sábado , 26 septiembre 2026

Tribuna libre del Dr. Jorge Guerra González, perito judicial, mediador, abogado del menor, investigador y docente universitario: ‘Cuando el conflicto entre los padres se convierte en una forma de estrés crónico’

Una separación no tiene por qué dañar a un niño. Tampoco una discusión entre sus padres. Los conflictos forman parte de la vida familiar y, cuando se resuelven de forma razonable, incluso pueden enseñar a los niños que las diferencias son superables.

El problema aparece cuando el conflicto deja de ser puntual y se convierte en el escenario habitual de la vida familiar. Años de enfrentamientos, procedimientos judiciales, acusaciones, desconfianza, silencios, miedo a perder a uno de los progenitores o la sensación de tener que elegir entre ellos pueden crear un entorno de inseguridad permanente. La investigación indica que la duración, intensidad y cronicidad de estos conflictos son factores particularmente relevantes para el desarrollo infantil. Los niños expuestos durante mucho tiempo a una alta conflictividad presentan con mayor frecuencia ansiedad, síntomas depresivos, problemas de conducta, dificultades escolares, molestias psicosomáticas y problemas de adaptación social.

La cuestión central es, por tanto, comprender qué sucede cuando el conflicto se prolonga durante meses o años. Proponemos contemplarlo no solo como una disputa entre adultos, sino como un proceso de estrés relacionado con el apego. Esta perspectiva combina conocimientos procedentes de la psicología del desarrollo, la teoría del apego, la neurobiología, la mediación y el derecho de familia.

Los padres como fuente de seguridad

Para un niño, sus padres no son simplemente dos personas importantes. Durante los primeros años son sus principales sistemas de protección y seguridad.

La teoría del apego, desarrollada inicialmente por John Bowlby, explica que los seres humanos nacen preparados para buscar proximidad con aquellas personas de las que depende su protección. Una relación segura facilita que el niño explore su entorno, aprenda y vaya desarrollando progresivamente la capacidad de regular sus emociones. La seguridad no depende únicamente de que la madre o el padre estén físicamente presentes, sino también de que sean percibidos como disponibles, previsibles y capaces de proteger.

Imagen de la CAM

Aquí aparece una de las peculiaridades de los conflictos parentales crónicos. Las mismas personas que deberían proporcionar seguridad pueden convertirse, directa o indirectamente, en fuente de preocupación e inseguridad. El niño puede querer a ambos progenitores y, al mismo tiempo, sentir que mantener una buena relación con uno amenaza su relación con el otro.

De ahí pueden surgir conflictos de lealtad, parentificación, hipervigilancia o una gran sensibilidad hacia el estado emocional de los padres. El niño aprende a observar gestos, tonos de voz, silencios o reacciones para detectar cuándo puede producirse la siguiente confrontación. Lo que desde fuera puede parecer una reacción exagerada puede tener para el niño una función protectora: tratar de anticipar el peligro y conservar cierta sensación de seguridad.

Cuando el cerebro entra a menudo en modo alarma

El estrés no es en sí mismo negativo. Es un mecanismo de supervivencia. Ante una amenaza, el organismo aumenta la atención, moviliza energía y prepara al individuo para reaccionar. El problema surge cuando ese estado de alarma deja de ser temporal.

Cuando la amenaza se repite durante largos periodos, los sistemas de regulación del estrés pueden permanecer activados de manera persistente. La ciencia habla, entre otros conceptos, de carga alostática: el coste que puede producir una adaptación continuada a situaciones de estrés. En los niños, esto resulta especialmente relevante porque su cerebro y sus capacidades emocionales todavía están en proceso de desarrollo.

Imagen de la CAM

No significa que el conflicto parental produzca automáticamente un «daño cerebral». Esa interpretación sería demasiado simplista. El cerebro es muy plástico y se adapta con una flexibilidad muchas veces inesperada a las condiciones en las que tiene que vivir.

Precisamente ahí está la cuestión: un niño que vive durante mucho tiempo en un ambiente inseguro puede organizar parte de su desarrollo alrededor de la necesidad de detectar y afrontar amenazas. Puede aumentar su vigilancia, interpretar más rápidamente determinadas señales como peligrosas o concentrar recursos psicológicos en mantener su propia seguridad emocional. A corto plazo, esas estrategias pueden ser útiles. A largo plazo, pueden competir con otras tareas del desarrollo, como explorar, aprender, confiar o relacionarse con libertad.

Algunos estudios neurobiológicos respaldan esta interpretación. El gran estudio estadounidense ABCD, dedicado al desarrollo cerebral de niños y adolescentes, ha encontrado asociaciones entre entornos familiares conflictivos, determinados problemas de conducta y diferencias en regiones y redes cerebrales relacionadas con la regulación emocional, el procesamiento social y el control del comportamiento. Es importante insistir: se trata de asociaciones y procesos de adaptación, no de una relación automática y simple entre conflicto y lesión cerebral.

¿Es comparable con un trauma?

Digamos que un conflicto parental grave y crónico no es equivalente a una guerra, a la violencia extrema ni a un trauma grave. Esto debe quedar muy claro. La comparación se refiere únicamente a determinados mecanismos de respuesta. Diferentes tipos de amenaza crónica pueden activar parcialmente sistemas biológicos semejantes relacionados con la detección del peligro y la regulación del estrés. Para el cerebro no importa solo qué tipo de amenaza existe objetivamente, sino también hasta qué punto la persona la percibe como prolongada, incontrolable e importante para su seguridad.

En el caso de los niños, la situación puede tener una intensidad subjetiva especial: no pueden abandonar fácilmente el conflicto, dependen de los adultos implicados y pueden temer la pérdida o el deterioro de relaciones esenciales para ellos. Por ello, algunos desarrollan una especial sensibilidad hacia cualquier señal que pueda anunciar una nueva confrontación.

¿Y qué ocurre con los padres?

Esta es una de las partes más novedosas, pero también más prudentes, del planteamiento. Existe bastante investigación sobre las consecuencias del estrés familiar crónico en los niños. En los adultos, en cambio, la evidencia específica es todavía mucho más limitada. Por tanto, no puede afirmarse que los padres experimenten los mismos cambios neurobiológicos que los niños.

Pero sería por lo menos razonable suponerlo. Los sistemas de apego no desaparecen al llegar a la edad adulta. Las relaciones de pareja también cumplen funciones de seguridad emocional, regulación del estrés e identidad. Una separación puede significar no solo la pérdida de una pareja, sino también la desaparición de un sistema de seguridad que durante años tuvo enorme importancia.

Si a esa separación se añaden procedimientos judiciales, disputas sobre los hijos, acusaciones, incertidumbre económica y enfrentamientos repetidos, el conflicto puede mantenerse activo durante años.

Y aquí aparece una paradoja: cuanto más se prolonga el conflicto, más difícil puede resultar disponer precisamente de las capacidades necesarias para resolverlo.

El estrés intenso puede reducir temporalmente la flexibilidad mental, dificultar la adopción de la perspectiva de la otra persona y favorecer interpretaciones más hostiles de comportamientos ambiguos. Así, la alta conflictividad puede convertirse en un círculo que se alimenta a sí mismo: la amenaza genera estrés; el estrés favorece una percepción más defensiva; esa percepción facilita nuevas confrontaciones, que a su vez incrementan la sensación de amenaza.

Esta explicación no elimina la responsabilidad personal. Los adultos continúan siendo responsables de sus actos. Comprender los mecanismos psicológicos y biológicos no significa justificarlos. Significa entender mejor por qué determinados conflictos pueden resultar tan difíciles de detener.

Por qué decir «Venga, pónganse de acuerdo» puede no ser suficiente

Mediar, conciliarse requiere determinadas capacidades: escuchar al otro, tolerar diferencias, regular las propias emociones, contemplar varias interpretaciones de una misma situación y aceptar que el conflicto puede tener una solución negociada. Precisamente esas capacidades pueden deteriorarse cuando una persona se encuentra desde hace mucho tiempo en un estado de amenaza y defensa.

Imagen de la CAM

En estas situaciones, un problema aparentemente concreto —el contacto durante las vacaciones, la custodia, una entrega del niño o una decisión escolar— puede representar mucho más. Puede vivirse como una cuestión de pérdida, reconocimiento, poder, identidad, seguridad o miedo a quedar excluido de la vida del hijo.

Por eso, el fracaso de una mediación no demuestra necesariamente que las partes «no quieran la paz». En determinadas situaciones puede significar que todavía no existen las condiciones psicológicas necesarias para poder acercarse al otro.

Cuanto más crónico es el conflicto, menos realista resulta esperar que unas pocas conversaciones solucionen rápidamente una dinámica construida durante años. A veces, el primer objetivo no debería ser conseguir inmediatamente una relación cooperativa o una reconciliación emocional, sino algo más modesto: detener la escalada, reducir la inseguridad y devolver estabilidad al sistema familiar. A partir de ahí pueden desarrollarse cambios más profundos.

Prevenir antes que reparar

De todo ello surge probablemente la consecuencia práctica más importante del artículo: hay que intervenir antes. Porque después, cuando el conflicto esté exacerbado, será más complicado salir de él.

Las instituciones suelen entrar en escena cuando el conflicto ya se ha agravado considerablemente. Para entonces pueden haberse consolidado años de desconfianza, interpretaciones hostiles y patrones de enfrentamiento.

Prevenir no significa imaginar familias sin conflictos. Las diferencias forman parte de las relaciones humanas. Incluso pueden ser útiles cuando los niños observan que sus padres son capaces de discutir y posteriormente encontrar una solución. Lo que debe evitarse es que el conflicto se transforme en una estructura permanente alrededor de la cual comienza a organizarse toda la familia.

Por eso, una mediación lo antes posible, un asesoramiento parental a tiempo, la coordinación entre profesionales y otros procedimientos orientados al consenso pueden tener una segunda función además de solucionar problemas concretos: impedir que el conflicto se cronifique. Los niños no necesitan padres que nunca discutan. Necesitan, sobre todo, conservar suficiente seguridad y estabilidad a pesar de las diferencias entre los adultos.

Las instituciones también forman parte del conflicto

Finalmente, el artículo plantea una cuestión incómoda pero importante: el sistema de justicia familiar y los servicios de apoyo no observan el conflicto desde fuera. Desde el momento en que intervienen, forman parte de él.

Los tribunales necesitan escuchar posiciones contrapuestas, valorar pruebas y finalmente tomar decisiones. Esta lógica es indispensable para garantizar derechos y seguridad jurídica. Pero las condiciones necesarias para resolver una cuestión jurídica no coinciden necesariamente con aquellas que favorecen la confianza, la cooperación y la seguridad emocional.

Mazo judicial. Imagen de la CAM

Un procedimiento que dura años, con diversas evaluaciones, intervenciones contradictorias o una coordinación insuficiente entre profesionales pueden prolongar una incertidumbre perniciosa para la confianza mutua y la paz familiar. Incluso decisiones jurídicamente correctas pueden formar parte de un proceso que mantiene permanentemente activado el conflicto.

Esto no significa que los tribunales provoquen la alta conflictividad. Significa que las instituciones pueden, en determinadas circunstancias, contribuir involuntariamente a mantenerla o intensificarla. Por eso, además de preguntar si una decisión es jurídicamente correcta, sería necesario preguntarse también qué efecto puede tener sobre la evolución futura del conflicto y sobre la seguridad del niño.

La respuesta tampoco consiste en sustituir el derecho por la psicología. Se trata de combinar mejor las distintas perspectivas. Derecho, psicología, neurobiología, mediación y protección infantil contemplan aspectos diferentes de un mismo problema. Deberían actuar de forma más coordinada porque de esta manera será posible captar una situación de la manera más conveniente, para así poder resolverla después adecuadamente.

Una idea sencilla con consecuencias importantes

Dr. Jorge Guerra

En todo caso el tiempo importa. Un conflicto intenso no es necesariamente un conflicto crónico. Pero cuanto más tiempo permanecen los niños y los padres dentro de dinámicas de amenaza, inseguridad y confrontación, más difícil puede resultar recuperar la flexibilidad, la confianza y la cooperación. La neurobiología no determina cómo actuarán las personas ni sustituye su responsabilidad. Pero ayuda a comprender por qué la alta conflictividad puede adquirir vida propia y por qué no siempre basta con pedir a los padres que dialoguen, cooperen o lleguen a un acuerdo.

Quizá, por tanto, el objetivo principal de un sistema orientado realmente al bienestar infantil no debería consistir únicamente en resolver conflictos cuando ya están profundamente arraigados. Debería intentar evitar, desde el principio, que lleguen a convertirse en una forma permanente de vida familiar. Esa prevención temprana —protegiendo los vínculos, reduciendo la escalada y devolviendo seguridad a niños y adultos— constituye la principal propuesta práctica del trabajo.

Dr. Jorge Guerra González, perito judicial, mediador, abogado del menor, investigador y docente universitario

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