El submundo -alienante, aterrador- de las adiciones, al sexo, al alcohol, a las drogas, ha sido una constante fuente de inspiración para escritores y artistas (en muchos casos adictos ellos mismos a las más diversas sustancias; piénsese, por ejemplo, en Thomas de Quicey y sus Confesiones de un opiómano, o en el mismo E.A. Poe; o en los novelistas de la generación Beat con Bukowski a la cabeza) y el teatro, obviamente, no ha sido ajeno a esta preocupación.
En sus diversas variantes, esta temática viene estando presente de manera recurrente en nuestros escenarios y se me ocurre citar, como elemento de contraste y para contextualizar la obra que comentamos, dos piezas de autores españoles de distinto tono y estilo pero representativas ambas de una época, los años ochenta del pasado siglo en que con la apertura definitiva del régimen se produjo una eclosión de consumo de todo tipo de estupefacientes. Me refiero a la regocijante y desenfadada Bajarse al Moro, de José Luis Alonso de Santos y a la caústica y desoladora Caballito del diablo de Fermín Cabal.
Y quizá sea con esta segunda obra, la de Fermín Cabal, con la que Personas, lugares y cosas guarda mayores similitudes, por el propósito de ahondar en la situación y la psicología del drogadicto y por el realismo y la crudeza con que viene a ser tratado el asunto, concentrando toda la potencia de fuego en la descripción y análisis de ese punto crítico en el que el adicto toca fondo y en el proceloso, arduo y exigente itinerario de su recuperación, cuando esta llega, que no siempre es el caso, desgraciadamente.
Veamos. La joven Enma, actriz, que se ha derrumbado durante los ensayos de una escena de La gaviota, de Chejov, decide entrar en un centro de rehabilitación para desintoxicarse. Sin subterfugios ni paños calientes, la obra recrea pormenorizadamente su estancia en ese centro y las diferentes fases en el proceso de su curación. A lo largo de la terapia psicológica, que ella, escéptica empedernida, rechaza por principio tildándola de pantomima, se irá poniendo al descubierto las dimensiones de la herida y las dificultades de su sanación. Es una lucha denodada de la protagonista para sobreponerse a sus recuerdos más dolorosos: pinchazos, salpicaduras de sangre en el lavabo; euforia, desesperación, angustia; estados de percepción alterada, alucinaciones, ataques de pánico,… Un repertorio exhaustivo de los efectos de la droga en el ánimo y en el organismo del adicto que el texto desmenuza con crudo realismo y que la puesta en escena y el trabajo de los actores reflejan con extraordinario verismo.
El núcleo duro por así decirlo de la pieza lo constituye el enfrentamiento entre la forma de entender la existencia, de percibir el mundo, si queremos decirlo así, de la protagonista Enma (portentosa Irene Escolar) y la opción alternativa que le ofrece la institución. Ella, una joven rebelde e independiente, traumatizada por una desgracia familiar, de mente racional, agudo sentido del humor y dotada de una notable perspicacia e inteligencia entra en conflicto con la normativización y el método de trabajo de la institución (dinámicas de grupo, rol playing, …) que busca inducir en el paciente una suerte de despertar espiritual, encarnado todo ello en la figura de la terapeuta (Sonia Almarcha) con la que mantiene un tremendo pugilato que dará lugar a algunas de las escenas más memorables del la pieza.
Salvado ese conflicto Enma tiene que lidiar consigo misma, enfrentar en soledad sus demonios interiores, sufriendo lo indecible debido precisamente a la agudeza y penetración con la que analiza el mundo que la rodea en sus momentos de lucidez. Y tiene que sortear el mayor escollo, quizá, para el inicio de su curación: vencer su resistencia casi visceral a participar en las sesiones de grupo, romper el aislamiento, superar la desconfianza y abrirse a los demás, al resto de compañeros de infortunio y compartir sus experiencias a cual más trágicas y devastadoras. Una empresa que parece hercúlea, inabordable, para quien se halla en una situación de emocionalidad a flor de piel y de extrema vulnerabilidad. Y todavía le quedará una última prueba, la más cruel de todas, quizá, el retorno al hogar, para reencontrarse con la atmósfera claustrofóbica, irrespirable, de su cuarto, con la frialdad glacial de su padre, con la incomprensión y el odio indisimulado de la madre.
Un texto, como se desprende de lo dicho, complejo, dotado de una enorme intensidad dramática, trufado ocasionalmente de ironía, pinceladas de humor mordaz y de elementos paródicos que coadyuvan a aminorar esa tensión a la que me he referido; de silencios que remansan el ritmo endiablado en el que la acción camina hacia el desenlace. Todo un reto para el equipo técnico y artístico al que responden sin excepciones con notable acierto, a base de oficio y talento bajo la mano diestra del director de escena, atento siempre a modular excesos y controlar la emocionalidad presta a desbordarse a cada paso; a medir los tiempos y a proporcionar soporte visual, plástico y sonoro para los escenas de más difícil solución, para ordenar toda una polifonía de voces, gritos y susurros, un engranaje de historias que forman la banda sonora de la angustia y de la desesperación de las miríadas de buscadores de paraísos artificiales frustrados, de seres maltratados por la vida víctimas de las más variadas e insólitas adiciones que constituyen el signo de nuestro tiempo. Un tiempo en el que el arsenal de estímulos que inducen a satisfacer nuestros deseos se incrementa de modo inversamente proporcional al fortalecimiento de la voluntad para controlarlos.
Gordon Craig. 06-I-2026
Ficha técnico artística:
Autor: Duncan Macmillan.
Adaptación: Pablo Messiez
Con: Irene Escolar, Javier Ballesteros, Tomás del Estal, Brays Efe, Sonia Almarcha, Claudia Faci, Daniel Jumillas, Mónica Acevedo, Blanca Javaloy,
Escenografía: Max Glaenzel.
Vestuario: Silvia Dealgneau.
Iluminación: Carlos Marquerie.
Música y espacio sonoro: Óscar G. Villegas..
Dirección: Pablo Messiez.
Madrid. Teatro Español.
Hasta el 11 de enero de 2026.
El Heraldo del Henares
