De Diderot hasta Strasberg, pasando por Jouvet, Grotowski, Meyerhold o Brook y tantos otros teorizadores del hecho escénico y del trabajo del actor, mucho se ha escrito sobre la construcción del personaje dramático por parte de los intérpretes, sobre los pormenores del proceso que conduce del actor al papel, incluidas las dinámicas de trabajo, individual y de conjunto con el resto del elenco bajo la supervisión y directrices del director de escena. El texto de Bergman que ahora recupera Ernesto Caballero amplia el rango de aplicación y la perspectiva de estos escritos para explorar lo complicada -conflictiva incluso- que puede llegar ser la convivencia de la naturaleza y sus máscaras, de la vida con la ficción, en suma, en el largo, intenso y hasta doloroso proceso creativo durante el periodo de los ensayos y cuyas implicaciones pueden trascender lo meramente instrumental, para afectar a las capas más profundas de la sensibilidad de los artistas.
Como en Los acreedores -con la que esta pieza guarda no pocas similitudes- la trama pivota sobre tres personajes con el teatro mismo como elemento catalizador del conflicto. La acción nos lleva al interior de un teatro un tanto antiguo y desvencijado donde se está preparando el montaje de El sueño, de August Strindberg. Acaba de terminar el ensayo de hoy y el director Henrik Vogler, alter ego quizá del propio Bergman, descansa en un sofá de atrezo mientras repasa mentalmente los pormenores del día. Su reposo se ve interrumpido primero por la entrada inopinada de Anna Egerman, joven actriz del reparto, que vuelve supuestamente para recuperar una pulsera que dice haber perdido y posteriormente por la aparición del recuerdo de Rachel, actriz ella misma, madre de Anna y en el pasado amante de Vogler.
Y ahí, bajo la espesa atmósfera del escenario cuyas paredes guardan el recuerdo de las emociones vividas por los personajes, los sentimientos reales o fingidos de rabia, pasión, odio, …, en el silencio, en el recogimiento, “la magia del teatro donde todo se representa pero nada es real” va a tener lugar el proceso de desnudamiento de las almas, la retirada de las máscaras, llevada a cabo con la precisión y minuciosidad con la que el experto cirujano maneja el escalpelo. Anna descubrirá en el pasado borrascoso de su infancia y en la hipocresía de sus padres su vulnerabilidad y el origen de su tendencia enfermiza a fingir sus emociones, a reconocer que lo utiliza como un mecanismo de defensa, a constatar y a poner a prueba sus poderes de seducción con Henrik. Este, a su vez, enfrentado a los fantasmas del pasado y ante el presente vivo y palpitante de Anna -“la sangre joven que arrebola las mejillas y da brillo a los ojos”-, va a descubrir el inapelable paso del tiempo o la persistencia de los rescoldos del deseo.
La irrupción violenta de Rachel da una vuelta de tuerca a la tensión mantenida hasta entonces y viene a desatar los demonios interiores de Henrik y a poner a prueba su integridad moral y sus convicciones artísticas. El episodio rememorado nos devuelve una parte hasta entonces oculta de la trama, proporcionándonos la verdadera dimensión del drama familiar vivido por Anna y de la actitud comprensiva y paternalista de Henrik con ella. En conjunto es una escena memorable protagonizada por una inmensa Lucía Quintana con la réplica contenida, cerebral, de un siempre distante Henrik (un espléndido desempeño también de Emilio Tomé) que apenas logra mantenerse a flote tras las embestidas del pasado, la rememoración de un desagradable episodio, de un encuentro concreto de ambos en el mismo lugar cuando Anna tenía 12 años. Para entonces el alcohol y una vida disoluta ya había dejado huella en el porte y facciones de Rachel convirtiéndola en una mujer derrotada, mendigando un poco de ternura y una segunda oportunidad para su arte. Marchita, neurasténica, desequilibrada, alterna momentos lánguida tristeza y desvalimiento, puntuales instantes de lucidez e inspiración (en su recitado de un pasaje de Gritos y susurros), con repentinos arrebatos de ira en que narra enajenada su comportamiento violento con Anna. Un pasaje que, sin menoscabo del vis a vis anterior entre Anna y Henrik, pone a prueba el talento y oficio de los actores y la capacidad analítica, la sutileza y la pericia del director para discurrir por la anfractuosidades y recovecos de un texto lúcido y penetrante, inscrito en los múltiples pliegues en los que se desdoblan los procesos de representación.
Un espectáculo, en fin, denso, absorvente, de elevada calidad y exigencia artísticas, donde se funden pasado y presente, realidad y ficción a través en un ingenioso y alambicado juego metateatral.
Gordon Craig, 05-IV-2026.
Ficha técnico artística:
Autor: Ingmar Bergman.
Versión de Ernesto Caballero.
Con: Emilo Tomé, Elisa Hipólito y Lucía Quintana
Escenografía e iluminación: Víctor Longás.
Vestuario: Pablo: José Cobo.
Espacio sonoro: Bastián Iglesias.
Dirección: Ernesto Caballero.
Madrid. Teatro Español. Sala Margarita Xirgu.
Hasta el 17 de mayo de 2026.
El Heraldo del Henares
