Queridos hermanos en el Señor: Os deseo gracia y paz.
Nos alegra la presencia del Papa en su viaje apostólico. Desde el primer momento en que recibimos algunas noticias que fueron posteriormente confirmadas, hemos orado dando gracias al Señor por tan singular acontecimiento.
Un significativo grupo de personas nos desplazamos desde nuestra diócesis para ver y escuchar a León XIV. Los preparativos se han ido consolidando jornada tras jornada. La emoción ha ido creciendo conforme pasaban los días. Ahora hemos de aprovechar cada hora, cada minuto, cada palabra, cada gesto y cada silencio.
Llevamos en el corazón las intenciones de quienes no nos pueden acompañar, sus ilusiones, sus anhelos, sus súplicas y sus inquietudes. Los medios de comunicación social darán cuenta de las principales etapas de los eventos presididos por el Papa y recogerán miles de anécdotas y multitud de detalles.
Se verán en las pantallas los rostros de personas alegres, que expresan con libertad, gratitud y afecto sus sentimientos. Se escribirán crónicas en las que cada cual manifestará el sentido personal de su presencia y el significado de su peculiar experiencia.
Necesitamos reforzar nuestra vivencia eclesial, sumergirnos en un mar de alegría, sentir la acción vivificante del Espíritu Santo, experimentar la renovación interior y el impulso de la misión.
Deseamos manifestar públicamente nuestra adhesión a León XIV. Nos sentimos miembros de la gran familia de la Iglesia. Somos amados, elegidos y enviados para comunicar a Jesucristo vivo en la historia. El testimonio de nuestra fe, el hecho de compartir la esperanza y el dinamismo de la caridad activa nos llevan al encuentro con quienes más sufren y reciben menos consideración.
Oiremos palabras de vida eterna, las mismas palabras pronunciadas por Jesucristo, que llegan hasta nosotros con transparente novedad. Palabras que han resonado a lo largo de los siglos y han producido abundantes frutos de santidad. Palabras que contendrán un “aquí y ahora” para cada persona.
El Papa nos dejará un mensaje que hemos de recibir con agradecimiento, meditar con atención y vivir cotidianamente. Se producirá una transformación en nuestro interior y en nuestro modo de pensar, de creer, de esperar, de orar, de amar y de convivir.
León XIV ha escrito recientemente: “Con la misma fe de María, convirtámonos en tejedores de esperanza en nuestro mundo, compartiendo lo que somos y lo que tenemos, para que la presencia de Jesús crezca entre nosotros y su Reino tome forma” (Magnifica humanitas, 245).
Recibid mi cordial saludo y mi bendición.
Julián Ruiz Martorell, obispo de Sigüenza-Guadalajara
NOTA DE LA REDACCIÓN: EL HERALDO DEL HENARES acepta el envío de cartas y artículos de opinión para ser publicados en el diario, sin que comparta necesariamente el contenido de las opiniones ajenas, que son responsabilidad única de su autor, por lo que las mismas no son corregidas ni apostilladas.
EL HERALDO DEL HENARES se reserva la posibilidad de rechazar dichos textos cuando no cumplan unos requisitos mínimos de respeto a los demás lectores o contravengan las leyes vigentes.
El Heraldo del Henares

