En su largo periplo por toda España, recorriendo todos y cada uno de los festivales de cine que se organizan cada año, el crítico de cine de EL HERALDO DEL HENARES, Ramón Bernadó, viaja esta vez hasta Tarifa (Cádiz) y Tánger (Marruecos), para cubrir por primera vez para este diario el Festival de Cine que estas bellas ciudades celebran cada año.
Por este motivo, entre el 22 y el 30 de mayo, Bernadó irá publicando las críticas de aquellas películas y eventos varios a los que día a día acuda como enviado especial de EL HERALDO DEL HENARES.

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The woman who poked the leopard (Documental) – 2025 – Patience Nitumwesiga – Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026
Hay gente que cuando ve un problema mira para otro lado. Y luego está Stella Nyanzi, que directamente le tira un cubo de gasolina encima al problema y baila alrededor mientras recita poesía obscena contra el poder. Pues de eso va The Woman Who Poked the Leopard.
La directora ugandesa Patience Nitumwesiga debuta en el largometraje documental con una obra tan combativa como incómoda.
Dramaturga, artista y cineasta vinculada al activismo feminista y queer africano, su trabajo ha girado en torno a la represión política, la identidad y la resistencia cultural.
Hasta ahora había realizado cortos, piezas teatrales y proyectos multimedia, pero este documental la ha colocado directamente en el radar internacional. Y no precisamente por hacer una película blandita para echar la siesta. (The Film Verdict)
La película tuvo su estreno mundial en el prestigioso festival DOK Leipzig y posteriormente pasó por IDFA, uno de los grandes templos mundiales del documental. Además, obtuvo el premio ver.di en Leipzig, reconociendo su retrato feroz del activismo político en Uganda. (The Film Verdict)
Y la verdad es que el documental merece bastante la pena.
Porque estamos ante una película vibrante, eléctrica y muy viva que sigue a la activista ugandesa Stella Nyanzi durante su intento de presentarse a las elecciones parlamentarias en Kampala, enfrentándose a la larguísima sombra del régimen de Yoweri Museveni, que lleva en el poder más tiempo que algunos muebles de casa de nuestros padres.
Lo interesante es que la película no cae en el panfleto fácil. Stella Nyanzi aparece como una mujer valiente, brillante, provocadora y absolutamente incapaz de callarse. Una especie de huracán humano que convierte cada protesta en una performance. A veces parece una poeta punk, otras una profesora universitaria, otras una activista desatada y otras una madre completamente sobrepasada. Y ahí está precisamente la gracia del documental.
Porque la película también enseña las costuras.
Mientras ella se lanza al activismo político y a enfrentarse a la dictadura ugandesa con una valentía que pone los pelos de punta, vemos cómo la vida familiar se resiente. Sus hijos gemelos de 13 años y su hija adolescente prácticamente tienen que aprender a convivir con una madre que pertenece más a la revolución que al salón de casa. Y el documental no intenta maquillar eso. Lo enseña con bastante honestidad.
Hay escenas realmente poderosas. Algunas divertidas. Otras incómodas. Otras directamente tensas. Y todo ello con una protagonista tan carismática que llena la pantalla aunque simplemente esté mirando por una ventana o insultando al régimen con una creatividad verbal que dejaría pequeño a un grupo de tertulianos en horario nocturno.
Además, el documental tiene algo muy valioso: transmite perfectamente la sensación de vivir bajo un sistema autoritario sin necesidad de grandes discursos solemnes. Basta ver cómo actúan la policía, las amenazas constantes, el miedo ambiental y esa sensación de que cualquier paso puede tener consecuencias terribles.
Y aun así, Stella Nyanzi sigue adelante.
Como si provocar al leopardo fuese la única manera digna de vivir.
Un documental muy interesante, lleno de energía, contradicciones y mala leche política de la buena. De esa que incomoda al poder y obliga al espectador a pensar un poco. Que tampoco viene mal de vez en cuando.
Mi puntuación: 7,75/10.
Ficha técnica en este enlace.
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Furcy, né libre – 2025 – Abd Al Malik – Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026
Hay películas judiciales donde uno acaba pensando en abogados brillantes, discursos inflamados y jueces golpeando la mesa. Y luego está Furcy, né libre, donde lo que realmente queda claro es que la humanidad puede construir sistemas legales sofisticadísimos para justificar auténticas barbaridades. Porque cuando un imperio necesita esclavos, siempre aparece algún señor con peluca dispuesto a explicar por qué eso “en realidad es perfectamente legal”.
El director Abd Al Malik vuelve a mezclar política, identidad y memoria histórica en una película elegante y muy seria, quizá incluso demasiado elegante para la enorme brutalidad de lo que cuenta.
El cineasta, escritor y músico franco-congoleño ya había llamado la atención con películas como Qu’Allah bénisse la France y L’Histoire de Souleymane, obras muy vinculadas a la exclusión social, el racismo y la identidad francesa contemporánea. Aquí cambia parcialmente de registro y se mete en el drama histórico con bastante solvencia.
La película adapta el libro L’Affaire de l’esclave Furcy del historiador Mohamed Aïssaoui, basado en la historia real de Furcy Madeleine, un esclavo de la isla de La Reunión que inició un larguísimo proceso judicial para demostrar que había nacido libre porque su madre había sido emancipada antes de su nacimiento. Y claro, eso provocó un pequeño problema administrativo para la Francia colonial: descubrir que llevaban décadas esclavizando ilegalmente a un hombre. Un detalle sin importancia, aparentemente.
La película tuvo una buena acogida en Francia y ha pasado por varios festivales internacionales ligados al cine histórico y de derechos humanos. Además, encaja perfectamente dentro del eje temático de esta edición del FCAT dedicado a las islas africanas y los territorios insulares vinculados históricamente al colonialismo, ya que la historia transcurre entre la isla de La Reunión, Mauricio, Bourbon y Guadalupe.
Y la verdad es que la película funciona bastante bien.
Por un lado, tenemos el entramado judicial, que es probablemente lo más interesante del filme. Los dos grandes juicios que articulan la historia son apasionantes porque muestran perfectamente las contradicciones legales de la Francia del siglo XIX respecto a la esclavitud. Conviene recordar que la esclavitud fue abolida durante la Revolución francesa, restaurada posteriormente por Napoleón Bonaparte y abolida definitivamente en 1848. O sea, que la libertad de miles de personas dependía básicamente de los bandazos políticos del momento. Una cosa estupenda para organizar la vida de cualquiera.
La película explica muy bien toda esa maraña jurídica sin hacerse pesada. Y eso tiene mérito, porque convertir decretos coloniales y recursos judiciales en algo entretenido no es precisamente sencillo.
Pero además está la dimensión humana.
Porque seguimos la vida de Furcy durante décadas de sufrimiento, humillación y resistencia. El personaje envejece, se desgasta y prácticamente se convierte en el reflejo de todos aquellos esclavos atrapados en una maquinaria colonial diseñada para triturar personas mientras hablaba de civilización y derechos universales. Ya se sabe: Europa llevaba siglos iluminando el mundo… a latigazos.
La película tiene además un reparto francés bastante potente y reconocible dentro del cine galo contemporáneo, lo que le da empaque a toda la producción. Y se agradece que no abuse del tremendismo visual ni de la pornografía del sufrimiento. La violencia está presente constantemente, pero muchas veces se siente más en el ambiente, en las miradas y en la absoluta desesperación burocrática del protagonista que en las escenas explícitas.
Eso sí, quizá en algunos momentos le falta un poco más de rabia. A veces la película parece tan elegante y tan académica que uno echa de menos que se descontrole un poco más emocionalmente. Porque la historia de Furcy no deja de ser una barbaridad monumental.
Pero aun así, estamos ante una película muy recomendable, muy bien narrada y además bastante aleccionadora sobre cómo los sistemas legales pueden convertirse en armas de opresión perfectamente aceitadas mientras todo el mundo finge que actúa con enorme dignidad institucional.
Vamos, más o menos como ahora, pero con pelucas blancas y barcos de esclavos.
Mi puntuación: 7,65/10.
Ficha técnica en este enlace.
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Varations on a theme – 2026 – Devon Delmar, Jason Jacobs – Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026
Hay películas donde un maletín mueve toda la trama. Otras tienen un diamante, un cadáver o unos documentos secretos de la CIA. Y luego está Varations on a Theme, donde el gran objeto de deseo es… un impreso azul de la administración. El cine africano también ha descubierto que el verdadero terror contemporáneo no son los monstruos, sino la burocracia.
Los directores Devon Delmar y Jason Jacobs construyen aquí una película rarísima, de esas que juegan constantemente con el espectador. A ratos parece documental puro observacional, casi antropológico; otras veces se desliza hacia una ficción poética y absurda; y de vez en cuando introduce pequeños elementos fantásticos que hacen que uno dude de si está viendo realidad, sueño, memoria o simplemente una sobremesa demasiado larga bajo el sol sudafricano.
No es casualidad. Ambos cineastas llevan años trabajando entre el documental experimental y el cine híbrido.
Jason Jacobs es además una figura bastante conocida en el panorama sudafricano del cine de no ficción y del trabajo visual ligado a las comunidades rurales. Aquí se nota mucho esa mezcla entre observación realista y construcción casi teatral de algunas escenas.
La película tuvo su estreno en circuitos de festivales especializados en cine experimental y africano contemporáneo, donde precisamente se ha valorado mucho esa mezcla extraña entre costumbrismo rural, humor absurdo y comentario político.
Y la verdad es que la premisa tiene mucha gracia.
Estamos en las montañas de Namaqualand, en Sudáfrica, siguiendo a una anciana pastora de cabras que está a punto de cumplir 80 años y cuyo deterioro cognitivo empieza ya a ser evidente. Vive prácticamente en la pobreza, rodeada de un rebaño minúsculo y de una familia que parece multiplicarse por esporas cada vez que aparece en pantalla. Porque cuando empiezan a llegar hijos, sobrinos, nietos y demás parientes, aquello parece una mezcla entre reunión familiar y invasión organizada.
Pero el gran “macguffin” de la película —y sí, es maravilloso— es el famoso impreso azul.
Ese documento mágico que supuestamente permitirá al gobierno sudafricano tramitar las ayudas económicas para las familias de los soldados negros sudafricanos enviados a luchar en la Segunda Guerra Mundial. Hombres movilizados en 1939 que regresaron en 1945 y cuya recompensa histórica fue básicamente una bicicleta, un uniforme y un “ya si eso os llamamos”.
Décadas después, el Estado parece querer compensar aquella injusticia histórica. O eso dicen.
Porque claro, primero hay que rellenar formularios, pagar tasas, esperar aprobaciones y perder años de vida entre ventanillas administrativas invisibles. Algo universalmente humano. Kafka estaría encantado viendo esto.
La película juega continuamente con esa ilusión colectiva sobre el dinero que quizá llegue algún día. Todo el mundo fantasea con lo que hará cuando cobre la compensación, aunque el espectador sospecha desde bastante pronto que aquello va para largo. Muy largo. Más largo que una llamada al servicio técnico de cualquier operadora.
Lo mejor del filme probablemente sea el retrato de la comunidad y de esa familia gigantesca que genera momentos realmente divertidos. Hay escenas que parecen improvisadas y otras que rozan directamente el surrealismo. Y ahí la película tiene bastante encanto.
También funcionan bien las divisiones por capítulos y esas introducciones poéticas que intentan darle una dimensión casi mítica al relato rural. A veces lo consiguen. Otras veces uno tiene la sensación de que la película se pone un poco demasiado intensa consigo misma.
Porque sí, siendo honestos, también hay momentos en los que el ritmo se resiente bastante. Algunas escenas se alargan más de la cuenta y cierta tendencia contemplativa acaba acercándose peligrosamente al terreno del “a ver si pasa algo ya, por favor”. Hay películas lentas y luego está el cine donde una cabra tarda tres minutos en cruzar el plano. Y aquí, ocasionalmente, estamos cerca de eso.
Pero aun así, Varations on a Theme tiene personalidad, humor extraño y un retrato muy humano de la espera, de la pobreza y de las promesas políticas eternamente aplazadas. Que, pensándolo bien, igual es el tema más universal del planeta.
Mi puntuación: 6,54/10.
Ficha técnica en este enlace.
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Sous les ruines (Corto) – 2025 – Nadhir Bouslama – Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026
Hay películas donde el amor imposible se expresa con grandes discursos, abrazos bajo la lluvia y música de violines. Y luego está Sous les ruines, donde el amor frustrado consiste básicamente en miradas incómodas, silencios eternos, cigarrillos encadenados y un señor que parece llevar tres días alimentándose exclusivamente de nicotina y melancolía.
El director tunecino Nadhir Bouslama firma aquí un corto delicado, sobrio y bastante elegante, muy centrado en las emociones contenidas y en todo aquello que nunca llega a decirse del todo. Bouslama pertenece a esa nueva generación de cineastas magrebíes interesados en la identidad, el desarraigo y las relaciones familiares marcadas por la emigración.
Hasta ahora había trabajado sobre todo en el terreno del cortometraje y el documental híbrido, explorando cuestiones relacionadas con la diáspora tunecina en Europa.
El corto ha pasado por varios festivales internacionales especializados en cine árabe y africano contemporáneo, donde se ha valorado especialmente su capacidad para trabajar las emociones desde la contención y el detalle cotidiano más que desde el melodrama explícito.
Y la verdad es que funciona bastante bien.
La historia sigue a Hedi, un sudoroso y tristón emigrante que regresa a Túnez desde la periferia de París, donde queda bastante claro que su vida no es precisamente una fiesta continua. No hace falta que nadie explique demasiado: basta verle la cara, cómo fuma y cómo deambula por las escenas para entender que la felicidad no ha firmado contrato con él desde hace bastante tiempo.
Allí se reencuentra con su prima Salma, que está a punto de casarse. Y rápidamente se percibe que entre ambos hubo algo más que una simple relación familiar. Hay una tensión emocional soterrada, un deseo frustrado, una historia que probablemente nunca llegó a empezar del todo y que ahora regresa convertida en nostalgia y resignación.
La película juega muy bien precisamente con eso: con lo no dicho.
Con las miradas largas. Con los silencios incómodos. Con esa sensación universal de volver demasiado tarde a los sitios importantes de la vida. Porque Hedi tiene un aire permanente de hombre derrotado por sus propias decisiones, por el tiempo y probablemente por París, que últimamente en el cine europeo parece una fábrica oficial de depresión existencial.
Además, el corto incorpora una parte costumbrista bastante interesante alrededor de la boda tunecina y de todos sus rituales familiares y sociales. Hay algo casi antropológico en cómo observa las reuniones, la música, la comida, las dinámicas familiares y el peso de las tradiciones. Y eso le da bastante riqueza al conjunto.
Y luego está el tema alimenticio.
Porque sinceramente, durante buena parte del corto da una angustia tremenda ver a Hedi fumar continuamente mientras apenas prueba bocado. Uno acaba con ganas de meterle un bocadillo en la mano y decirle: “Vamos a ver, hijo mío, que con tres cigarrillos y media aceituna no se puede sostener una depresión de este nivel”.
Pero precisamente esa dejadez física del personaje ayuda mucho a construir su estado emocional. Está consumido por dentro y por fuera. Y el corto lo transmite muy bien sin necesidad de grandes explicaciones.
Un trabajo pequeño, sensible y bien narrado que habla de emigración, deseo reprimido y oportunidades perdidas con bastante honestidad y sin caer en excesos melodramáticos.
A veces el cine más triste no necesita lloros. Le basta con un cenicero lleno y una boda que llega diez años tarde.
Mi puntuación: 7,56/10.
Ficha técnica en este enlace.
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Samra´s dollhouse (Corto) – 2025 – Maissa Lihedheb – Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026
Hay personas que tras un desengaño amoroso se apuntan al gimnasio, otras se compran un perro y otras se ponen canciones de desamor mirando la lluvia por la ventana. Y luego está la protagonista de Samra’s Dollhouse, que directamente decide fabricarse una historia romántica paralela en su cabeza con más fantasía que una sobremesa viendo telenovelas turcas.
La directora tunecina Maïssa Lihedheb firma este cortometraje de apenas doce minutos mezclando comedia amarga, fantasía romántica y cierta tristeza emocional bastante reconocible.
Lihedheb ha trabajado sobre todo en cortos y proyectos audiovisuales vinculados al cine independiente tunecino contemporáneo, explorando especialmente personajes femeninos atrapados entre deseo, frustración y ficción emocional.
El corto ha circulado por festivales dedicados al cine árabe y africano emergente, donde se ha valorado especialmente su tono ligero y su capacidad para jugar con la frontera entre realidad e imaginación.
La protagonista, Samra, es una productora de cine que arrastra un desengaño sentimental importante y que de repente se obsesiona emocionalmente con un joven actor. A partir de ahí construye una relación tan falsa como un billete de seis euros, pero tan intensamente soñada que casi consigue convencer también al espectador.
La gracia del corto está precisamente en esas ensoñaciones, esas fantasías románticas absurdas y surrealistas que convierten a Samra en protagonista de una especie de película romántica inventada por su propia cabeza. Porque a veces el cerebro humano, cuando se siente solo, escribe guiones peores que los de Netflix en domingo por la tarde.
El corto resulta entretenido, ligero y simpático, aunque debajo del humor hay bastante melancolía escondida.
Y además tiene algo muy reconocible: todos, en algún momento, hemos maquillado un poco la realidad para que pareciera una historia de amor mejor de lo que realmente era. Algunos incluso se casan así.
Mi puntuación: 6,74/10.
Ficha técnica en este enlace.
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Les jardins du paradis (Corto) – 2025 – Sonia Terrab – Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026
A veces el verdadero cine social no necesita grandes discursos políticos ni escenas lacrimógenas. Le basta con enseñarte a una madre intentando conseguir una firma absurda mientras el sistema le recuerda constantemente que, legalmente, vale menos que un señor desaparecido hace años. Y eso es exactamente lo que hace Les jardins du paradis.
La directora marroquí Sonia Terrab, conocida también por su trabajo como escritora y periodista, sigue explorando en su cine las contradicciones sociales y especialmente la situación de las mujeres en Marruecos.
Su obra suele moverse entre lo íntimo y lo político sin necesidad de levantar demasiado la voz. Y aquí vuelve a hacerlo con bastante sensibilidad.
El corto ha pasado por distintos festivales internacionales de cine africano y árabe contemporáneo, donde ha destacado especialmente por su mirada humanista y por la fuerza emocional de su protagonista.
La historia sigue a Naima, una mujer que vive con su hijo de 11 años en un barrio chabolista de las afueras de Casablanca. Todo arranca cuando necesita cambiar al niño de colegio y descubre que necesita obligatoriamente la firma del padre. Problema pequeño: el padre desapareció hace tiempo, abandonó a la familia y, según va descubriendo ella, parece haber ido dejando parejas e hijos como quien reparte folletos publicitarios.
La película funciona muy bien porque convierte un simple trámite administrativo en un retrato demoledor de una legislación profundamente machista. Ese tipo de leyes donde el hombre puede evaporarse tranquilamente mientras la mujer sigue atrapada burocráticamente en su sombra. Muy moderno todo.
Además, hay que destacar la estupenda interpretación de la actriz protagonista, que sostiene todo el corto con una mezcla de cansancio, dignidad y rabia contenida que termina llegando muchísimo.
Un relato breve, muy bien construido y sinceramente emocionante. De esos cortos pequeñitos que terminan tocando bastante la patata sin necesidad de manipular al espectador.
Mi puntuación: 8,57/10.
Ficha técnica en este enlace.
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L´mina (Corto) – 2025 – Randa Maroufi – Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026
Hay documentales sociales que parecen un reportaje de telediario y otros que intentan convertir la realidad en algo casi fantasmal. L’mina pertenece claramente al segundo grupo. Porque aquí las minas ilegales de carbón de Jerada no solo se muestran: casi se convierten en una especie de escenario teatral del sufrimiento obrero.
La cineasta marroquí Randa Maroufi, especializada en trabajos híbridos entre documental, instalación artística y recreación visual, lleva años explorando la memoria colectiva y las dinámicas sociales en Marruecos.
Entre sus trabajos más conocidos están Le Park y Bab Sebta, donde ya mezclaba realidad y puesta en escena con bastante personalidad.
El corto ha pasado por importantes festivales de cine experimental y documental contemporáneo, donde se ha valorado mucho precisamente esa capacidad para convertir una realidad durísima en una experiencia visual casi poética.
Y eso es exactamente lo que hace aquí.
La película nos lleva a Jerada, localidad minera marroquí donde la extracción oficial de carbón terminó en 2001… oficialmente. Porque la necesidad económica tiene la mala costumbre de ignorar los decretos gubernamentales. Así que las minas siguen funcionando de manera informal mientras los trabajadores continúan jugándose literalmente la vida bajo tierra.
Lo interesante es que L’mina no busca un realismo puro. Recrea muchas situaciones junto a los propios habitantes de la localidad, que interpretan sus propios papeles dentro de una escenografía cuidadosamente construida. Y ahí aparece esa dimensión casi fantasmal y poética del corto, donde la realidad parece suspendida entre documental social y representación teatral.
Un trabajo breve, muy visual y bastante poderoso. Porque a veces unas cuantas imágenes llenas de polvo negro explican mejor la precariedad que veinte discursos políticos.
Mi puntuación: 6,55/10.
Ficha técnica en este enlace.
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Siempre el mar (Corto de Animación) – 2026 – José Arturo Ballester Panelli – Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026
José Arturo Ballester Panelli es un artista visual y cineasta puertorriqueño vinculado al arte afrocaribeño, la memoria decolonial y la afrodescendencia.
En el FCAT 2026 presentó Siempre el mar dentro de la retrospectiva “Islas”, participando además en un coloquio junto a otros trabajos puertorriqueños como Mulata y Liborio.
Su obra explora desde hace años las conexiones entre Caribe, memoria africana, imagen, territorio y espiritualidad. (Europa Sur)
Sobre premios y nominaciones, no he encontrado datos fiables de galardones específicos para Siempre el mar. Sí consta su presencia en el Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger 2026, dentro de una programación dedicada a las islas africanas y afrodescendientes. (fcat.es)
Siempre el mar es lo que en el Fescigu llamaríamos, sin temblarnos el pulso, un requetecorto: dos minutos de animación 2D experimental, de esos que casi terminan antes de que uno haya colocado bien la butaca. Pero en este caso la brevedad juega a favor.
No hay tiempo para la dispersión, ni para el rollo solemne, ni para que aparezca el típico símbolo visual que parece sacado de un máster carísimo de arte contemporáneo.
El corto funciona como un pequeño homenaje a las personas africanas esclavizadas que fueron llevadas al Caribe y que murieron durante la travesía, arrojadas al mar o tragadas por unas condiciones atroces.
José Arturo Ballester Panelli plantea ese fondo marino no solo como tumba, sino como espacio de compañía, transformación y memoria. De hecho, el propio director ha explicado en el FCAT que antes veía el mar como una tumba y ahora lo entiende como un proceso de transformación. (Europa Sur)
Es una pieza mínima, sincera y expresiva. No pretende epatar, ni dar una lección con puntero láser, ni convertir dos minutos en una tesis doctoral con algas.
Simplemente deja una imagen, una idea y una emoción. Y eso, para un corto tan corto, ya es bastante más de lo que consiguen algunos largos con tres horas y media y ganas de ser eternos.
Mi puntuación: 7,55/10.
Ficha técnica en este enlace.
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Más comentarios sobre este festival:
‘Memory of Princess Mumbi’, 2025, de Damien Hauser – Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026 (I)
Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT) 2026 – @FCAT_CineAfrica – #FCAT2026 (II)
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Muchos besos y muchas gracias.
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Crítico de Cine de El Heraldo del Henares
Colaborador de Esradio Guadalajara, Alcarria TV, Nueva Alcarria y GuadaTV Media
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