El paisaje urbano de la capital alcarreña está mudando de piel a marchas forzadas. Aquellas estructuras metálicas que durante décadas funcionaron como epicentros informativos, puntos de encuentro matinales y refugio de prensa diaria, se están esfumando de las esquinas. Con el reciente desmantelamiento de varios habitáculos en desuso por parte del Ayuntamiento, como los de la avenida de Castilla o la calle Toledo, la estampa de los quioscos tradicionales en Guadalajara encara su recta final.
Crónica de Andoni Madrid y Cuka Leyre. Fotografías de Cuka Leyre
Hoy en día, el mapa de la resistencia lo componen mínimos enclaves. Apenas en un par de puntos clave continúan abiertos en la ciudad, como el histórico ubicado en la plaza de Santo Domingo o el icónico quiosco situado en las inmediaciones de la avenida del Ejército. Estos escasos supervivientes lidian a diario contra la crisis del papel impreso, el trasvase de lectores hacia las pantallas digitales y la falta de relevo generacional.
No obstante, no todo es desaparición. En un intento de rescatar el valor patrimonial de estas estructuras, el Ayuntamiento ha decidido dar una segunda vida al quiosco de la plaza de la Llanilla, que será trasladado al parque de la Concordia para reconvertirse en un punto de información municipal, lo que permitirá preservar un trozo de la estética urbana de la ciudad.

Desde el consistorio se defiende esta política de retirada y reubicación apelando a la recuperación del espacio público y la mejora de la accesibilidad para los peatones una vez que el propietario ha cerrado la instalación. Estamos de acuerdo con ello. Sin embargo, no es menos cierto que el vaciado de las esquinas deja un vacío cultural difícil de remendar; el quiosco era, ante todo, el termómetro cotidiano del barrio.

Se nos ocurre, sin embargo, una posibilidad para evitar el cierre definitivo de los supervivientes. Propuestas como que el Ayuntamiento y otras Administraciones Públicas como la Junta o el Estado podrían intervenir aplicando medidas de apoyo directo e indirecto, ya sea mediante beneficios fiscales, ayudas o una revisión a la baja de las tasas municipales que gravan la ocupación de vía pública, ayudarían a aliviar la carga económica sobre estos negocios que, por su función social y de servicio al barrio, podrían ser considerados un bien a preservar.
La aplicación de determinados incentivos económicos permitiría no solo dar un respiro a los quioscos actuales, sino también incentivar el relevo generacional, lo que evitaría que su cese de actividad fuera el único camino posible. La viabilidad de estas ayudas depende ahora de la voluntad municipal por proteger estos puntos clave de encuentro cotidiano.
Por todo ello, el ciudadano de a pie, ante este panorama de aceras cada vez más solitarias y comercios de cercanía que se apagan, en una época en la que la digitalización total nos arrebata los últimos espacios de interacción cara a cara, ¿cómo lograremos evitar que nuestras ciudades se conviertan en pasillos fríos e impersonales donde nadie se detiene a saludar al vecino?
La respuesta, mientras las persianas de metal siguen cayendo de forma definitiva, flota en el aire de una Guadalajara que ve cómo se desvanece, poco a poco, una parte insustituible de su memoria urbana, ¿o no?
El Heraldo del Henares

Siendo realistas, la prensa escrita ya no tiene futuro, las colecciones que tanto se vendían tampoco.
¿Cuanto tiempo hace que el ciudadano de a pie no compra la nueva alcarria?
Otros usos? Si, se les podría dar otros usos, por ejemplo para reparación de calzado, puntos de información, venta de entradas… Pero hay que buscar un uso que sea duradero y asequible