martes , 26 octubre 2021

‘Andanzas de don Cristóbal Polichinela’, a partir de textos para títeres de Federico García Lorca: «[… Donde tiembla enmarañada] [La oscura raíz del grito]”.

Si hay un escritor que pueda resumir en su vida y en su obra la sensibilidad de todo un pueblo y cuyo teatro aliente un tan hondo e incomprendido afán de renovación sólo comparable al de los creadores más grandes ése es Federico García Lorca. Y ello es debido a su extraordinario talento, a su profundo conocimiento de la tradición, a su capacidad productiva -de la que da cuenta el conjunto de su obra literaria, ingente para su corta vida segada brutalmente con sólo 38 años-, a su originalidad y, en fin, a su manera de ir evolucionando desde sus orígenes pequeñoburgueses hacia la comprensión cabal de las aspiraciones de la España del primer cuarto del siglo XX, que tan bien reflejan muchos de los personajes de sus obras.

Una realidad social y cultural compleja en la que confluyen la tradición culta y la tradición popular cifrada en el folclore a cuyo estudio Lorca consagró sus mayores esfuerzos. Pues bien, quizá sea en las piezas para títeres de las que se nutre el montaje que nos ocupa en las que mejor se manifieste esa capacidad de síntesis del poeta para integrar la veta de lo popular en sus obras; lo “popular” -como indica atinadamente Miguel García Posada– entendido como un elemento que actúa “como sonda arrojada en los oscuros mundos del mito”, fecundo caladero -añadiríamos- en el que permanentemente se enredan las artes de pesca del genial dramaturgo.

Dice Ana Zamora abordar esta obra como una reflexión en torno a un arte milenario y para volver a los orígenes de la compañía que dirige con ocasión de la celebración del vigésimo aniversario de su nacimiento; y es verdad que Nao d’amores desde el comienzo de su andadura ha estado ligada al teatro con muñecos; pero la razón de fondo está, creo yo, en el aserto de El Autor (uno de los personajes de la obra) al principio de la representación: “El guiñol es la fantasía del pueblo y da el clima de su gracia y de su inocencia. Sus expresiones y vocablos nacen de la tierra y servirán de consuelo en una época en que maldades, errores y sentimientos turbios llegan hasta lo más hondo de los hogares”. ¿Alguien podría poner en duda que Lorca estaba retratando una época que se parece mucho a la nuestra?

Con una sociedad todavía empezando a superar el shock por los estragos de la pandemia y de uñas con una clase dirigente que no sólo no ha sabido estar a la altura de las circunstancias, sino que prevaliéndose de su situación de privilegio y amparándose en la excepcionalidad del momento y en el miedo y la parálisis de la ciudadanía ha dado en cometer todo tipo de tropelías y desafueros; en un ambiente como éste, insisto, viciado y enrarecido, una pieza como esta, rozagante, bien humorada, traviesa y un punto pícara, donde los personajes expresan sus emociones sin cortapisas ni subterfugios y en un lenguaje de alto vuelo poético, supone una verdadera bocanada de aire fresco, un chute de alegría y optimismo, un lenitivo contra el pesimismo y un antídoto contra la retórica vacua de los censores y de los predicadores de última hora. Y un disfrute para los sentidos, que buena falta nos hace tras meses de abstinencia.

Pero vayamos a la obra en cuestión. Tomando como base el Retablillo de Don Cristóbal, y con elementos de otras piezas para títeres (Cristobical-burla y La tragicomedia de don Cristóbal y la señá Rosita) Ana Zamora pone en pié de nuevo el viejo tinglado de la farsa para ofrecernos lo que casi parece una opereta bufa para marionetas por el papel tan relevante que ocupa la música como elemento consustancial en el desarrollo de la acción. Y es que, Nao d’amores está perfectamente pertrechada para abordar una pieza con tal profusión de elementos folclóricos: romanzas, canciones, chascarrillos, refranes y recitativos de los que Lorca se servía para incorporar a sus obras esa veta de lo popular a la que aludíamos arriba.

Una pianola y un teatrillo de guiñol de morfología cambiante constituyen todo el modesto aparato escenográfico que hace falta para crear la ilusión ¡Qué grande el poder evocador de la marioneta! Precedidos de un redoble de tambor entran en escena el Autor (con mono de trabajo emulando la imagen del Lorca de las misiones culturales) y el Poeta. Breve intercambio de impresiones sobre la condición del espectáculo y llamada dentro: “Abre tu balcón, Rosita, /que comienza la función”. Y Don Cristóbal no se hace esperar con su reconocible berrido y cachiporra en mano. A partir de aquí, acompañados de los acordes de la pianola ora graves y ceremoniosos ora saltarines y juguetones, los personajes del drama, muñecos y personas de carne y hueso mezclados en inextricable torbellino corretean y juegan al escondite por la embocadura y por los flancos del teatrillo dirimiendo sus cuitas y querellas amorosas: aquí Fígaro, el barbero sabelotodo que descubre, vaya por Diós, que la cabeza de Don Cristóbal es de madera; allá el adinerado y cascarrabias don Cristóbal, que como Perlimplín ya ha superado los 50 pero que suspira por un cuerpo joven y vigoroso y cuya posesión le resultará inalcanzable. En todo caso la boda se formaliza, pero antes de consumarse el matrimonio aparece Currito, un antiguo novio de Rosita a calmar los ardores de la novia insatisfecha en una escena de comicidad desbordante, una orgia en toda regla, susurros y gritos incluidos en la que participa el mismísimo sacerdote que celebra los esponsales de don Cristóbal. Ya antes, cuando haciéndose pasar por el barberillo viene a probar los zapatitos de boda a Rosita, Currito había descubierto con alborozo el “blanco y mórbido cuerpo estremecido” de la joven, la casquivana y vehemente Rosita, que a toda costa se quiere casar “… Con un mocito,/ con un militar,/ con un arzobispo,/ con un general,/ con un macanudo/ de macanear/ y veinte mocitos/ de Portugal.”

El espectáculo ofrece una meritoria interpretación de Isabel Zamora (música) y un esforzado trabajo actoral de Eduardo Mayo e Irene Serrano, que se metamorfosean con singular pericia en los múltiples personajes y muñecos del drama prestándoles su voz y/o su presencia física cuando la ocasión lo requiere, entrando y saliendo del retablillo y provocando las carcajadas ocasionales de un público, todavía un tanto desentrenado después de casi un año de abstinencia con las salas cerradas. Hablaba Lorca para referirse al aburrimiento del público del “dragón de los bostezos”. Me gustaría saber que diría ahora de un patio de butacas embozado, del que los actores solo reciben inciertos mensajes de aprobación o rechazo, de tristeza o alborozo, oculto como está la mitad del rostro de los espectadores tras las mascarillas protectoras. E ignoro también como perciben esto mismo los actores desde el escenario. Una situación anómala, en todo caso, que a buen seguro supone un obstáculo, una barrera adicional que hay que superar para que se produzca la comunicación óptima entre el escenario y la sala.

            Gordon Craig, 24-V-2021.

Ficha técnico artística:

Compañía: Nao d’amores.

Dramaturgia y dirección de Ana Zamora a partir de textos para títeres de Federico García Lorca.

Con: Eduardo Mayo, Irene Serrano e Isabel Zamora.

Trabajo de títeres y espacio escénico: David Faraco

Iluminación: Pedro Yagüe.

Arreglos y dirección musical: Alicia Lázaro.

Alcalá de Henares. Corral de Comedias, 22 de mayo de 2021.

                            

Acerca de Gordon Craig

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