Queridos hermanos en el Señor: Os deseo gracia y paz.
El Señor habla todas las lenguas para comunicarse con la humanidad. También emplea el lenguaje de los astros para orientar y encaminar los pasos de quienes le buscan. No es necesario adquirir elevados conocimientos de astronomía para comprender la actitud de los magos de Oriente que llegaron hasta Jerusalén y preguntaron por el Rey de los judíos. Resuenan en nuestros oídos sus palabras: “hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo” (Mt 2,2).
Los tres buscadores supieron escrutar los signos del firmamento, se pusieron en camino, sortearon muchas dificultades y solicitaron ayuda. Después de su entrevista con el rey Herodes, “se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño” (Mt 2,9).
Ver los signos, interpretar su sentido, ponerse en ruta también tiene consecuencias: “Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría” (Mt 2,10). Cuando los tres peregrinos entraron en la casa “vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas, lo adoraron” (Mt 2,11).
El Diccionario de la Lengua Española tiene siete acepciones para el verbo “adorar”. Nos interesan la segunda y la cuarta: “Reverenciar y honrar a Dios con el culto religioso que le es debido” y “Amar con extremo”. Solamente delante de Dios nos ponemos de rodillas. Solamente Dios es digno de nuestra reverencia y honra, a Él va dirigida nuestra alabanza. Solamente Él merece la gloria. Y solamente Dios puede ser amado con extremo, sin límites ni condiciones.
La visita de los magos de Oriente tiene también un aspecto de ofrenda: “después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra” (Mt 2,11). Cada uno de nosotros sabe lo que puede ofrecer para expresar gratitud y admiración. Toda la vida se puede transformar en ofrenda gozosa y permanente.
El Señor, que se había comunicado con los buscadores de Oriente a través de la armonía del firmamento, usó otro procedimiento de comunicación: “habiendo recibido en sueños un oráculo” (Mt 2,12). Se les advirtió que no debían volver a Herodes. Entonces, “se retiraron a su tierra por otro camino” (Mt 2,12).
Benedicto XVI dijo en Colonia en 2005: “En el viaje de retorno, los Magos tuvieron que afrontar seguramente peligros, sacrificios, desorientación, dudas… ¡ya no tenían la estrella para guiarlos! Ahora la luz estaba dentro de ellos. Ahora tenían que custodiarla y alimentarla con el recuerdo constante de Cristo, de su rostro santo, de su amor inefable”.
Recibid mi cordial saludo y mi bendición.
Julián Ruiz Martorell, obispo de Sigüenza-Guadalajara
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