martes , 22 octubre 2019
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Gross indecency, de Moisés Kaufman

“La estación del dolor”

En 1895 Óscar Wilde, a la sazón en la cumbre de su carrera como dramaturgo, fue condenado a dos años de prisión con trabajos forzados por prácticas homosexuales; o para ser más exactos, por “Gross indecency”, que así es como estaban tipificadas en el duro código penal victoriano las relaciones sexuales entre varones. Pues bien, la pieza de Moisés Kaufman que comentamos recrea el itinerario -calvario, más bien- judicial de Wilde por los tribunales londinenses hasta dar con sus huesos en la cárcel de Reading. Dos años terribles, “la estación del dolor”, como los definiría él mismo en De profundis, de donde salió redimido de su culpa, pero destrozado como artista y como persona; moriría tres años después abandonado por su mujer e hijos y truncada su fulgurante carrera literaria.

Crítica de Gordon Craig

Años antes había trabado estrecha amistad con Lord Alfred Douglas, joven vástago del marqués de Queensberry, quien nunca vio con buenos ojos una relación libidinosa y trufada de escándalos y que llegó a tildar públicamente al escritor de sodomita. Instigado por Alfred, que odiaba a muerte a su padre, Wilde demandó al marqués iniciándose un proceso que terminaría por volverse en su contra. La repercusión pública del proceso fue enorme, con la consiguiente polémica desatada en los periódicos a favor y en contra de la posición representada por el escritor, cuyo culto al arte y a la belleza, su apelación a una vida libre de ataduras y sus costumbres licenciosas no podían ser toleradas por la estricta moral victoriana imperante. Wilde fue demandado a su vez por el ministerio público convirtiéndose su causa en un verdadero “auto de fe”, en un proceso inquisitorial en el que no sólo se condenaba al autor por un delito contra la moral pública sino toda una forma de vida consagrada al arte y a la belleza como forma de liberación de la mediocridad, de la hipocresía, y de los tabúes sexuales que atenazaban a toda una sociedad.

El tono declarativo de los documentos (cartas, telegramas, fragmentos de las obras del escritor, etc…) de los que se nutre el texto, el prurito del autor por una precisión casi notarial en dejar constancia explícita del origen de las citas, así como la reiteración de argumentos de los abogados en los interrogatorios hacen del conjunto un todo farragoso que la pericia del director sortea a duras penas, para que el cansancio no termine por hacer presa en los espectadores. Tampoco ayuda la presencia abusiva en escena, junto a quienes protagonizan la acción principal, de actores que acompañan esa acción como meros comparsas adoptando poses ininteligibles o formaciones corales de sentido no siempre nítido, ni el trasiego constante de elementos de la escenografía para, pretendidamente, configurar los distintos espacios donde se desarrolla la acción.

Esta plétora de elementos significantes y el errático movimiento escénico oscurecen los frecuentes destellos del genio de Wilde para la sátira, su talento para la réplica ingeniosa y la frase lapidaria, su fina ironía y la honda emoción con la que explora sus sentimientos. ¿Por qué no dejar solos un momento a los dos contendientes en el ring? ¿Por qué hay que desplazar sobre practicables móviles al marqués de Queensberry y al escritor en su enfrentamiento a cara de perro? O ¿por qué saltar todos frenéticamente a la comba mientras los amantes se entregan con fruición a los placeres del encuentro amoroso? Bastaba quizá con la tenue insinuación del goce inocente que sugiere la hermosa “Somewhere over the rainbow” del Mago de Oz que suena como música de fondo a la escena.

Con todo cabe destacar el valor testimonial del montaje, y desde luego un meritorio y esforzado trabajo físico de los actores no siempre, como digo, a favor del texto. Destacan en sus personajes como abogados de la acusación y de la defensa Guillermo Sanjuan y Alex Cueva respectivamente, un insidioso e implacable guardián de las buenas costumbres el primero y un voluntarioso y tenaz defensor de la causa del escritor el segundo. Sin minusvalorar su trabajo de creación de personaje, creo que la elección de Javier Martín y de David DeGea para sus papeles respectivos de Wilde y de Alfred Douglas es un verdadero acierto de casting. Dentro de la ambigüedad calculada (amigos/amantes) en la que se desenvuelven, conforman una pareja creíble bordando el primero la imagen de un dandi de aspecto frágil y ademanes atildados, tono displicente no carente de afectación, sonrisita irónica y mirada melancólica y el segundo la de un joven amanerado, vehemente, caprichoso, a cuya voluptuosidad y momentos de postración le suceden ataques furibundos de odio e ira descontrolada; de modales suaves y porte aristocrático su pálido semblante muestra un halo indefinible de honda tristeza.

Ficha técnico artística:

Autor: Moisés Kaufman.

Adaptación de Gabriel Olivares y David DeGea.

Con: Javier Martín, David DeGea, Eduard Alejandre, Alex Cueva, Guillermo Sanjuan, David García, Andrés Acevedo, Asier Iturriaga, Alejandro Pantany y Carmen flores Sandoval.

Espacio sonoro: Ricardo Rey.

Dirección: Gabriel Olivares.

Madrid. Teatro Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa. Sala de la Jardiel Poncela. Hasta el 8 de octubre de 2017.

Acerca de Gordon Craig

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