martes , 23 julio 2019
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“Pasión (Farsa trágica)”, de Agustín García Calvo: «El poder como sacerdocio»

Poco se conoce del teatro de Agustín García Calvo (Zamora 1926-2012), figura singularísima en el panorama literario español contemporáneo. Filólogo, poeta, ensayista, traductor, gramático, pensador, irreductible defensor de la causa de la libertad (fue desposeído, junto a Tierno Galván, J. L. Aranguren y otros de su cátedra de la Universidad Complutense por alinearse con las protestas estudiantiles en 1965) y tan lúcido como furibundo crítico de los mecanismo de manipulación ideológica que contribuyen a mantener el orden social dominante, es quizá su faceta de dramaturgo la menos conocida de su copiosa obra.

Apenas iniciada su andadura, en el año 2000, el teatro de la Abadía, con el elenco al completo de la primera hornada de actores salidos de su sala de máquinas y bajo la dirección de José Luis Gómez estrenó Baraja del Rey don Pedro (por cierto, un montaje espléndido al que tuve la fortuna de asistir); en 2012 en La Guindalera se presentó Todas a la una, un trabajo de Ester Bellver sobre textos varios del autor. Eso es todo. Ahora (tras un intento fallido en 2006) la misma Ester Bellver presenta en la sala Francisco Nieva del Valle-Inclán Pasión un trabajo en el que el eximio autor zamorano parodia despiadadamente a las diversas instancias del poder establecido, las fuerzas del orden, los altos cargos de las instituciones y sus turiferarios de la prensa.

Asimismo, a través de lo que el teatro tiene de “mentira”, de representación, (en la obra los intérpretes son “actores” y “personajes” alternativamente, delimitándose mediante un gran círculo trazado en el suelo los dos ámbitos de actuación) y de un riguroso trabajo sobre el lenguaje, el autor muestra su permanente preocupación por descubrir la realidades esenciales de la vida (la verdadera identidad, los afectos, el destino, el amor, el sexo, …) tras la maraña de falsedad del tópico y de las convenciones sociales. Fustiga, en fin, la ceremonia de ocultación llevada a cabo por el poder ejercido a la manera de la otrora llamada clase sacerdotal y amparado en una retórica vacua fruto de una interesada manipulación del lenguaje.

El protagonista es Enrique, un pusilánime y un tanto desorientado “deportista de élite” que ha sacrificado toda su vida personal y familiar a la consecución de un objetivo que en el fondo no le satisface: nada más y nada menos que batir el record de ascensión a la cucaña. Desconsiderado con sus allegados, su madre y su novia, una pobre chica abnegada y solícita, se muestra benévolo y complaciente con los poderosos y con su corte de aduladores. Tras un encuentro fortuito con una perspicaz y descarada fulana, con la que sueña la noche antes del día señalado para la competición, le entran las dudas y está a punto de tirarlo todo por la borda. Enardecido por las soflamas de “El Padre del pueblo”, que en el discurso inaugural de la competición le convence de la importancia crucial de su hazaña para mantener vivo el orgullo de su pueblo, y con el pecho henchido de pasión por el deporte se apresta a la ascensión.

La obra termina con una solemne procesión en la que el populacho y las fuerzas vivas de la ciudad entronizan al vencedor como nuevo héroe nacional, quintaesencia de los valores patrios y símbolo del progreso; un baño de multitudes enfervorizadas jaleando entre fanfarrias a su héroe y entonando un solemne himno en metros clásicos que recuerda la Marcha triunfal rubeniana: Ya ha llegado el mañana; / ya resplandece al sol la medalla de oro, / ya llevamos al gran campeón en el carro triunfal. / Él ha sido el primero en tocar la cúspide suma / de la santa cucaña / ganándose el premio y la fama inmortal. …  … ¡Gloria, gloria al que ha dado su vida y su cuerpo por la fe y el progreso del Ser, del Estado y del Capital !

Cabe ponderar el vigor y la limpieza de la escritura, la peculiaridad de su sintaxis y del léxico, un estilo que se sustenta a un tiempo en el vocablo justo, en el ritmo y en la sonoridad que sólo encontramos en los grandes forjadores del idioma. Y lo mismo puede decirse de la puesta en escena; potenciando, atinadamente, el tono de farsa en que está concebida la obra, Ester Bellever y el elenco al completo nos deja escenas de una comicidad desbordante y cuadros de gran impacto poético y marcado simbolismo, como la imagen de Enrique, juguete roto en brazos de su madre, a medio camino entre La Piedad de Tiziano y El Descendimiento de van der Weyden. Mención aparte merece la música de Pablo Cediel, en el apoteósico final, pero también en la hermosa tonadilla de la Fulana (Charo Gallego) en el sueño de Enrique (José Troncoso). Respecto a los actores, el afable y considerado Yoni (Asier Tartás) con pañuelo al cuello, enfundado en una amplia rebeca de punto y rodeado de libros nos recuerda al propio autor. Felipe García Vélez, José Luis Sendarrubias y Daniel Moreno extraen de sus respectivos personajes los rasgos más desaforadamente grotescos del bufón; Lidia Otón, en fin, hace un trabajo antológico, dentro del mismo tenor farsesco que impregna todo el montaje; es una madre coraje pundonorosa y sagaz, ha desarrollado un profundo sentido de la realidad y es la única que se rebela ante la impostura despotricando contra todo y contra todos con el verbo encendido y la justa cólera de una iracunda y justiciera deidad primitiva.

Gordon Craig, 4-V-2019.

Ficha técnico artística:

Autor: ¿Agustín García Calvo? *

Con: Charo Gallego, Felipe García Vélez, Rosa Herrera, Daniel Moreno, Lidia Otón, José Luis Sendarrubias, Asier Tartás y José Troncoso.

Escenografía y vestuario: Pablo Menor Palomo

Música: Pablo Cardiel

Dirección: Ester Bellver.

 Madrid. Teatro Valle-Inclán. Sala Francisco Nieva.

Hasta el 5 de mayo de 2019.

(NOTA. Así, entre interrogaciones, firmaba el autor sus últimos escritos).

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