernas.
El detonante de la trama llega cuando encuentra una fotografía de su infancia realizada por un fotógrafo famoso. En ella aparece una mano junto a su rostro y Star empieza a obsesionarse con la idea de que podría ser la de su madre. Ahí la película vira hacia una especie de búsqueda identitaria bastante emotiva, aunque sin caer nunca en el melodrama lacrimógeno de anuncio navideño.
Pero el elemento más divertido —y más venenoso— aparece con la trama de la ONG occidental. Una cooperante blanca llega con la iluminada misión de repartir sujetadores entre las mujeres locales. Y claro, la película aprovecha para disparar con bala contra cierto tipo de cooperación internacional que parece diseñada por gente que jamás ha pisado el lugar que pretende “salvar”.
Mientras la población vive en condiciones durísimas, llega alguien convencido de que el problema prioritario del continente africano es la talla de copa.
Es una sátira bastante afilada sobre esa superioridad moral occidental disfrazada de ayuda humanitaria. El clásico “venimos a civilizaros”, pero versión lencería.
Lo mejor de la película es que no convierte esto en un panfleto. Hay humor, ironía y personajes bastante bien construidos. Incluso la cooperante evita convertirse en una caricatura total.
La película entiende que muchas veces el problema no es la maldad, sino la desconexión absoluta con la realidad. Gente que quiere ayudar… pero ayudando exactamente en lo que a ellos les hace sentirse mejor.
Formalmente es una película sencilla, sin grandes alardes visuales, pero muy bien narrada. El guion está bastante trabajado y sabe equilibrar las distintas capas del relato sin que aquello parezca una tesis doctoral filmada. Algo que se agradece muchísimo porque hay películas sociales africanas que parecen diseñadas para que el espectador europeo salga del cine sintiéndose culpable durante tres semanas. Aquí no. Aquí además hay sarcasmo y bastante retranca.
Y luego está el título. One Woman One Bra parece una broma absurda…
Pues resulta que es el lema de esta campaña lanzada por esta fundación humanitaria.
Una película humilde, inteligente y con bastante más mala leche de lo que aparenta. De esas que empiezan casi como una anécdota y terminan dejándote pensando un rato largo.
Mi puntuación: 7,66/10.
Ficha técnica en este enlace.
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O profeta – 2026 – Ique Langa – Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026
Hay películas lentas. Hay películas contemplativas. Hay películas que se toman su tiempo. Y luego está O profeta, de Ique Langa, que directamente parece rodada para comprobar cuánto aguanta un ser humano sentado sin pedir auxilio a Protección Civil. Una experiencia cinematográfica que convierte esperar el turno en el ambulatorio en una montaña rusa emocional.
Lo primero que llama la atención es la apuesta estética. La película está rodada en un blanco y negro áspero y en formato 1:1, el viejo formato cuadrado que prácticamente desapareció con la televisión de tubo y las fotos del DNI de los años ochenta. Y claro, uno se pregunta inmediatamente: ¿para qué? ¿Qué aporta esto? ¿Qué pretende demostrar exactamente Ique Langa? Porque hay veces que ciertas decisiones formales parecen tomadas únicamente para que en un coloquio posterior alguien diga la palabra “rupturista” mientras acaricia una barba cuidadosamente descuidada.
Ique Langa, cineasta mozambiqueño, ha trabajado especialmente en el ámbito del cortometraje y del cine experimental, desarrollando una filmografía muy vinculada al simbolismo, la identidad africana y los lenguajes contemplativos.
En O profeta, su primer largometraje de ficción de gran recorrido internacional, mantiene esa línea autoral radical que parece más interesada en la experiencia sensorial que en la narración convencional. Una propuesta que seguramente entusiasmará a cierta crítica de gafapasta extrema y desesperará profundamente al resto de la humanidad.
La película ha pasado por el circuito de festivales internacionales y su presencia en el Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 confirma el interés que despierta dentro del cine africano contemporáneo más experimental.
Una de esas películas que suelen venir acompañadas de textos promocionales donde aparecen palabras como “poética”, “trascendencia”, “espiritualidad” o “deconstrucción de la mirada”. Mala señal casi siempre.
La historia, en realidad, podría haber tenido bastante interés. El protagonista es un pastor evangélico bastante torpe, con pocos fieles y dificultades hasta para leer ciertos pasajes bíblicos. Un hombre gris, mediocre y perdido que, tras una extraña experiencia en una cabaña perdida en la selva, comienza a adquirir fama y relevancia religiosa. Allí aparece uno de los elementos más fascinantes de la película: un hombre acondroplásico vestido con traje y pajarita que se dedica únicamente a barrer la tierra de la entrada. Una imagen perturbadora, surrealista y muy potente que hacía pensar que quizá la película iba a lanzarse definitivamente al delirio simbólico interesante.
Pero no.
Porque O profeta toma la peor decisión posible: aburrirse a sí misma.
La película se recrea continuamente en planos larguísimos, eternos, insufribles. Planos donde vemos al protagonista levantarse lentamente de la cama, abrocharse la camisa botón a botón, caminar durante minutos enteros mostrando únicamente cogotes y espaldas. Y no, eso no es cine profundo. Eso no es reflexión. Eso no es espiritualidad. Eso es convertir tareas domésticas en metraje.
Aquí el problema no es la lentitud. Hay cine lento extraordinario. El problema es que casi nada de lo que muestra tiene interés visual, dramático o emocional. El espectador no descubre nada nuevo observando durante varios minutos cómo un señor se anuda la ropa con parsimonia funcionarial. El cine contemplativo necesita tensión interna, atmósfera o capacidad hipnótica. Y aquí lo único hipnótico era la posibilidad muy real de quedarse dormido.
Da rabia porque debajo de todo esto sí parece haber una película interesante. El retrato de la culpa religiosa, de la fe popular, del fanatismo y de las transformaciones espirituales en ciertos entornos africanos podría haber dado muchísimo juego. Incluso esa mezcla entre superstición, evangelismo y miseria social tiene fuerza. Pero la película decide sacrificarlo todo en el altar del “mirad qué autor soy”.
Y mientras tanto, el público huyendo de la sala como si repartieran multas en la puerta.
De hecho, una parte importante de la experiencia consistía casi en observar quién aguantaba hasta el final. Una especie de supervivencia cinematográfica colectiva. Los que permanecieron sentados hasta los títulos de crédito merecen, sinceramente, algún tipo de reconocimiento institucional. Una medalla. Un diploma. Una botella de agua isotónica. Algo.
Porque sí, la película pretende reflexionar sobre la culpa, la fe y la transformación espiritual. Eso dicen los textos promocionales. Pero la realidad es que cuenta poquísimo y lo hace además con una autosuficiencia estética tremenda. Todo está tan preocupado por parecer trascendente que se olvida de algo fundamental: interesar.
Y el cine, incluso el más arriesgado y experimental, debería tener al menos un poco de amor por el espectador. Aquí da la sensación de que directamente lo castigan.
Mi puntuación: Cero patatero/10.
Ficha técnica en este enlace.
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Más comentarios sobre este festival:
‘Memory of Princess Mumbi’, 2025, de Damien Hauser – Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026 (I)
Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026 (II)
Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026 (III)
Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026 (IV)
Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026 (V)
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Muchos besos y muchas gracias.
Chistes y críticas en holasoyramon.com
Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
Colaborador de Esradio Guadalajara, Alcarria TV, Nueva Alcarria y GuadaTV Media
El Heraldo del Henares




