miércoles , 23 septiembre 2020

Mora, una más de la familia, se ha ido.

            Este año ha sido febrero un mes extrañamente seco y duro, aquí en la Alcarria. Ayer hubiéramos querido que lloviera, cuando despedimos a Mora. Nuestras lágrimas, -las mías y de todos-, habrían sido lágrimas en la lluvia. 

           El dolor no puede ocultarse, ni taparse. Aunque nada estaba previsto, cuando llegó el momento de su partida era ya muy tarde. Estábamos todos. La noche cubrió a todos con el manto de su sombra y aprovechó para llevársela. No fue magia, sino un momento que marcará para siempre un antes y un después, para Mora y para todos.

          Ahora solo tenemos el inmenso vacío de su ausencia. Se hace cada vez más grande, a medida que descubrimos, en cada rincón, en cada estancia, en todo lo que tocaba, ahora todo es vacío, porque lo llenaba todo. Tenemos un corazón lleno de huecos que van dejando los seres que nos dieron todo lo mejor, que eran uno de los nuestros y ya no están aquí. Esos huecos, los dejan unas veces las personas, otras los animales. Siempre el amor de unos y otros.

            Mora, nuestra preciosa Yorkshire, estuvo resistiendo entre idas, venidas, estancias en la clínica, inyecciones, antibióticos, y mimos, casi 10  días. Javier y Eva,  amigos inseparables de ella y con quienes se entendía y jugaba, habían ido a pasar unos días de descanso a Cantabria. 

            Dicen los entendidos, que cuando alguien se encuentra en trance de partir, suelen esperar hasta que llegue el ser querido, para despedirse.  Mora, ¿les estuvo esperando? ¡Sin duda!             

          Cuando volvieron los viajeros, aunque tenía en su vena la «vía» y vendajes, al oírlos, saltó y sacó todas sus fuerzas para ir a recibirlos. Se sentaron junto a ella y ya no se separaron hasta el final. Un lametazo de agradecimiento era toda su respuesta, cuando intentaban darle algo en su mano.

         La alegría y la emoción, tal vez sin querer, complicaron sus constantes vitales. No se puede querer más a alguien de familia que lo que nosotros la queríamos. Para que nos sintiera, formamos una piña junto a ella, y le trasmitimos la fuerza del cariño para ganar la batalla o para perderla, -porque nadie sabemos si la vida es batalla, y lo que creemos ganar es pérdida o la pérdida  ganancia-.  

          Lo cierto es que esa donación conjunta de afecto era al mismo tiempo, desapego total, para no interferir en su camino. La verdad es que ¡te queremos, preciosa! ¡Nos has hecho muy felices! ¡Gracias por todo! Estés donde estés siempre estaremos contigo y ¡volveremos a encontrarnos! Estamos aquí para recordar lo que somos, y tú has sido una gran maestra, con tu naturalidad, tu bondad, alegría, ganas de vivir y de jugar, nos has enseñado que nosotros no podemos ser distintos.

        Teníamos que asumir que ya nos había dado todo.  No será fácil entenderlo. Nos parecerá imposible poder vivir sin ella. Al dejarla que se fuera, empezaba una nueva etapa para ella, pero sobre todo, para nosotros.

Perrita Mora

       Nosotros, tendríamos que aprender a vivir sin ella, sin su mirada siempre atenta que controlaba todo sin moverse, sin esa muestra de atención cuando le hablábamos, su desbordantes recibimientos de alegría cuando llegábamos a casa -aunque estuviéramos ausentes poco tiempo-, sin su inteligente expresión de fidelidad y de bondad, siempre humilde y dulce, o callada y comunicativa. Agradecía los regalos, con un ritual especial, oliéndolos y desenvolviéndolos hasta descubrirlos, y distinguiendo por el olfato o el sonido cada juguete. Siempre dispuesta a brindar a cada uno aprecio y paz, cuando escuchaba alguna discusión.

      – Alguien rompió el silencio: «es el mejor regalo que le podéis hacer a Mora».

      – «Ella ha sido el gran regalo a esta familia«.

      – «Era, una más. La más pequeña. La última en llegar que se ha adueñado de la casa y el corazón«.

       – Algo nuestro también se va con ella.

      – ¡Se fue!, dirás.

         Al día siguiente de su partida, fue el 25 de febrero, todo el vacío y la ausencia se nos venía encima al llegar a casa. Ella no estaba. A cualquier lugar que se dirigiera nuestra mirada, encontraba, sus cucos, sus fotos, todo nos recordaba, en silencio, su presencia. De forma muy viva sentíamos el frío de su ausencia.

        Y, como es natural, ese recuerdo nos hacia hablar de ella continuamente, como si fuera aparecer en cualquier lugar, en cualquier momento. ¿Se había ido? Su ausencia, ahora, lo llena todo.

        La muerte no es el final. Es más, la muerte no existe. Solo hay vida, antes y después del paso por la tierra. Tiene que haber un cielo para quien no hizo en su vida más que hacernos felices, a todos y cada uno de nosotros desde que llegó. No podemos entender el paraíso sin los animales. Ellos nos lo han acercado aquí, mientras vivieron. Seguro que si, como alguien dijo, «el alma simple de la bestia es pura», tienen que estar allí. No puede ser de otra manera. En la vida de un niño, de una familia, si tiene cerca un perro, siempre hay un más allá.

       Si, por ejemplo, los perros son los ojos de los ciegos, los rescatadores en la nieve, en los tsunamis, en los terremotos, el motor de los trineos, la muestra de los cazadores, la ayuda de los pastores, la compañía de la familia, los defensores de los hogares y el juguete de los niños, ¿cómo podrían quedar sin recompensa? La vida con ellos tiene magia. De ahí la tristeza.

      Aunque, «esencialmente, la idea de morir es algo que siempre se nos ha enseñado a aceptar, pero en realidad solo existe en nuestras mentes. Creemos en la muerte porque nos asociamos con nuestro cuerpo y sabemos que los cuerpos físicos mueren», según el científico norteamericano Robert Lanza. Pero la vida, está en el cuerpo, en el hombre, y en los animales, pero  traspasa los límites físicos y espaciotemporales (The Independent).

     También nos han enseñado a minusvalorar la vida y el destino de los animales. También eso ha ido calando en nuestra mente. Se les ha tratado, como bestias, -sin pasado ni futuro-, sin sentimientos y como si pudiéramos utilizarlos para capricho y antojo. Olvidamos, que nosotros también somos «animales». El animal más peligroso de la naturaleza.

          Por ignorancia o por concepciones mentales o creencias hasta hace muy poco, no se aceptaba que los llamados animales tuvieran «alma», (y aún en muchos lugares siguen pensando así).

         Tienen alma y sienten, esperan de nosotros los humanos, que vayamos más allá del respeto para verlos con un poco de amor. Si pudieran manifestar lo que sienten, para que lo entendiéramos, los animales indefensos mirando a nuestros ojos podríamos escuchar: «Dice de ti: es un ser humano. Dicen de mí: es un animal. No se han dado cuenta que nuestra diferencia es algo muy simple… Tú piensas que me quieres y, yo, te quiero sin pensar».

       Solo quieren vivir, alimentarse, que se les quiera y no se les maltrate y una muerte digna. Como cualquier humano.

       Y…aún pensamos que los animales ni tienen derechos, ni pueden sobrevivir, cuando su cuerpo muere. Si la vida, después de la muerte, continúa en otra dimensión, ¿qué derecho tenemos para negarles esa otra vida,  o el paraíso, que solemos llamar cielo?

      Pero hace ya muchos siglos, Anubis, el dios egipcio, introductor del más allá, aparece siempre con cabeza de perro, da la bienvenida a los humanos, pesa los corazones, y es el Señor de las dos Tierras, El Señor de Nubia.

      Aquí junto al Henares, aunque sentimos su vacio, agradecemos a Mora lo que de ella nos queda, que es mucho más que el vacio, porque lo llena totalmente su recuerdo. Este pequeño río, El Henares, -casi desconocido-, paradójicamente también es «El río que nos lleva» y se las lleva. Acaba de llevarse a Mora, antes se llevó a Sombra, y anteriormente a su madre, la primera de todas, Nuba.  ¿Habrán salido a su encuentro? El río de la vida, ¿termina en distinto mar, si lleva humanos o perros? ¿Las habremos perdido para siempre?

       No hay casualidades, pero algunas coincidencias, producen escalofrío e invitan a pensar. Cuando estaba terminando este escrito del duelo, me llega por el Whatsapp de una persona amiga, que ni sabe ni se imagina que Mora se haya ido, un texto de Kafka y La muñeca viajera que dice textualmente: «cada cosa que amas es muy probable que la pierdas, pero al final el amor,  volverá de una forma diferente«.         

José Manuel Belmonte

Acerca de José Manuel Belmonte

Soy un ciudadano del mundo observador y caminante. La Vida, la Naturaleza y la Humanidad, pero sobretodo el corazón del hombre son una fuente inagotable de sorpresas. De eso escribo…

Ver también

Freaks: 3 superhéroes – Freaks – Du bist eine von uns – 2020 – Felix Binder – Netflix

Llego a esta peli alemana de Netflix por casualidad. No hay en la historia nada …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.