sábado , 26 mayo 2018
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Atalanta e Hipómenes

Uno de los monumentos más conocidos y representativos de Madrid es la fuente de la diosa Cibeles, diseñada por Ventura Rodríguez a finales…

Texto de Pablo Jesús Aguilera Concepción

Ilustración de Olga Trapero Ruipérez

Una niña criada por una osa.

“Es una niña”, dijo la partera. Las palabras cayeron como una lluvia gélida en el pétreo corazón de su padre, quien defraudado por no haber tenido un varón, ordenó que el bebé fuera abandonado en un bosque. De nada sirvieron los llantos y ruegos de la madre; la fatal sentencia paterna cumplióse al momento.

Pero los dioses velaban por la niña. Una osa que vagaba por la zona escuchó el llanto de la pequeña; se acercó curiosa y descubrió que se trataba de un cachorro humano, que lloraba indefenso. Pudo más en la osa el instinto maternal que el de animal salvaje y decidió tomar a aquella cría de los hombres como osezno propio; desde entonces ella fue su madre. Y es este ejemplo de que el corazón de los animales supera al de los humanos, pues la osa no hizo distingos entre especies, cuando el padre de la niña lo había hecho entre sexos.

Y así creció aquella niña, amamantada por una osa, en plena naturaleza, lejos del contacto con los hombres hasta que cierto día un cazador, que andaba buscando presas por el bosque, se topó con ella. La pequeña, asustada, huyó de aquel extraño ser, pero este la apresó, emitiendo extraños sonidos que ella no entendía.

El cazador la interrogaba: ¿quién era? ¿estaba perdida? ¿dónde vivía? La pobre niña no contestaba e intentaba zafarse de su captor, mientras lanzaba una especie de gruñidos más propios de bestias que de humanos.

Se percató el hombre de que la niña vivía sola en aquellos parajes y como su mujer no le había dado hijos decidió adoptarla y se la llevó consigo.

El cazador y su esposa se sentían felices de ser padres cuando habían perdido ya toda esperanza y dieron a la pequeña el nombre de Atalanta. Para ellos había sido un regalo de los dioses.

Sin embargo, durante los primeros días la pequeña lloraba y quería escapar de su nuevo hogar; echaba de menos aquella cueva en la que había vivido con su madre y sus otros hermanos, corretear libre por las veredas y las praderas, ir a pescar a los arroyos y a buscar miel.

Pero poco a poco se fue adaptando a su nueva situación y aprendió a llamar padres al cazador y su esposa y a acatar las leyes de la sociedad, aunque conservó siempre un carácter indómito y un profundo amor por la naturaleza.

Cuando creció, Atalanta se convirtió en una joven de rasgos tan bellos que eran muchos los que la solicitaban en matrimonio; pero ella les rechazaba, pues prefería permanecer célibe, consagrada a la casta Artemisa, la diosa cazadora, señora de las bestias y de los bosques.

Pero el número de quienes la pretendían aumentaba sin cesar y entonces, harta del acoso al que la sometían, decidió librarse de ellos de la siguiente manera: proclamó que aquel que la venciera en una carrera obtendría su mano como premio; pero, ¡ay del que no lo consiguiera!, pues en ese caso su recompensa sería la muerte.

El anuncio hizo que varios pretendientes dejaran de poner los ojos en ella, pero a pesar del enorme riesgo al que se enfrentaban fueron muchos también los candidatos que decidieron afrontar la prueba, perdiendo la vida todos ellos, pues Atalanta era una corredora tan veloz que decían que aventajaba a los mismos vientos.

Las manzanas de oro

Cierto día, un gallardo joven llamado Hipómenes oyó hablar de Atalanta y decidió conocerla para juzgar si era merecedora de la fama de beldad que gozaba y por la que tantos habían perdido la vida.

Tras varios días de viaje llegó a su destino y pudo contemplar a Atalanta en persona. Cuando ella le miró el tiempo se detuvo para él. Comprobó, hechizado, que quienes de ella le habían hablado no le hacían justicia, pues era aún más bella de lo que decían, y la llama del amor prendió con fuerza inusitada en su pecho. Allá fueran honor, gloria y riquezas; él tan solo deseaba desposar a aquella muchacha, hacerla su esposa era su único anhelo.

Sin embargo, y aunque su corazón se negaba a aceptarlo, su cabeza le decía que jamás podría vencer a Atalanta corriendo, pues rivales más preparados que él no lo habían conseguido, pagando con la muerte su intento.

Cayó entonces Hipómenes en profunda desazón; apenas dormía, no probaba alimento y los días se sucedían confusos, como a través de un velo negro que le apartaba del mundo. Se refugió en la oración; rezaba día tras día fervoroso ante Afrodita, suplicando que le concediera a Atalanta por esposa.

Finalmente, la diosa del amor escuchó sus ruegos y apiadándose de él le contó la manera en la que podría derrotarla en el certamen: le dio tres manzanas de oro que arrancó de un árbol sagrado, con la advertencia de que se las fuera arrojando a la joven durante la carrera con el fin de distraerla y haciéndola perder tiempo, mientras él continuaba corriendo hacia la meta.

Era esta una innoble artimaña, impropia del recto proceder, mas dicen que en el amor y en la guerra todo está permitido e Hipómenes apartó sin dudar cualquier escrúpulo con tal de obtener la mano de su amada.

La carrera

Y llegó la mañana del desafío. Apenas despuntaba el sol por el horizonte y los corredores ya estaban listos para afrontar la prueba. Atalanta, relajada por la superioridad de quien se cree invencible; Hipómenes nervioso, esconde envuelta en un tupido paño su baza secreta.

Se da la señal. Ambos corredores parten raudos hacia la meta. Atalanta, de poderosa zancada, ya marcha por delante de Hipómenes. La brecha entre ambos se va agrandando cuando, de repente, la joven advierte un reflejo dorado, que apareciendo desde su espalda acaba su vuelo perdido tras unos arbustos cercanos frente a ella. Se siente tan segura de su victoria que, curiosa, se permite acercarse a comprobar qué es aquello. Es una manzana de oro. Hipómenes aprovecha en tanto para ganar distancia a su contrincante, pero a poco Atalanta se lanzó rauda en su pos, acortando la distancia que les separa por momentos.

Apurado de nuevo, el joven arrojó lejos tras de sí la segunda manzana. Una vez más Atalanta, con insultante desdén, interrumpe su carrera para recogerla, lo que otorga un nuevo respiro momentáneo a su rival.

Ya se vislumbra la meta. Hipómenes, se encuentra exhausto y casi puede notar el aliento de su amada en su nuca; decide jugar su última baza y deja caer su última manzana. Atalanta la ve, pero esta vez duda durante un breve instante. Sabe que no hay tiempo, si se agacha para recogerla será Hipómenes quien se alce con la victoria y ella deberá convertirse en su esposa. No, resuelve decidida, no quiere renunciar al modo de vida que ella ha elegido, a su libertad; no se agachará a por la manzana.

Mas Afrodita, que asiste desde el Olimpo a la carrera, lee en el corazón de la muchacha su decisión, que contraviene a sus deseos, y actúa para acomodar los hechos a su antojo. Atalanta, apenas a un paso del triunfo, se detiene y regresa a por la tercera manzana; Hipómenes cae rendido al atravesar la meta. Atalanta, que con su acto ha permitido que sea él quien se alce con el triunfo, le abraza feliz; será su esposa. Afrodita sonríe satisfecha.

La cólera de una diosa

Desde entonces los días transcurrieron venturosos para la feliz pareja, hasta que un hado fatal se cruzó en sus destinos, truncando para siempre su dicha.

Durante un viaje fueron sorprendidos por una fuerte tormenta. Buscando donde guarecerse de la fuerte lluvia no acertaron a encontrar otro refugio que un viejo templo dedicado a Cibeles, la gran Diosa Madre.

Allí cobijados se dispusieron a esperar que cesara aquella tempestad, pero bien por obra de algún Dios celoso de su felicidad, bien por la propia natura, el caso es que la pareja, mientras aguardaba, se entregó al amor, ardorosos sobre las losas de aquel templo.

No gusta Cibeles de tales efusiones en su templo, ahora mancillado por el acto de aquellos dos enamorados, y colérica decidió convertirles en leones y condenarles a tirar por siempre de su carro.

Y así permanecen desde entonces Atalanta e Hipómenes, uncidos juntos pero eternamente separados.

Sabedores ahora de su triste destino no olvidéis, lectores, saludar a estos dos infelices enamorados cuando paséis por la plaza donde se encuentran.

Apéndice bibliográfico

Estas son algunas de las obras clásicas donde aparece referenciada la historia de
Hipómenes y Atalanta:

-“Las metamorfosis”, de Ovidio

-“Fábulas”, de Higino

-“Biblioteca mitológica”, de Pseudo-Apolodoro

-“Comentarios de la Eneida”, de Mario Servio Honorato

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