Queridos hermanos en el Señor: Os deseo gracia y paz.
Concluimos un mes que destaca por la fuerte resonancia de la Virgen María en la vida de muchas personas que elevan sus plegarias con sencillez y devoción para dar gracias al Señor y para seguir confiando en la intercesión de la Madre de Dios y Madre de la Iglesia.
Durante el mes de mayo se suceden peregrinaciones, romerías, visitas a santuarios y ermitas, manifestaciones de fe, expresiones de piedad, obras de caridad, flores espirituales, ejercicios de devoción. En casi todas las localidades y parroquias la liturgia se ha abierto en una multiforme variedad de eventos y gestos para reavivar el contacto con la Bienaventurada Virgen María.
Como peregrinos confiados, acudimos a nuestra Madre para encontrar en Ella “fe y consuelo, alegría y amor, seguridad y paz” (Benedicto XVI, Homenaje a la Inmaculada, 8 diciembre 2006). Oramos diciendo: “Muéstrate Madre de todos, oh María, y danos a Cristo, esperanza del mundo” (Ibid.).
Junto a la Virgen María experimentamos la certeza de que no estamos solos, de que no hemos sido abandonados ni olvidados. No podemos sentirnos huérfanos teniendo una Madre tan solícita y acogedora.
Las diversas advocaciones con las que veneramos a la Virgen María son como un ramillete de diversa fragancia, con pluralidad de formas y colores, pero con un mismo contenido. La Virgen nos muestra a su Hijo, nos conduce hacia Él, nos exhorta a hacer lo que Él nos dice. La verdadera devoción a la Virgen María nunca menoscaba la fe y el amor a Jesucristo, nuestro Salvador.
Contemplamos con gratitud el momento de la Anunciación, que es el misterio de la acogida de la Palabra divina, en el que, por obra del Espíritu Santo, se sella de modo perfecto la alianza entre Dios y la humanidad. Y, desde aquel momento, todo en la Iglesia aparece bajo el manto de la Virgen, en el espacio lleno de gracia de su “sí” a la voluntad de Dios (cf. Benedicto XVI, Homilía, 25 marzo 2006).
Saludamos a María como “Estrella de la evangelización” y le pedimos que ruegue por nosotros para que vivamos el Evangelio.
Encomendamos a la materna intercesión de la Virgen María el viaje apostólico del Papa León XIV a nuestra tierra. Ponemos ante los pies de la Madre de Dios nuestra súplica para que la presencia del Santo Padre entre nosotros sea un acontecimiento de gracia y produzca una gran abundancia de dones.
Recibid mi cordial saludo y mi bendición.
Julián Ruiz Martorell, obispo de Sigüenza-Guadalajara
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El Heraldo del Henares
