miércoles , 18 septiembre 2019
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‘Los cuerpos perdidos’, de José Manuel Mora: “El tamaño del infierno”

Aunque las estadísticas de criminalidad en distintos países de Iberoamérica no dejan de sorprendernos día sí día también por sus datos verdaderamente alarmantes, hay un caso particularmente lacerante que llamó en especial la atención de los medios de comunicación tanto nacionales como internacionales durante la década de los noventa: los violentos asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, al norte del estado de Chihuahua, en Méjico. Por lo general se trataba de mujeres jóvenes, violadas, torturadas y brutalmente asesinadas, cuyos cuerpos aparecían posteriormente abandonados o enterrados en el desierto. Informaciones de la época relacionaron esas muertes en masa -los datos son escalofriantes- con el crimen organizado y el narcotráfico pero también se asociaron con el machismo de la sociedad mejicana y con la pasividad (cuando no connivencia) de las autoridades gubernamentales para perseguir ese tipo de crímenes abyectos.

Pues bien, la obra que comentamos rememora precisamente esos sucesos para alertarnos sobre la corrupción y sobre el carácter explosivo del cóctel “depravación-abuso de poder-violencia sexual-impunidad”; cuatro ingredientes que conforman un verdadero círculo infernal del que, como dice uno de los personajes, es imposible escapar una vez que se han franqueado sus puertas. La pieza indaga, asimismo, sobre la naturaleza y motivaciones de los actores principales de esos sucesos: víctimas, victimarios y “colaboradores necesarios” para la comisión del delito; sobre la figura del chivo expiatorio, sobre el silencio cómplice y sobre las secuelas de dolor, odio, resentimiento que dejan estas heridas y, en general, sobre la degradación moral y la disolución de los valores que cimentan la convivencia de la sociedad en su conjunto.

De nuevo, como en Los nadadores nocturnos (2014) estamos ante una intensa experiencia compartida del dolor ajeno; un texto incisivo, con escenas de extrema crudeza y carnalidad a flor de piel que constituyen un potente revulsivo contra la complacencia con la que a veces toleramos lo intolerable. Formalmente se trata de una compleja estructura que rompe con las formas canónicas de la enunciación teatral, donde el diálogo entre personajes alterna con los pasajes monologados, la introducción explícita de una suerte de narrador que nos va poniendo en situación o los testimonios en bruto -como el del periodista Sergio Hernández relatando a micrófono abierto las amenazas y agresiones sufridas por seguir el “rastro de la sangre”-.Tiempos y lugares se solapan igualmente confiriendo al conjunto del relato un aspecto de irrealidad que lo asemeja a una pesadilla, todo ello acrecentado por un singular empleo de las máscaras y del atuendo de los personajes, cuyo aspecto nos recuerda, a veces, a los oficiantes de ancestrales rituales indígenas y del culto a la muerte.

 La plasmación escénica y la dirección del espectáculo corre a cargo de Carlota Ferrer y, como en el caso de la obra citada anteriormente, ha diseñado un movimiento escénico y coreográfico y un uso de la expresión corporal que se distancia de los ademanes naturales que acompañan al habla constituyendo una auténtica partitura escénica en la que los estímulos sensoriales -música en directo incluida- conviven en pie de igualdad con los estímulos cognitivos.

Una poética escénica que a veces acierta, en numerosas escenas corales o en las sobrecogedoras imágenes de la violación de las jóvenes Rosa y Silvia-Elena y otras no tanto, como la errática “danza” del decano Juan del Valle en el mismísimo escenario de su crimen, mientras perora hipócritamente sobre sus pequeños placeres cotidianos y confiesa su “afición por las jovencitas”. En general, consigue imágenes de innegable impacto visual; un continuum de fuertes contrastes con escenas cuyo tono varía desde el alegre y jovial intercambio de confidencias de las jóvenes en “Las Mañanitas” o la emoción profunda de Silvia Elena ante la inmensidad de la noche estrellada en el vertedero, a la desesperación de Antonio Reyes gritando a los cuatro vientos su inocencia o al profundo dolor de una madre angustiada pidiendo clemencia al Judicial. Un vestuario y ambientación coherentes con la puesta y un esforzado trabajo del elenco en su conjunto, en su doble faceta de músicos y actores, completan la variada panoplia de ingredientes que harían del montaje un trabajo redondo si no se demorase tanto en algunas escenas, alargando innecesariamente la representación

Gordon Craig, 10-III-2019.

Ficha técnico artística:

Autor: José Manuel Mora.

Con: Conchi Albiñana, José Ramón Arredondo, Carlos Beluga, Julia de Castro, David Picazo, Paula Ruiz, Cristóbal Suárez, Jorge Suquet y Guillermo Wickert.

Coreografía: Carlota Ferrer.

Diseño de escenografía: Mónica Borromello

Dirección: Carlota Ferrer.

Alcalá de Henares. Corral de Comedias. 9 de febrero de 2019.

Acerca de Gordon Craig

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