domingo , 24 junio 2018
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Primer Acto, de La Joven Compañía

¡Qué alegre suena esa música…!

Minorías étnicas, colectivos con diversos grados de minusvalías o en trance de exclusión social u objeto de discriminaciones varias por razón de sexo, raza, orientación sexual o condición social, inmigrantes, etc. etc. parecen haber tomado últimamente la escena con el objetivo, no sólo de denunciar situaciones flagrantes de maltrato, injusticia y discriminación -lo que el teatro viene haciendo desde Los Persas, de Esquilo, o desde Lisístrata, de Aristófanes, en el siglo IV antes de Cristo-, sino con el propósito, legítimo, de reivindicar su presencia en las tablas y alumbrar una reserva inédita de potencial creativo que ni la profesión ni la industria del teatro está en condiciones de desaprovechar. El ciclo “Una mirada diferente” programado recientemente por el CDN o el ciclo “Partir, venir, quedarse” (voces sobre exiliados y refugiados) programado por el teatro de la Abadía son una buena muestra de esta realidad.

Pues bien, con pretensiones más modestas, el espectáculo que comentamos se inscribe en esta tendencia o llamada a la inclusión social. En particular y a través de un numeroso elenco multirracial, pretende “visibilizar”, como se dice ahora, las dificultades que, en razón del color de su piel, miembros -cada vez más numerosos, por cierto- de nuestra colectividad encuentran todavía para abrirse paso hasta los escenarios en pie de igualdad con el resto de integrantes de la profesión.

Se trata de un espectáculo sencillo y emotivo, de una celebración de la diversidad, que culmina con una suerte de abrazo ecuménico de los integrantes del elenco a la sombra de un corazón gigante que va dibujando Ed Marqués sobre un panel transparente. Todo muy “cool”, en plan buen rollo, arropado por el aplauso incondicional de los amigos y conocidos que llenaban la sala y con mínimas y, a mi juicio, demasiado veladas alusiones al las dificultades que la vida real impone a una efectiva integración.

Resultado de un taller de dos semanas coordinado por el director Josep María Mestres, el espectáculo se articula a modo de un casting o de un “Got Talent” televisivo. A las presentaciones de rigor para dar a conocer el origen y situación de los aspirantes sigue un ingenioso ejercicio de asociación libre de conceptos: el mero enunciado de dos o tres vocablos, se supone que elegidos al azar por los aspirantes desencadena una serie de asociaciones de ideas que conforman el entramado sentimental e ideológico sobre el que va a establecerse el vínculo con los espectadores, un contexto, en general, de aceptación y empatía. Luego, en la fase de escrutinio propiamente dicha y tras explicitar a modo de confesión sus deseos y/o ambiciones se verán obligados individualmente a exhibir sus destrezas en alguna de las múltiples manifestaciones de las artes escénicas.

Y aquí es donde podemos disfrutar de esa cálida y entrañable voz de Nicole Quiala, o de las acrobacias de Mard Beta, o de la capacidad para hacer reír de Julio Montaña, o de rapear de Alejandro Linares; de la representación de la muerte de Romeo de María Elaidi, o del monólogo de Segismundo -un pelín enfático- de Jean Cruz, del Lago de los cisnes de Thalía Castellano o, en fin, de Natasha Prokhorova, en esa nostálgica la despedida de la guarnición en el acto cuarto de Las tres hermanas, de Chejov: “¡Qué alegre suena esa música! Siento como si quisiera vivir de nuevo … Nuestros rostros y nuestras voces serán olvidadas … Pero nuestro sufrimiento significará felicidad para quienes nos sucedan … ¡Vendrá un tiempo en que la paz y la felicidad reinarán en el mundo! …”.

Por Gordon Craig (02/04/18)

Ficha técnico artística:

Creacion colectiva

Asesoramiento dramatúrgico QY Bazo.

Con: Alejandro Linares, Delia Seriche, Ed Marqués, Jean Cruz, Jorge Padilla, Julio Montaña, Mard Beta, María Elaidi, Natasha Prokhorova, Nicole Quiala, Prince Ezianym, Steven Senga, Tanit Behelo, Thalía Castellano y Yasmin Sadeghi.

Dirección: Josep María Mestres.

Alcalá de Henares. Corral de Comedias

1 de junio de 2018.

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