miércoles , 30 septiembre 2020

‘Los Persas’, de Esquilo: «El pecado de soberbia»

Podríamos tipificar a los clásicos como “la literatura permanente” -según frase de Schopenhauer-, en contraste con las lecturas de uso cotidiano y efímero. García Gual apostilla que son precisamente los autores clásicos “quienes han dejado en sus textos de larga tradición las palabras de mayor fuerza poética y los mensajes más perdurables en historias siempre abiertas a nuestras preguntas y reinterpretaciones”. En el dominio del teatro -por no salirnos del ámbito de interés de esta columna- la tragedia Áticaconstituye quizá la más consumada manifestación de ese clasicismo literario. Y si en condiciones de vida normales volvemos una y otra vez a estos autores, para disfrutar de la belleza de sus versos y de la sabiduría profunda que esconde su magisterio, no parece inoportuno, dada la magnitud de la catástrofe que estamos viviendo, con sus secuelas de incertidumbre, muerte y desolación, que volvamos la mirada a la obra de alguno de estos autores, no sólo en busca de goce estético y de solaz para nuestro espíritu sino por lo que tienen dichos autores de intérpretes privilegiados de la condición humana, enfrentada, en muchas ocasiones, a un destino trágico ineluctable.

Busto de Esquilo en marfil

Y vamos a recalar en Los persas, debida a la pluma de Esquilo y estrenada en el año 472 a.C., precisamente la obra de teatro más antigua de las que se han conservado. Más allá de la portentosa imaginación creadora del autor o de las novedades formales (con esta pieza Esquilo dio un paso de gigante para el desarrollo de la tragedia clásica: introdujo un segundo actor y restringió las partes del coro confiriendo mayor relevancia a la palabra hablada) la obra nos atrapa por su verismo y por su fuerza de convicción. Basada en un hecho real, la batalla de Salamina (480 a.C.) que libraron los atenienses en defensa de su libertad contra el ejército invasor de los persas y en la que participó el propio Esquilo, esta obra nos traslada al escenario apocalíptico de la derrota y del exterminio de un ejército supuestamente invencible, a las horas solemnes y cruciales de un pueblo que tiene que aceptar esa derrota, analizar sus causas, repartir culpas y asumir responsabilidades.

La obra se desarrolla en la ciudad de Susa, capital de Persia, frente al palacio real de Darío iniciándose con la entrada del coro formado por consejeros. En su canto se muestra la fortaleza del ejército persa unida a la preocupación por la suerte que van a correr los expedicionarios:

 ESTROFA 2.ª-  Se refleja en sus ojos la fúlgida mirada de sanguinaria sierpe; con sus miles de brazos y sus mil marineros, y tirando su carro, forjado en tierra siria, contra ilustres guerreros, que picas enarbolan. (…).

ANTÍSTROFA 3.ª-  Pero más tarde aprendieron del ancho mar, que al empuje del impetuoso huracán de canas se llena, el prado marinero a contemplar, fiados en frágiles jarcias y en ingenios que transportan.

ESTROFA 4.ª-  Por eso mi corazón hoy enlutado, rebosa de temor («¡Oh, hueste persa!») de que la grande ciudad de Susa que está sin hombres escuche este grito infausto.

Al coro sigue la intervención de la reina madre Atosa, que también expresa su preocupación:

REINA.-  Por ello abandonando mi dorado palacio y el tálamo que un día compartí con Darío, aquí he venido. Que a mí también me roe el alma la angustia.

Resulta sobre todo estremecedor, por lo que tiene de premonitorio, el relato de su sueño de las dos mujeres que su hijo Jerjes quiso uncir a su carro. En él se condensa la zozobra que agita a todos los presentes hasta que la llegada del Mensajero, que precede a los restos del derrotado ejército, trae la noticia de la catástrofe, un castigo infligido a partes iguales por el ejército ateniense y por los dioses encolerizados:

MENSAJERO.- ¡Ciudades todas de la tierra de Asia, oh pueblo persa, puerto de riqueza! De un solo golpe ha sido destruida nuestra prosperidad. ¡La flor de Persia aniquilada! ¡Oh Dios, es cosa mala antes que nada anunciar desgracias! Mas es fuerza explicar todo el suceso, persas: ¡Todo el ejército se ha hundido!

Los Persas, obra de Esquilo

Tras un pormenorizado relato de la calamidad, al que la reina asiste con interés y con angustia creciente, viene el hondo y largo lamento del coro de ancianos y la exhortación de Atosa para que dirijan sus cantos a los muertos y conjuren el alma del difunto Darío, el rey a cuyo nombre viene vinculada la grandeza del imperio, a que salga de la tumba para revelar el sentido de lo sucedido. La obra culmina con la vuelta de Jerjes, vencido y avergonzado porque no acepta que fueron su orgullo y su prepotencia los que condujeron la expedición a ese fatal desenlace.

Es en estos últimos compases, donde la pieza revela su intenso dramatismo y el profundo sentido que encierra sobre la culpa y el castigo de los dioses. Pero escuchemos las palabras de los protagonistas. He aquí al Coro invocando a los dioses infernales:

CORO.-  Reina y Señora, orgullo de los persas, envía libaciones a las cuevas de abajo, que nosotros con himnos pediremos a los guías de los muertos que nos sean propicios bajo tierra. Mas, ea, sacrosantos, infernales númenes, Tierra, y Hermes, y tú, rey de los muertos, envía desde el fondo, hacia la luz, esta alma. Si conoce un remedio a nuestras penas puede, él tan solo de entre los mortales, decirnos su final.

Y el fantasma de Darío:

SOMBRA DE DARÍO.-  Fieles entre los fieles, camaradas, ancianos persas, ¿qué le ocurre a Persia? Gime, se hiere el pecho, se abre el suelo. Y al ver junto a mi túmulo a mi esposa, temo, y con gusto acojo sus ofrendas. Mas vosotros, de pie, junto a mi tumba entonáis cantos lúgubres; con gritos que de la tumba llaman a los muertos, me conjuráis de un modo lastimero. (…) ¿Qué nuevo mal gravita sobre Persia?

Y más adelante una vez que ha sido puesto al día de la tragedia en un trepidante intercambio de réplicas con la reina, expresa así su honda conmoción:

SOMBRA.- ¡Ah! ¡Cuán presto se han cumplido aquellos vaticinios! De mi hijo en las espaldas Zeus cargó el cumplimiento. ¡Y yo que confiaba en que los dioses iban a retrasar su efecto! Más cuando el hombre corre desalentado a su destino hasta el cielo se junta con él y le ayuda a despeñarse.

Mi hijo, en su ignorancia, con juvenil arrojo la empresa ha realizado: ¡creer que con cadenas el Helesponto sacro, cual si fuera un esclavo, el Bosforo, corriente de un dios, parar podría, y cambiar su curso, y que, unciendo su nuca con grillos bien forjados a golpe de martillo, tendría expedita la ruta para su ingente hueste! ¡Mortal era y creía —en su vana locura y orgullo— sobre los dioses todos obtener la victoria, Posidón incluido! ¿No es verdad que mi hijo tiene la mente enferma?

Terribles y clarificadoras las palabras de la aparición de Darío: la expedición de Jerjes contra la Hélade, durante la cual se encadenó simbólicamente el Helesponto, no es sino una manifestación de la hybris, el pecado de arrogancia y orgullo de los mortales detestado y castigado severamente por los dioses; la culpa, que le sobreviene siempre al hombre bajo la forma de un destino, pero que no por ello le exime de responsabilidad, porque es él mismo, presa de su terrible obcecación (Ate) quien corre hacia el precipicio. Pero eso ya lo había anticipado el coro en una de sus premonitorias intervenciones al inicio de la obra:

            MESODO.-  Más del artero engaño de los dioses ¿Quién escapar consigue? ¿Quién con su pié ligero, podrá escapar en salto afortunado? Pues amable, con su halago, Ate atrae hacia sus redes al mortal, de donde al hombre nunca le será posible dar un salto y evadirse.

            ¡Qué magistral conocimiento de la naturaleza humana! ¿Habremos aprendido algo tras veinticinco siglos de magisterio de los trágicos griegos? Cuando uno echa un vistazo a su alrededor y comprueba el desdén, la autosuficiencia y la soberbia del gobierno en la gestión de esta verdadera catástrofe; cuando descubre que la única estrategia para llegar a un acuerdo con el resto de fuerzas políticas para afrontar juntos la lucha contra la pandemia se sustenta en la lógica diabólica del  “o yo el caos”, mucho nos tememos que la respuesta a dicha pregunta sea negativa. Echémonos a temblar.

Gordon Craig, 14-IV-2020

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