Ha definido Albert Boadella el humor como la forma más civilizada para expresar la tragedia, y lo ha caracterizado como una suerte de higiene mental, de remedio universal, contra el fanatismo y la intolerancia. Consecuente con estos planteamientos, este enfant terrible de nuestra escena, incorregible bufón -e imprescindible, ante la ausencia de relevo generacional- de nuestra contemporánea corte de los milagros monclovita, nos proporciona en el espectáculo que comentamos una buena dosis de aquel antídoto para combatir la epidemia de cretinismo que nos invade y que amenaza con debilitar nuestras defensas frente embaucadores y farsantes, y, en particular, frente a las diversas y continuas mutaciones del virus del “progresismo”.
Chirinos, Chanfalla y Rabelín, cómicos de la lengua, llegan a una villa indeterminada decididos a ganarse unos maravedíes a costa de la papanatería de las más ilustres personas del lugar. Amparándose en la obsesión por el linaje y la pureza de sangre que emponzoñó durante varias centurias la convivencia entre los engreídos habitantes de este malhadado solar patrio, urden una burla consistente en organizar una representación de títeres sirviéndose de un fantástico retablillo, industria del sabio Tontonelo y poseedor, al parecer, de poderes maravillosos, tal que sus imágenes sólo podrían ser contempladas por quienes pudieran acreditar patente de cristianos viejos.
Partiendo de este disparatado e hilarante entremés cervantino, recreado de forma muy libre en clave de Comedia Dell’Arte, Boadella idea una continuación, no menos ingeniosa que la del proyecto originario de Cervantes. Los duques de Daganzo, a la sazón anfitriones de los cómicos, han quedado confusos y chasqueados porque esos poderes mágicos no tienen efecto en su vástago, el oligofrénico, tarambana y estreñido José María de Daganzo (metamorfoseado, después, en una sucesión de ilustres “Josemaris”). Para satisfacer su curiosidad, presionan a Chanfállez y a Arlequino para que sigan extrayendo imágenes del dichoso retablo, y así es como vienen a conocer no sin sorpresa lo que les depara el futuro: una verdadera colección de despropósitos ante los que se sentiría escandalizado aun el más zafio de sus súbditos.
Y su futuro no es sino nuestro presente, al que nos transporta el magín de Arlequino convenientemente estimulado por toda clase de alucinógenos. Y la superchería continúa, aunque revestida de nuevas formas. Charlatanes de nuevo cuño ha venido a sumarse al antiguo tinglado de los cómicos para hacer burla y chacota de quienes se dejan engañar a tragan con ruedas de molino antes de ser tildados de reaccionarios o directamente de fachas. Ahora adoptan sucesivamente la fisonomía de un de un asesor artístico posmoderno que vende por verdadera obra de creación al museo de arte “Reina Leticia” cualquier nadería de arte conceptual que hay que imaginar –naturalmente-, como ocurría otrora con las imágenes del retablo de Tontonelo; la de un eximio pope de la moderna “cocina creativa” que lleva a su carísimo comedor a una punta de incautos sacados de las colas del hambre para invitarles a un suculento festín a base de aromas exóticos encerrados en pompas de jabón; o la de una ONG nominada como “Flash Back” llamada a proporcionar, previo un estipendio convenido, unos minutos de conversación con el supuesto guía espiritual de la organización, un revival del fundador y factótum del Opus Dei, monseñor José María Escrivá de Balaguer. Y es que la traslocación de géneros, el buenismo acrítico, el feminismo exacerbado o el antiespecismo tramontano parecen necesitar de las viejas recetas morales para calmar su ansiedad o apaciguar sus conciencias. ¡Cosas veremos!
Quizá se echa de menos entre esta nómina de impostores -más allá de la meras alusiones a un tal Urtasun, conserje de museo o a la mujer del “coletas”, que el auditorio recibe alborozado- la figura más explícita del político infatuado, venal y sin escrúpulos que para continuar subido en el machito no duda en alentar a sus ignorantes y estúpidos votantes con la falsa mitología del progreso, la más burda, la más tópica y la más falaz de las imposturas.
El montaje está sustentado antes que nada en una sólida labor de dramaturgia; la permanencia de Arlequino en cada una de las “variaciones” en que se desarrolla el tema principal ya bastaría por sí sola para conferir unidad a la pieza, pero la verdadera originalidad de la misma, lo que convierte una mera habilidad constructiva en auténtica genialidad son las metamorfosis del bobo del primitivo –adaptado- relato cervantino a lo largo de los sucesivos episodios, de manera que, la singularidad de cada uno de los personajes se va impregnando sucesivamente de la sustancia de los anteriores en una magistral síntesis creativa, me atrevería a decir, que sin precedentes en la escena española actual. Un alarde de sensibilidad escénica al que sólo puede dar forma artística un actor con la talla, la experiencia y las facultades para el juego dramático que posee Ramón Fonserè que hace un trabajo antológico. El resto del elenco está también a un nivel altísimo de actuación, y representan con el mismo gracejo y desparpajo a personajes anónimos de la variopinta fauna urbana, egocéntrica e idiotizada, a quienes parodian con singular maestría ofreciendo a los espectadores múltiples oportunidades para el regocijo y la carcajada.
Gordon Craig. 13-IX-2026.
Ficha técnico artística:
Dramaturgia de Albert Boadella y Ramón Fontseré a partir de la obra homónima de Miguel de Cervantes.
Con: Ramón Fonserè, Dolors Tuneu, Pilar Sáenz, Javier Villena, Bruno López-Linares, Rafa Blanca y Pep Muñoz.
Compañía Els Joglars.
Espacio escénico: Joana Martí.
Diseño de vestuario: Pilar Sáez.
Diseño de iluminación: Bernat Jansá.
Música y espacio sonoro: Xevi Capdevila.
Dirección: Albert Boadella.
Madrid. Teatro Fernán Gómez, Centro Cultural de la Villa.
13 de septiembre de 2026.
En escena del 4 al 27 de septiembre de 2026.
El Heraldo del Henares


