martes , 22 octubre 2019
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El Mago, de Juan Mayorga, una honda reflexión sobre la libertad

“Compromiso de fingidores”

En su reciente ensayo “Razón del Teatro” (2016), caracteriza Juan Mayorga este arte milenario como un encuentro entre el actor y el espectador, entre los cuales se establecería de manera tácita una suerte de pacto ficcional, un, dice él literalmente “compromiso de fingidores”: el actor que finge ser alguien que no es y el espectador que finge creérselo y le sigue la corriente desde el patio de butacas. En la obra que comentamos Mayorga ha pulverizado todas sus marcas en cuanto a nivel de exigencia a espectadores y actores para la aceptación de ese compromiso y nos pone a prueba desde el principio en un arranque fulgurante planteando a boca jarro una situación que no puede ser más sorprendente e inverosímil.

Nadia vuelve a casa tras asistir a un espectáculo de ilusionismo en la que se ha sometido voluntariamente a una sesión de hipnosis. Por su comportamiento y actitudes, pero sobre todo por la mirada de extrañeza con que observan sus reacciones Víctor, su marido y Dulce, su hija, nos percatamos de que ha experimentado una profunda metamorfosis. Dice haber vuelto volando sobre los tejados de la ciudad, se muestra ausente, como si estuviera todavía bajo el influjo de un hechizo, se comporta de manera extraña llegando incluso a expresar su convencimiento de que ella no está allí realmente, que se encuentra todavía en el escenario, rodeada de otras dos espectadoras que se habían presentado voluntarias como ella a esa sesión de hipnosis.

Puede imaginarse las reacciones de incredulidad, de asombro, de inquietud o de estupefacción de Víctor, Dulce, y de Aranza, la madre octogenaria de Nadia que acaba de sumarse a la fiesta, y la serie de episodios chuscos, cómicos y hasta dramáticos que desencadena este insólito suceso, y que no voy a relatar para no arruinar el suspense. Sí puedo decir que se suceden a un ritmo trepidante en un crescendo sostenido de situaciones a cual más delirantes y de una comicidad desbordante que mantienen absorto al espectador y preso, cada vez más, de la misma suerte de encantamiento en el que van cayendo uno a uno todos los personajes a medida que se desarrolla la acción; una transformación que me recuerda al proceso de “quijotización” que experimenta el bueno de Sancho respecto a la locura de Don Quijote. Quijotescos son también, dicho sea de paso, la reacción de un desesperado Víctor hacia el final de la obra -y que intuimos cuando vuelve del teatro de variedades con la espada ensangrentada- y uno de los principales temas que atraviesan toda la pieza, el concepto y límites de lo real: ¿Son gigantes o molinos de viento? ¿Es bacía de barbero o yelmo de Mambrino? ¿Es real o ilusión la imagen del mundo que experimentamos a través de nuestros sentidos?

Tratados con el humor propio de una inofensiva comedia de salón que, a ratos, hace reír a mandíbula batiente a los espectadores, amén de una incisiva meditación sobre las relaciones familiares (¿son la mediocridad y la rutina de la vida cotidiana las que arruina el matrimonio?) la pieza incorpora, como es habitual en el teatro de Mayorga, una reflexión de hondo calado sobre el tema de la libertad, sobre lo que impide que seamos nosotros mismos, viniendo a ser El Mago y sus artes de encantamiento y seducción una metáfora de esos poderosos medios de propaganda e intoxicación que desde las instancias del poder político o económico o desde las corrientes de opinión que se difunden por los medios de masas o por las redes sociales, dictan cual ha de ser nuestra conducta, lo que es correcto o incorrecto pensar o decir, e incluso las palabras con las que podemos expresarlo. La imagen final, la caja escénica entera colgada de las barras del telar, como si fuera una cápsula de un típico número de escapismo circense en la que habrían estado “prisioneros” los personajes desvela el truco de la función: todos hemos sido sometidos a una sesión de hipnosis colectiva, y lanza un aviso: cuidado con los charlatanes, embaucadores y demagogos que pueden convertirnos en rehenes de sus malas artes y hacernos actuar al dictado de sus consignas.

Mayorga, que también dirige, con acierto, el espectáculo, obra el prodigo de hacer simple lo complejo, de dulcificar con el humor la tragedia, de envolver en un vistoso papel de regalo -¡Ah ese acogedor y coqueto saloncito pequeñoburgués y la inminente llegada de unos amigos que preludia una velada encantadora!- preguntas incómodas y una denuncia implacable de la doblez, de la impostura y de la irresponsabilidad. Algo que, cabe apresurarse a decir, sería imposible sin la complicidad de los actores que hacen un trabajo espléndido. Clara Sanchis derrocha, talento, oficio y vis cómica en la creación de este ser vulnerable, rebelde y profundamente humano que es Nadia, permanentemente presa de un raro hechizo que la hace comportarse como una lunática pero con la lucidez suficiente para dolerse de la indiferencia y de las humillaciones; quizá es el personaje más difícil de su carrera. José Luis García-Pérez le da la réplica como Víctor, el marido, en un rol no menos difícil, el de mantener a lo largo de toda la obra la sorpresa y la alarma que le provoca esa trasmutación de Nadia; contemporizador, complaciente en apariencia, resulta patético intentando disculpar a Nadia ante sus amigos y poner paños calientes a una situación que claramente le supera. Saca lo peor de sí mismo al acusar a su mujer de que su actitud obedece a una estratagema para castigarle. Pero no están menos acertados Julia Piera, en la insegura y acomplejada Dulce a quien también le viene grande la situación y explota en forma de una virulenta sarta de reproches contra el padre; María Galiana, como Aranza, contrapunto de sensatez, afabilidad, franqueza y sentido del humor, o Tomás Pozzi como Ludwig, un vivales que pasaba por allí, desaprensivo, socarrón, que propicia algunas de las escenas más divertidas de la obra.

Por Gordon Craig (13-XII-2018)

Ficha técnico artística:

Autor: Juan Mayorga.

Con: María Galiana, José Luis García-Pérez, Ivana Heredia, Julia Piera, Tomás Pozzi y Clara Sanchis.

Escenografía: Curt Allen Wilmer.

Música: Jordi Francés.

Dirección: Juan Mayorga.

Madrid. Teatro Valle-Inclán. Sala Francisco Nieva.

Hasta el 30 de diciembre de 2018.

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