Confieso no haber asistido a la representación de Neva, la pieza del chileno Guillermo Calderón estrenada en 2006 y de la que ésta que comentamos, Navegar por el Neva, es tributaria. Ello habría ampliado a buen seguro mi perspectiva de análisis, toda vez que este montaje, que puede verse ahora en los Teatros del Canal dentro del ciclo “Canal Hispanidad” está protagonizado por los mismos actores bajo la misma dirección artística.
Por lo que he llegado a saber, excepto por la introducción de un nuevo actor/personaje, Tomás González, pianista y una suerte de traspunte que ayuda a refrescar la memoria de los actores (20 años más viejos) el contenido de la obra no es muy distinto del de la pieza matriz; cambia, eso sí, el contexto social en el que se produjo su estreno y su repercusión social en toda Hispanoamérica, por los paralelismos que pudieron llega a establecerse entre la situación de Chile de 2006 sumido en graves revueltas estudiantiles, intentado subvertir las estructuras del régimen dictatorial de un recién fallecido Pinochet y la alusión de Masha en la segunda parte del espectáculo a la situación prerrevolucionaria que se vivía en Rusia en el invierno de 1905, época en la que se sitúa la acción de Neva.
Como ya hiciera Juan Pastor con En torno a la gaviota o Sanchis Sinisterra con Éramos tres hermanas, por citar sólo un par de ejemplos, el de Gillermo Calderón es uno más de los innumerables intentos de aproximarse a la dramaturgia chejoviana para desentrañar las claves de su vida en el arte, el porqué de la profunda impronta que su obra ha dejado en el teatro occidental o, simplemente, por el placer de revisitar sus textos; o por una mezcla de todo ello, como es el caso que nos ocupa.
Navegar por el Neva dramatiza el reencuentro de tres actores sobre el escenario para revisitar un texto que les dio fama y reconocimiento en medio mundo 13 años después de su última representación. Tras una breve secuencia inicial marcada por la sorpresa y la desorientación del reencuentro, la inseguridad, los olvidos o los recuerdos fragmentarios, con ayuda de Tomás González, que es como la memoria viva del pasado, se procede a reconstruir la experiencia pretérita enriquecida con nuevos puntos de vista debido a la madurez artística y humana de los actores/personajes. Volvemos al crudo invierno en San Petersburgo. La sala está a oscuras, iluminada a penas por el resplandor de una mínima estufa eléctrica que caldea el ambiente. Mientras las tropas imperiales del Zar Nicolás II reprimen a sangre y fuego las manifestaciones de los obreros por mejorar sus condiciones salariales, dos actrices y un actor (Olga, Masha y Aleko) están ensayando El jardín de los cerezos, el resto del elenco no ha llegado todavía a causa de las algaradas callejeras, se ignora incluso si llegarán o si ya estarán muertos.
Enseguida sobre este primer estrato o nivel de ficción (unos actores representando a unos actores que están ensayando una escena) se superpone un segundo estrato: dichos actores representando a personajes de la obra. Olga (Trinidad González) resulta ser Olga Knipper, actriz del teatro del Arte de Moscú, viuda de Anton Chéjov, fallecido justo seis meses antes. Está intentando, sin conseguirlo, meterse en el papel de Liuba Andreyevna, en la inolvidable escena en la que se está despidiendo del jardín de los cerezos que ha vendido a Lopajin; sus compañeros intentan ayudarla, dándole consejos sobre cómo abordar la escena, pero ella pierde la concentración, no está satisfecha con su trabajo, se enfurece, se lamenta, llora desesperada. El recuerdo de las últimas cartas del dramaturgo, el de su muerte, sólo, en el sanatorio del balneario de Yalta donde permanecía internado, el sentimiento de culpa se interpone entre ella y el papel, y entonces, en un arrebato de ira sugiere a sus compañeros que escenifiquen los últimos instantes de vida de Chéjov. Y ahí entramos en un tercer estrato de ficción, del que saldremos enseguida para dar cabida a reflexiones, alusiones o reproches de índole personal o profesional entre los actores en un alambicado juego metateatral que ya durará hasta el final de la pieza.
La creciente presencia de elementos biográficos del dramaturgo, sus vínculos con Olga Knipper o con su hermana María Paulovna Chejova –con la que tenía una relación de intimidad, como acreditan sus cartas-, rivaliza con las cuestiones de índole técnica sobre la naturaleza de la actuación, los vínculos personales entre los actores y con la reflexión de fondo sobre el teatro mismo y su conexión con la realidad, que cristaliza en una memorable, estremecedora, escena-monólogo a cargo de Masha (Paula Zúñiga) donde se fustiga con una vehemencia inusitada la actitud diletante, narcisista de los artistas (los de teatro en particular), capaces de encapsularse entre las cuatro paredes de la sala de ensayos mientras en la calle, a su alrededor, sufren y mueren miles de personas por defender sus derechos.
Estamos ante una celebración del teatro del más puro estilo decimonónico naturalista, estanislavskiano y a su vez ante su cuestionamiento como actividad netamente burguesa y alejada de la realidad social y política. En un espacio casi vacío, como quería Peter Brook, el elenco en su conjunto lleva a cabo un imponente trabajo actoral, que sorprende por el correctísimo uso del lenguaje verbal y gestual y por la capacidad de actores y actrices para saltar de uno a otro de los diferentes planos de ficción superpuestos sin solución de continuidad que articulan el montaje y que hacen difícil discriminar lo real de lo fingido. En suma una profunda reflexión sobre el sentido del arte en un magistral ejercicio de virtuosismo artístico que atestigua la pujanza del teatro que se hace en la América novohispana.
Gordon Craig. 15-X-2026.
Ficha técnico artística:
Dirección:Trinidad González, Paula Zúñiga, Jorge Becker y Tomás González.
Elenco: Jorge Becker, Trinidad González, Paula Zúñiga y Tomás González.
Dramaturgia: textos de la obra Neva Guillermo Calderón y adaptación Navegar por el Neva de todo el elenco.
Diseño de iluminación y vestuario: Jorge Chino González.
Madrid. Teatros del Canal. “Canal Hispanidad”.
Hasta el 18 de octubre.
El Heraldo del Henares
