Esta mañana observé algo que me hizo pensar durante algún tiempo.
En la terraza yacía un zorzal común. Estaba muerto. A su lado había otro. Quieto. Atento. Permanecía junto a él.
En los zorzales comunes es casi imposible distinguir el macho de la hembra.
Así que podría haber sido perfectamente el compañero el que estaba allí — o la compañera. En realidad, eso no importa demasiado.
El otro simplemente se quedó.
Me vio detrás del cristal. Levantó la mirada un instante. Pero no se fue. Se quedó. Mucho tiempo. Quizá una hora.
Luego, en algún momento, salió volando. Sin más. Sin dramatismo. Sin una despedida que se pudiera reconocer como tal.
Pero es no importa. Lo importante es que se había quedado un buen rato junto a su pareja.
Se puede pensar que el vínculo, el apego familiar, es algo típicamente humano. Algo cultural. Algo que necesitamos explicar o justificar.
Pero el vínculo es mucho más antiguo que nuestras teorías sobre él.
Puede verse en todas partes en la naturaleza.
En primavera, por ejemplo, cuando las cornejas negras —claramente más pequeñas que los ratoneros — los ahuyentan con bastante agresividad cuando vuelan sobre los nidos de su comunidad. Las cornejas defienden a sus crías. A su grupo. Defienden sus vínculos. Y lo hacen todas a una.
El vínculo no es algo artificial.
Es un patrón fundamental de la vida.
En el fondo, es uno de los mecanismos naturales para garantizar nuestra supervivencia.
Y donde existe vínculo, aparece también otra cosa: el duelo.
El dolor por la pérdida de un ser querido. Y el respeto por su recuerdo.
Eso exactamente fue lo que vi esta mañana.
Un zorzal que permaneció un rato junto a su compañero muerto.
Como hacen los seres humanos.
Dr. Jorge Guerra González, perito judicial, mediador, abogado del menor, investigador, docente universitario
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