Guadalajara ha dado por concluida su Semana Santa con la solemnidad de la procesión del Domingo de Resurrección… y con la sartén encendida. Tras días de pasos procesionales, tambores y capirotes, la ciudad se rinde al verdadero culto popular: la torrija, esa obra maestra de ingeniería doméstica que eleva el pan duro a la categoría celestial.
Crónica de Andoni Madrid y Cuka Leyre. Fotografías de Cuka Leyre
Y es que este postre religioso-popular, representa una tradición gastronómica emblemática de la Semana Santa, uniendo fe, historia y sabor en el cierre de estas fiestas.
Las torrijas tienen raíces romanas, pero se popularizaron en la Edad Media donde las monjas las preparaban para nutrir a parturientas y enfermos durante la Cuaresma, ya que no contenían carne y ofrecían energía rápida con pan mojado en leche o vino, frito en aceite de oliva y endulzado con miel o azúcar.
Hoy la torrija se reinterpreta en formatos y técnicas: helados de torrija, torrijas saladas inspiradas en potajes de garbanzos, bacalao y espinacas, o versiones con brioche y rellenos muy elaborados.
Estas versiones modernas mantienen la esencia pero juegan con formas, emplatados y maridajes, convirtiendo la torrija en un postre de lujo, y deseo gourmet. Y sí, la torrija -esa superviviente del tupper de la abuela-, ha ascendido socialmente.
Ahora se sirve en copa de cristal, y se decora con oro comestible, mientras las abuelas -las verdaderas maestras torrijeras-, miran desde sus cocinas con una mezcla de incredulidad y orgullo: ¿quién les iba a decir que aquello que hacían para aprovechar el pan duro sería, un día, patrimonio ibérico del lujo?
Y lo miran en silencio, con la sartén en la mano y la dignidad en el delantal. No necesitan nitrógeno ni cobertura “deconstruida”. Su torrija humeante, empapada en leche y fe, sigue derrotando a cualquier chef con estrella o ego. Pero claro, eso no sale en Instagram porque no necesita esferificaciones para emocionar.
Por eso el ciudadano de a pie se pregunta cuándo hemos pasado de aprovechar las sobras a hipotecar el postre. ¿En que momento el pan duro se volvió aspiracional? O, finalmente, ¿en qué confitería celestial se decretó que la tradición debía llevar topping de oro?
Quizá sea el verdadero espíritu cuaresmal del siglo XXI: purgar el alma y, de paso, la cuenta bancaria. ¿O no?
El Heraldo del Henares

