miércoles , 20 mayo 2026

Carta de Miguel Óscar Aparicio de Lucas, alcalde de Azuqueca: ‘Valentín Pérez, ‘El Chuli’ y los hombres que enseñaron a Castilla a seguir cantando’

Miguel Óscar Aparicio

Hay hombres que no necesitan monumentos porque su obra permanece viva en la memoria de la gente. Hombres que dedican la vida entera a cuidar aquello que no se puede tocar, pero cuya pérdida dejaría un vacío irreparable: las raíces, la identidad, el alma de un pueblo. Valentín Pérez pertenece a esa estirpe silenciosa y necesaria. Y junto a él, sus hijos y Jesús de la Cruz, “El Chuli, forman parte de esa pequeña resistencia cultural que ha conseguido que el folclore castellano siga latiendo en nuestros pueblos como un corazón antiguo que se niega a apagarse.

Porque el folclore castellano no es solamente música. Es una manera de entender la vida. Es la dignidad humilde de las plazas de los pueblos, el eco de las voces al caer la tarde, el sonido de la dulzaina atravesando generaciones enteras. Es la memoria colectiva hecha canción.

Y en esa memoria aparece inevitablemente la Ronda de Azuqueca, de la que Valentín Pérez fue maestro y alma imprescindible. Bajo su dirección, la ronda se convirtió en mucho más que un grupo musical: fue refugio de tradiciones, escuela de convivencia y puente entre generaciones. Gracias a su trabajo paciente y apasionado, muchos jóvenes aprendieron no solo a cantar una jota o a seguir el ritmo de una ronda, sino a amar una tierra y comprender la belleza de aquello que heredaron de sus mayores.

Después de Valentín llegó Tinín, que durante tres años tomó el relevo con la responsabilidad de quien sabe que no está sosteniendo únicamente canciones, sino una parte entera de la memoria colectiva de su pueblo. Y tras él, su hermano Diego, que durante los últimos veinte años ha continuado esa labor callada y admirable de mantener viva la ronda y transmitir el folclore castellano generación tras generación.

Así, la historia de la ronda termina convirtiéndose también en la historia de una familia entregada durante décadas a preservar el alma popular de Castilla. Una cadena humana donde cada generación recoge la antorcha de la anterior para impedir que la música de los pueblos se apague en el silencio del tiempo.

Porque Valentín no enseñó únicamente música popular. Enseñó pertenencia.

Y como si el destino quisiera demostrar que la cultura también puede unir territorios y personas, la Ronda de Atanzón encontró igualmente en él a su maestro. Entre las piedras antiguas de Atanzón y las calles vivas de Azuqueca comenzó a tejerse algo más profundo que una colaboración cultural: nació un hermanamiento sincero entre dos pueblos unidos por la música, la tradición y el afecto mutuo.

Ese vínculo entre Azuqueca y Atanzón no surgió desde los despachos ni desde los protocolos oficiales. Nació desde abajo, desde la emoción sencilla de compartir canciones, encuentros y raíces comunes. Nació alrededor de una ronda, de una plaza y de hombres capaces de comprender que las tradiciones sirven también para acercar corazones.

Y en ese camino aparece igualmente la figura entrañable de Jesús de la Cruz, “El Chuli”, uno de esos hombres que parecen salidos de las propias canciones castellanas. Hay en él algo profundamente auténtico: la humildad de quien jamás buscó protagonismo y, precisamente por eso, terminó siendo imprescindible. Su nombre pertenece ya a esa memoria oral que no necesita libros para sobrevivir, porque vive en el cariño de la gente.

Jesús de la Cruz y Diego Pérez

Cuando Valentín Pérez, Tinín, Diego y “El Chuli” se reúnen alrededor del folclore, no solo interpretan música popular. Resucitan una Castilla entera. En sus canciones vuelven los inviernos junto a la lumbre, las fiestas patronales, las madrugadas de ronda y los abrazos de generaciones que entendieron que cantar juntos era también una manera de resistir al olvido.

En tiempos donde todo parece rápido, superficial y efímero, ellos representan algo extraordinariamente valioso: la permanencia. La fidelidad a las raíces. La certeza de que un pueblo que conserva su música jamás pierde del todo su identidad.

Quizá por eso emocionan tanto. Porque mientras exista alguien capaz de enseñar una jota a un niño, de mantener viva una ronda o de hermanar pueblos a través de la cultura popular, Castilla seguirá teniendo voz propia bajo el cielo inmenso de sus campos.

Y hombres como Valentín Pérez, Tinín, Diego y “El Chuli” seguirán siendo, aunque nunca lo pidan, guardianes de esa voz eterna.

Miguel Óscar Aparicio de Lucas, alcalde de Azuqueca de Henares

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