martes , 17 octubre 2017
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Bajas médicas y medidas higiénicas

Hay ocho casos de baja médica desde que empezó el verano, y cinco siguen ingresados en el hospital. Todos por contagio, dicen que en la empresa, antes de las vacaciones. A la voz de alarma por una nota que pusieron en el tablón, y que apenas leyeron los cuatro que estaban de guardia, los wásaps echaban humo, todos preguntándonos de dónde se sospechaba, o de quién, y cuáles eran los síntomas. Náuseas, vómitos y cansancio, y debajo del moreno, ictericia.

Algunos de los infectados estaban de vacaciones en el extranjero, y no tuvieron más remedio que anular su viaje y pasar de inmediato por Urgencias cuando aterrizaron en España, pasando por todos los baños habidos y por haber en el avión, en los aeropuertos y en los bares que pillaban de camino.

Dicen que el contagio se transmite por el agua contaminada o por los alimentos crudos. Así que se han dejado de ofrecer barritas con tomate en el comedor, y el reponedor de botellas de agua mineral ya es como uno más de la familia.

Hay quien está convencido de que la culpa es de la poca higiene, y la rumorología señala a unos cuantos, a los que se les ha visto salir del baño sin lavarse las manos, manoseando picaportes, las teclas de la máquina de café y la fotocopiadora.

Por si las moscas, la empresa ha seguido paso a paso los protocolos oficiales del Servicio de Salud Pública de la Comunidad, y ha procedido a realizar una limpieza profunda de todos los aseos y vendings con productos de alta concentración en cloro, dando instrucciones precisas para que se fumiguen los conductos de ventilación y, de una vez por todas, se retiren las mesas de las oficinas y se eliminen los miles de pelusas que campan a sus anchas por debajo de ellas desde tiempos inmemoriales, que muchos han agradecido, por el asma.

Además, se han comprado toneladas de guantes de látex para teclear cualquier máquina, como si estuviéramos comprando la fruta en el supermercado. Aunque no hay nada como ver la cara de las visitas, que es presentarles la mano enguantada en celofán al saludarlos para que nos miren escépticos y reticentes, sobre todo cuando, en vez de invitarles a un café, les ofrecemos el dispensador de gel para que se laven desde el bigote hasta la suela de los zapatos, no vaya a ser que se lleven lo que no trajeron, y luego nos pidan cuentas.

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