Queridos hermanos en el Señor: Os deseo gracia y paz.
¿Hay un modo distinto de vivir la fe durante los meses de verano? Para algunas personas la respuesta es afirmativa. Se reabren las casas de los pueblos, donde se reviven tradiciones y devociones; se realizan viajes a localidades distintas y se convive con experiencias plurales; se llevan a cabo convivencias, peregrinaciones, cursillos de actualización, retiros, ejercicios espirituales; hay tiempo para lecturas sosegadas; se desarrollan actividades de voluntariado e iniciativas misioneras, etc. Para otras personas, la respuesta es más compleja. El calendario aparece marcado por intervenciones quirúrgicas, hospitalizaciones, controles médicos, atención a enfermos, ancianos o disminuidos, dificultades para conciliar la vida laboral con los compromisos familiares, problemas económicos, necesidad de completar estudios o preparar oposiciones. Desgraciadamente, no todos pueden salir de sus ámbitos habituales de vida ni disponen de recursos para planificar alternativas.
No obstante, se abren posibilidades para dedicar tiempo a la lectura, disfrutar de más horas de luz durante el día para pasear y estar en contacto con la naturaleza, visitar a los familiares en las residencias, vivir prolongados momentos de oración y contemplación. Y seguir colaborando en las parroquias, cofradías y hermandades, grupos, movimientos y asociaciones.
Nuestro corazón está inquieto, pero el genuino descanso lo encontramos en la relación con Jesucristo, y este vínculo debe ser cuidado constantemente. El Señor nos invita a estar con Él y nos envía a ser testigos creíbles de su amor.
Hay quienes ponen a disposición de los demás sus horas y días libres. Ayudan a quien lo necesita y garantizan momentos de escucha, cercanía y atención. No se sitúan a sí mismos en el centro, sino que saben convivir haciendo más fácil la vida al prójimo.
El período estival no se valora solamente por los kilómetros acumulados, sino por la calidad del viaje que nos permite alzar la mirada hacia el Señor, hacia los más necesitados y el cuidado de la creación.
León XIV nos ha exhortado a no permitir que el mar se convierta en un cementerio sin lápidas y nos ha recordado que nadie pierde su dignidad cuando cruza una frontera. Las guerras, el hambre, la violencia, los desastres ecológicos, las injusticias y otras muchas causas están en el origen de los desplazamientos masivos de población hacia nuestras fronteras. Y nuestra respuesta debe ser coherente con la fe que profesamos y celebramos.
Recibid mi cordial saludo y mi bendición.
Julián Ruiz Martorell, obispo de Sigüenza-Guadalajara
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El Heraldo del Henares
