Acabo de terminar de leer el libro de David Alandete. Es una radiografía impecable y adictiva sobre el regreso de Trump, la desinformación y las cloacas del poder. Si queréis entender de verdad la política actual y el periodismo de trinchera, hay que leerlo. El corresponsal en Washington desmenuza no solo el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, sino un fenómeno mucho más cercano y alarmante: la corrupción de los aparatos del Estado destinados a silenciar a la prensa libre.
A través de sus páginas el autor ofrece una radiografía incómoda sobre cómo las altas esferas políticas prefieren la docilidad ciudadana a golpe de manipulación. Alandete detalla campañas dirigidas a minar la reputación de los periodistas que se niegan a actuar como altavoces propagandísticos. Describe cómo se usan herramientas públicas para castigar o premiar medios según su línea editorial, distorsionando el derecho constitucional a la información. Cuenta en primera persona y con vivencias propias las presiones explícitas sufridas por el propio corresponsal a raíz de preguntas incómodas sobre geoestrategia y gasto militar, las cuales activaron maquinarias de acoso digital e institucional.
La corrupción que Alandete describe no se mide únicamente en transacciones financieras ilegales, sino en una moneda mucho más peligrosa: el tráfico de influencias informativas y el espionaje de Estado. La obra pone al descubierto cómo determinados sectores gubernamentales se valen del «coro de la opinión sincronizada» para asfixiar las voces disidentes y moldear relatos artificiales que oculten la realidad geopolítica.

Lo estamos viviendo también en España; la corrupción moderna no siempre viste de maletines ocultos; a menudo se disfraza de decretos, llamadas intimidatorias a las redacciones y campañas de linchamiento reputacional financiadas de forma opaca para garantizar que el poder nunca tenga que dar la explicación real de sus actos. El periodismo independiente, en España, se enfrenta a su época más oscura bajo la sombra de la presión gubernamental y el control de la información. El repóquer de jueces, fiscales y policías insobornables formado por Balas, Luzón, Pedraz, Grinda y Biedma y periodistas de investigación valientes como Alejandro Entrambasaguas, Jorge Calabrés, Ketty Garat, José María Olmo o el mismísimo Iker Jiménez podrían ser protagonistas principales de esta película a los que también han intentado torcer voluntades bajo parece ser la batuta de Santos Cerdán y su fontanera.
A mi todo esto me recuerda la icónica película de Los intocables de Eliot Ness cuando la integridad era la única trinchera contra el sistema podrido. En una época en la que la impunidad se disfraza de burocracia y los escándalos de corrupción apenas duran tres días en el telediario, revisar el clásico de 1987 no es un ejercicio de nostalgia cinéfila, es mirarte en un espejo incómodo. Más allá de su impecable estética visual y el ritmo trepidante de sus tiroteos, la película funciona hoy como una feroz crítica a la descomposición de las instituciones y al peligro de una sociedad anestesiada ante la pérdida de valores.
La verdadera amenaza en “Los intocables” nunca fue el armamento de Al Capone, sino su capacidad para comprar conciencias. De Palma filma con crudeza un sistema podrido desde la raíz, donde el uniforme policial, la placa del detective y el mazo del juez tienen un precio de salida. La película lanza un dardo envenenado contra la indiferencia colectiva. Nos muestra cómo la normalización del delito es el paso previo a la tiranía. Al Capone (interpretado magistralmente por Robert De Niro) no es solo un gánster; es el símbolo del empresario corrupto que exige pleitesía pública mientras destruye el tejido moral de una ciudad entera. Ante este panorama, el largometraje plantea una verdad incómoda: cuando las instituciones se corrompen, la ciudadanía queda completamente desamparada.
Frente a este lodazal solo puede funcionar, como lo hace en el guion de la película, levantar una muralla ética a través de cuatro hombres que deciden que su dignidad no está en venta. Lo mismo ocurre en nuestro país, estos intocables nos muestran cada uno desde su profesión que tener valores cuesta caro y que mantenerse limpio en un entorno hostil implica aislamiento, amenazas, sacrificios y mucho riesgo por el peligroso peaje de combatir al monstruo de la corrupción que es tan contagiosa que obliga a los hombres justos -como ocurre en la película- a cruzar líneas rojas y a rozar la brutalidad del enemigo para poder destruirlo.
La pérdida de valores y la tolerancia social hacia la corrupción no son fenómenos nuevos, pero la película nos recuerda que la única vacuna sigue siendo la responsabilidad individual. Cuando el sistema falla y el relativismo moral lo justifica todo, la integridad deja de ser una opción personal para convertirse en la última trinchera de la verdad y de la justicia. Bravo por estos grandes profesionales, su honradez y lealtad merecen respeto y admiración. Son héroes en un mar de corrupción gubernamental. Son los verdaderos patriotas. Posiblemente estén deteniendo el mayor ataque a nuestra Democracia, a nuestras libertades, a nuestros valores, a nuestro futuro y el de nuestros hijos. Son nuestros intocables.
Antonio de Miguel Antón, miembro de la asociación Democrática Ciudadana, ADC
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El Heraldo del Henares

Leo y no doy crédito de verdad es apabullante la desfachatez de nombrar como insobornables a ciertos jueces y Guardias civiles que a pesar de la declaración de más de 40 personas en sede judicial negando la mayor siga diciendo que él intuye que alguien tendría que haber detrás… y lo de Iker ya de pasada le ha faltado el Motos para cuadrar el círculo junto con algún ido como despeinado.
Para enmarcarlo de verdad porque además intuyo , como el Balas, que encima se cree lo que está diciendo, tenía a don Antón por persona inteligente, Su salida de VOX así me lo hacía intuir (como al balas) pero no ando fino, espero que sea más mala baba que falta de inteligencia mucho más intuitivo esto último, pues desde mi punto de vista esto es precisamente todo lo contrario pero ya manda huevos calificar a Pedro Sánchez de Trumpista , teniendo a Abascal , Feijóo y La IDA acudiendo a la embajada de EEUU a recibir órdenes de su patrón faro y guía.
Que por cierto se está cargando a todo periodista libre en EEUU.
Demencial lo de los medios conociendo la lista de medios comprados (BULEROS) por el PP madrileño y nacional y cuyos propietarios son de extrema derecha o sionistas directamente que son los que están trabajando para que opiniones como la que se vierte en este artículo circulen por la sociedad española, es como proteger al lobo asesino y acusar al pastor de ser un lobo camuflado y repetirlo hasta la extenuación para que cale en la pobre gente, y creo que usted a entrado al trapo, o es parte del mismo.
Como diria Gila: alguien dice sandeces de alguien. Deje de hacer el ridiculo. Le recomiendo que se apunte a un curso de ganchillo o de bolillos, seguro qud me releja.
Don Luis. Una sandez es una tontería, necedad o un dicho absurdo y sin fundamento. Se refiere a una acción o comentario que revela poca inteligencia o sentido común
Todo lo que digo tienen más fundamento que las causas abiertas a doña Begoña Gómez y al hermano del presidente y lo de Zapatero ya veremos donde acaba , lo cierto es que días antes del absurdo contra ZP , Abascal , la IDA y Feijóo se reunieron con el embajador americano en España ¿usted cree en las casualidades en política estadounidense? Yo no, aquí quien have encaje de bolillos son quienes niegan lo evidente usted entre ellos, repase mas tranquilo mi escrito caballero que lo ha leído usted con desgana…
Don Eduardo, cuanto mas escribe mas sandeces dice. Dediquese a los bolillos que seguro estará mas relajado.