lunes , 8 junio 2026
Contenedores de residuos en la calle María Pacheco de Guadalajara. En primer plano, el de reciclaje de ropa usada. Fotografía de Cuka Leyre

El ciudadano de a pie pregunta: ‘¿Cuántos más contenedores de colorines pueden instalarse en las calles de Guadalajara?’

Cada día, miles de ciudadanos de Guadalajara deambulan por sus calles, bolsas de basura en una mano y un manual de instrucciones en la otra, mientras intentan desentrañar el gran enigma: ¿a qué contenedor va cada bolsa?

Crónica de Andoni Madrid y Cuka Leyre. Fotografías de Cuka Leyre

La duda no es pequeña. Frente a nosotros nos encontramos con un colorido ejército de contenedores que domina el paisaje urbano y nos da la bienvenida a la era de la separación selectiva… o de la confusión multicolor.

Y es que parece que vivimos en una jungla de arco iris donde los contenedores no son simples receptáculos de nuestros detritus, sino personajes pintorescos salidos del mágico mundo de Oz dispuestos para una partida gigante de parchís.

Contenedores de residuos en la calle María Pacheco de Guadalajara. En primer plano, el antiguo verde de reciclaje de ropa usada que será sustituido por el morado. Fotografía de Cuka Leyre

Por un lado, el contenedor amarillo, es el más parlanchín del barrio. Siempre cotilleando sobre qué envase de plástico llegó y de qué es el nuevo tetrabrick mientras presume de su brillo reluciente.

A su lado, el contenedor azul, el sabio de los papeles. Vive de periódicos, cajas y cartones y siempre tiene ese aire de intelectual.

No muy lejos, el contenedor verde, el bohemio del vidrio, algo gruñón y siempre con su repiqueteo de botellas que suenan como una orquesta desafinada.

A un costado, el apestoso marrón, el de los residuos orgánicos, al que pocos prestan atención y que se resigna a su destino de ser el menos glamuroso, pero el más fiel a la tierra.

También los tenemos ocultos tras un armazón de hierro oxidado, como si de las autoridades trataran de protegernos de efluvios radiactivos que emanaran de los mismos.

Contenedores protegidos tras un armazón de hierro oxidado en el paseo de san Roque. Fotografía de Cuka Leyre

Los nuevos contenedores naranja y morado han llegado esta semana como si fueran la ultima revolución tecnológica, cuando en realidad son dos cubos de plástico con complejo de ministro de Medio Ambiente. Así, por un lado, tenemos al invitado exótico: el contenedor naranja del aceite de cocina usado, el ninja de la ciudad, enorme, anguloso, aparece donde menos te lo esperas. Oráculo misterioso y esquinado, como un viejo sabio que pocos conocen, guarda tus viscosos secretos y está siempre dispuesto a rescatar esos litros de aceite que sobraron de las croquetas de los que aún no se han aventurado con las air fryer.

Contenedores de residuos en la calle Doctor Layna Serrano de Guadalajara. En primer plano, el de reciclaje de aceite de cocina. Fotografía de Cuka Leyre

Y qué decir del morado, ese contenedor premium para zapatos y ropa usada, y más selectivo que la agenda de un influencer empadronado en Andorra.

Contenedores de residuos en la calle Santa María Micaela de Guadalajara. En primer plano, el nuevo de reciclaje de ropa usada. Sucesivamente, el resto de colores del parchís. Fotografía de Cuka Leyre

En Guadalajara cada contenedor tiene su propia voz, no son simples cubos de basura, son criaturas de colores que inundan nuestro paisaje urbano. Por eso, el ciudadano de a pie se pregunta cuántos más contenedores pueden instalarse en la vía pública y de qué color serán. ¿Existe un límite o depende del espacio público disponible o de la eficiencia de la recogida?

Si la tendencia es a incrementar los puntos de recogida para alcanzar nuevos objetivos de reciclaje se podría hacer mediante contenedores soterrados que optimizan el espacio, ¿o no?

Porque una optimización tecnológica a través de contenedores inteligentes, que avisen cuando estén llenos, permitiría gestionar mejor el espacio y, en ocasiones, reducir el número total de contenedores o reubicarlos mejor.

Al final estos contenedores son la metáfora perfecta de la política medioambiental de postureo, si algo no funciona, cámbiale el color, ponle una pegatina nueva, sube la foto a redes y declara “que los ciudadanos se vuelcan con el reciclaje”. Y sí, nos volcamos, pero sobre todo cuando la tapa no se abre y la bolsa acaba en el suelo….

Por favor, señor concejal de Limpieza, apueste por un reciclaje inteligente y una reducción en la generación de residuos, clave para evitar que las calles se vean saturadas, de lo contrario corremos el riesgo de ser engullidos por estas dulces criaturas de colores mientras, folleto en mano, dudamos en cuál de ellos debemos depositar cada desecho.

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