sábado , 17 noviembre 2018
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Comedia Aquilana, de Bartolomé Torres Naharro

“… Porque el encendido amor

       dizque peor es urgalle.”

15 años lleva ya Ana Zamora con su compañía Nao d’amores buceando en el riquísimo acervo del teatro tardomedieval y renacentista castellano y dando a conocer unas obras que a duras penas conseguían abrirse paso en nuestra cartelera, llevando a cabo una tarea impagable -como ya hemos escrito en otras ocasiones- de recuperación de una riquísima tradición cultural sin cuyo concurso no podrían explicarse cabalmente ni los patrones formales en los que llegaría a codificarse nuestro teatro áureo del setecientos ni el enorme desarrollo que experimentó la literatura dramática en manos de figuras cimeras como Lope, Tirso o Calderón.

Tras su primera y, cabe decir, providencial incursión, en el 2003, con el precioso montaje de El auto de la Sibila Casandra de Gil Vicente, la directora ha visitado en dos ocasiones más al dramaturgo portugués y ha representado obras de Juan del Encina y de Lucas Fernández. Con esta puesta en escena de la Comedia Aquilana, de Torres Naharro, coproducida con la CNTC para celebrar la efemérides de la primera edición de la Propalladia, puede decirse que ha completado su periplo por lo más granado de la autoría teatral prerrenacentista, dicho sea de paso, con rotundo acierto.

De menor refinamiento que las obras de Juan del Enzina y Gil Vicente, cuya vida se desarrolló en un ambiente aristocrático y cortesano, y con un lenguaje a veces más tosco e irreverente, en la obra de Torres Naharro adquieren un mayor grado de desarrollo la intriga y los personajes, en particular cobran relevancia la pareja criado/criada como contrapunto de las relaciones de sus amos así como la presencia del “gracioso”, no a la manera de un bobo encarnado en pastores lenguaraces y chocarreros, sino como un verdadero antihéroe interesado y egoísta. Verbigracia, el personaje de Faceto, criado de Aquilano, en la comedia que comentamos. Los soliloquios del rey Bermudo quejándose de la adversa Fortuna, del enamorado sin esperanza Aquilano o de la despechada Felicina son un espléndido anticipo por su grado de perfección formal y de hondura psicológica de los monólogos en los que manifestarán sus cuitas, lamentos y cogitaciones los mejores personajes de las comedias de Lope o Calderón. Y lo mismo puede decirse del atinado desarrollo de algunos recursos humorísticos, como los equívocos en la lectura de la carta de Felicina en la jornada primera, o de la sutileza de los diálogos de amo y criado a costa del modo más derecho de conquistar el amor de Felicina y más, si cabe, los de la propia Felicina con su criada Dileta, acerca de los límites de la decencia para preservar la honra frente al irrefrenable impulso erótico -de raíz ya netamente renacentista- que la arrebata.

La historia desarrolla el motivo de la utilización del disfraz para ocultar la verdadera identidad del personaje y reúne todos los ingredientes de la comedia romántica. Tras un primer encuentro con la princesa Felicina, hija del rey Bermudo, Aquilano queda prendado de ella y concierta una nueva cita. En su segundo encuentro nocturno, este vehemente amador, émulo de Calixto, cae al jardín quedando maltrecho bajo un manzano, donde es descubierto por los rústicos hortelanos Dandario y Galterio. Los médicos de palacio acuden a socorrerlo por orden del rey, pero será un anciano del lugar quien mediante una ingeniosa argucia -y en una de las escenas más hilarantes y mejor resueltas del montaje- dictamine cual es el verdadero mal que aqueja al desdichado amante. Mientras, Felicina, angustiada por lo sucedido intenta sin éxito quitarse la vida colgándose de la rama de un árbol. Descubierta la verdadera identidad de Aquilano todo acaba en abrazos y parabienes.

Torres Naharro desarrolló gran parte de su formación como dramaturgo y de su actividad teatral en Italia, y el montaje, fruto como siempre, de una rigurosa investigación en las fuentes literarias, historiográficas así como en las relativas a la puesta en escena y a las técnicas de interpretación nos da una visión del texto que acusa la influencia de una incipiente Comedia del arte italiana. La escenografía reproduce a gran escala la embocadura de un teatrillo de marionetas; de dos bastidores laterales móviles penden sendos cortinones con exuberantes estampados multicolor de motivos frutales a juego con el vestuario y los tocados de las damas, galanes y criados. La proyección de luz sobre los tejidos con sus intensidad y tonalidades cambiantes sume la escena en una atmósfera de irrealidad y traslada al espectador a un entorno de cuentos de hadas o de fiesta galante. La singularísima y exótica ambientación se completa con el sonido de la música en directo con instrumentos de época. Pavanas, madrigales, romances, en magníficos arreglos de Alicia Lázaro, jalonan la representación, potenciando determinados estados emocionales de los personajes, acentuando el tono en general humorístico y paródico que la directora imprime al espectáculo y llenando con aires populares y cortesanos los breves interludios entre las diferentes jornadas resultando un conjunto de una extraordinaria belleza plástica y sensorial.

El elenco al completo hace una labor espléndida. Rivalizan su esforzado trabajo de expresividad corporal y gestual con una dicción clara y fluida del verso corto castellano, que incorporan con total naturalidad pese a lo arcaico del lenguaje, y respetando siempre el tono jocoserio al que nos hemos referido antes. En fin, una enriquecedora, exquisita y delicada experiencia estética.

Gordon Craig, 29-VI-2018.

Ficha técnico artística:

Autor; Bartolomé Torres Naharro.

Con: María Besant, Javier Carramiñana, Juan Meseguer, Belén Nieto, Alejandro Saá, María Alejandra Saturno e Isabel Zamora

Escenografía: Ricardo Vergne.

Iluminación: Miguel Ángel Camacho.

Dirección Musical: Alicia Lázaro.

Versión y Dirección:  Ana Zamora.

Alcalá de Henares. XVIII Festival de las Artes Escénicas

Teatro Salón Cervantes. 28 de junio de 2018

Acerca de Gordon Craig

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