martes , 21 enero 2020
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‘Decamerón’, de Giovanni Boccaccio: “Just do it”.

Cuando entramos en la sala ya encontramos sobre el escenario a tres jóvenes con atuendo estrafalario -estética entre punk y paramilitar, cananas y revolver incluido- arrojando despreocupadamente dardos sobre una diana.  El recinto, vulgo leonera, en el que se hallan presuntamente matando el tiempo, parece ser la habitación común de una casa okupa con los muros profusamente decorados con pinturas murales (que recuerdan a ilustraciones del Infierno de Dante) y con una variopinta y caótica iconografía a base de grafitis entre los que destaca el eslogan: “Just do it” (simplemente hazlo), conocido reclamo publicitario convertido en emblema de esa extendida falacia de que todo es posible, para todos, sin esfuerzo, bajo cualquier circunstancia y de manera inmediata. Esta apabullante explosión de contracultura se completa con la exhibición de un póster publicitario de la película Saló o las 120 jornadas de Sodoma, de Pasolini y de sendas reproducciones de unas tablas de Boticelli que representan las visiones de Nostagio degli Onesti, protagonista de una de las historias más crueles del Decamerón.

Este es el aspecto del “bunker” donde se refugian los personajes de la obra que comentamos, grotesco remedo de la villa florentina en la que se refugiaron las siete damas y los tres jóvenes protagonistas de El Decamerón para entretener el tiempo relatando historias durante la peste de 1340 en Italia. Y es que estas víctimas del progreso y la civilización  -la nueva peste del siglo XXI- parecen haber elegido precisamente esta obra de Boccaccio como guía o vademecum para conducirse en los momentos de inseguridad, incertidumbre y desesperanza en que están sumidos y para tratar de conjurar su profunda decepción con el corrupto sistema de valores heredado, al que identifican con una nueva “plaga”: una sociedad hipócrita, violenta, insensible, carente de asideros morales, en la que, como dice uno de ellos “todo lo que era sólido se desmorona y donde la escoria ha sido elevada a la categoría de ídolos”. Es, de nuevo, el consabido grito de rebeldía juvenil, una crítica furibunda contra todo y contra todos, encajada a la fuerza dentro de un contexto narrativo previo que termina por imponer su propia dinámica y fagocitar los tímidos intentos de satirizar el marco ideológico y los patrones de conducta de la sociedad actual que sitúan en su punto de mira.

Tras una breve introducción para contextualizar su fuente de inspiración inician su recorrido fustigando el extendido vicio de la mitomanía. Para ello se sirven del relato del señor Ceparello, paradigma del hombre malvado en vida, pero que consigue engañar a su confesor y después de morir es elevado a los altares y venerado por el pueblo como san Chiappelletto. Esa misma atmósfera de comicidad desbordante que destila toda la obra impregna la siguiente historia sobre la lujuria, el relato de las peripecias de la joven Alibech que buscando la forma de mejor servir a Dios y tras mucho trajinar por montes y desiertos vendrá a hacerse ermitaña y seguir las enseñanzas de Rustico, un virtuoso eremita que la toma bajo su protección. Pernoctando junto a ella en su cueva, bien juntos para quitarse el frío, el casto varón siente la llamada urgente de la concupiscencia y termina por encontrar un ingenioso modo de satisfacerla sin despertar las suspicacias de la joven catecúmena. Y no sé si es más ingeniosa la estratagema de Rústico  que el original artificio diseñado por los actores para simular los sucesivos y fogosos encuentros carnales del lujurioso eremita y la inocente doncella.

Los conflictos sin cuento que envenenan una relación paterno filial ante el caso de un progenitor autoritario e intransigente se abordan al hilo de relato de Tancredo, príncipe de Salerno que para limpiar el honor de la familia mata al joven amante de su hija Ghismunda y le envía, como escarmiento, el corazón en una copa de oro. En venganza ella se suicida con un bebedizo dejando a su padre apesadumbrado y confuso. La pulsión de suicidio, en fin, que con tanta frecuencia ronda por la cabeza de muchos adolescentes es el leit motiv de otro de los pasajes, sin duda el relato más triste de los que integran esta breve selección que el montaje desarrolla y toma la forma de esa recurrente y cruel pesadilla que obsesiona a Nostagio degli Onesti, el joven que rechazado por su amada noche tras noche en las horas de insomnio padece las horribles visiones de de una hermosa dama desnuda en medio del bosque perseguida por perros y por un jinete que la hiere una y otra vez con su lanza hasta matarla para que resucite de nuevo y el suplicio continúe.

No apto para puristas, en conjunto el montaje conserva ese tono desenfadado, trasgresor  y un punto moralizante del original y se sigue con interés. Los relatos seleccionados son de los más conocidos y celebrados del libro original. Dichas historias convenientemente aderezadas con glosas y añadidos de cosecha propia constituyen un corpus textual un tanto farragoso y heterogéneo pero sobre el que Josete Corral y su joven elenco van posando una mirada irreverente y desacomplejada mientras  desenmascaran con innegable oficio y gracejo un montón de tópicos del credo progre y de postulados, prejuicios y “mandamientos” del sistema de valores imperante, operación que el público agradeció y aplaudió con entusiasmo.

Gordon Craig, 8-XII-2019

Ficha técnico artística:

Autor: Giovani Boccaccio

Versión de Josete Corral

Con: Manuel Pico, Marc Servera y Belén Landaluce

Escenografía e iluminación: Víctor Longás

Dirección: Josete Corral

Alcalá de Henares. Corral de Comedias.

6 y 7 de diciembre de 2019.

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