miércoles , 19 diciembre 2018
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The Enormous Room, de Stopgap Dance Company

 “… Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

  Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella”.

Traigo a colación estos versos de Neruda porque traducen, mejor que cualquier otra expresión aplicable, la situación de absoluto desamparo y desolación que trasmiten los protagonistas de la obra que comentamos. El vacío cósmico como metáfora de ese inmenso salón con que se inicia la obra, cuya plétora de muebles de distintas épocas y procedencias amontonados en caótico desorden es incapaz de colmar el vacío creado por la desaparición de un ser querido.

Y es que The enormous room versa precisamente sobre la difícil y a veces traumática asunción de una pérdida. Un padre y su hija tienen que reajustar su vida y su compleja relación tras el doloroso trance de la muerte repentina de Jackie, mujer y madre respectivamente de Dave y Sam.

No se trata, en todo caso, de una representación al uso. Teatro físico, a fin de cuentas, sirviéndose ocasionalmente del lenguaje hablado -en un soliloquio de un verismo espeluznante en el que Dave relata con crudeza extrema los detalles del accidente y el fallecimiento de Jackie-, la fuerza del espectáculo radica sobre todo en el poder evocador de la danza y del movimiento; en una corporalidad exhibida en toda su intensidad y potencial gestual, acrecentado, si cabe, por la presencia en escena de lo que Hans-Thies Lemann denomina “the deviant body”, los cuerpos de actores discapacitados afectados de parálisis, malformaciones o otras graves “deficiencias” físicas, integrados plenamente -hay que apresurase a decirlo- con el resto de miembros de la compañía, componiendo dúos, tríos y otras combinaciones grupales propias de la danza moderna y siguiendo patrones de movimiento abstracto que ésta ha desarrollado.

El espectáculo se inicia con Dave, abatido, silente y absorto ante las imágenes de un televisor mientras el espectro de la esposa y madre vaga por entre los muebles amontonados. Objetos olvidados en los cajones, una taza de té, el sonido de la radio, … todo recuerda a la mujer amada. Luego viene el crudo, pormenorizado y estremecedor relato del aciago accidente y la proeza casi acrobática de Tom para acercarse a la ventana de Sam, y los coqueteos de ambos que culminan con un “fundido” a la evocación de momentos felices: Dave y Jackie se enamoran bajo las luces de neón y el fragor del sonido de una discoteca bailando la ruidosa música de los 80; el día a día, los encuentros en la intimidad, las aproximaciones, los escarceos, las caricias, … y todo termina con la fantasmal irrupción en escena Chok, una especie de genio maligno cuya carcajada sarcástica resuena por todo el escenario como una mueca macabra del destino cruel de los protagonistas.

Pero no siempre es fácil reconocer los elementos del argumento de la obra bajo el impacto estético del conjunto -luz, sonido, gestualidad y movimiento plenamente imbricados en una totalidad expresiva de enorme calidad artística- sobre todo en la segunda parte del espectáculo, más volcado en la danza propiamente dicha, menos experimental, más fluida, a la que toda la compañía, incluido Chok en su silla de ruedas, se entregan con un creciente ímpetu y entusiasmo, y que el espectador disfruta con verdadera fruición, hasta ese final sobrecogedor y de altísimo vuelo poético en el que padre e hija, parecen haber cedido definitivamente la impulso de “dejar marchar” a Jakie y encuentran la paz, la calma y la reconciliación en un tierno abrazo, mirando a las estrellas bajo una luz espectral que inunda la escena.

De “teatro inclusivo”, tildan algunos críticos el trabajo de Stopgap Dance Company y creo que en este espectáculo consiguen su objetivo: la implicación afectiva a través de los cuerpos entre bailarines con y sin discapacidad para conseguir que el público, a su vez, vaya cambiando su percepción sobre lo diferente y asuma una mirada más indulgente y comprensiva hacia los otros. No me queda sino felicitarlos por su espléndido trabajo.

Gordon Craig

Ficha técnico artística:

Dirección artística y coreográfica: Lucy Bennett.

Una pieza ideada e interpretada por: David Tool, Hannah Sampson, Amy Buttler, Elia López, Christian Brinklow y Nadenh Poan.

Diseño de vestuario y escenografía: Anna Jones.

Diseño de iluminación: Chahine Yavrovan.

Compositor: Dougie Evans.

XXXVI Festival de Otoño de la Comunidad de Madrid.

Madrid. Teatros del Canal..

1 de diciembre de 2018.

Acerca de Gordon Craig

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