lunes , 11 mayo 2026

Carta del obispo de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara: ‘Navidad’

Queridos hermanos en el Señor: Os deseo gracia y paz.

En esta semana viviremos un tiempo de transición. Los últimos latidos del Adviento desembocarán en el acontecimiento de la Navidad, que no se circunscribe a un solo día, pues su efecto se prolonga hasta que comience el denominado tiempo ordinario.

Contemplaremos el infinito brotar y manar del amor de Dios. Participaremos de un gozoso anuncio que nos habla del Verbo que es Dios, y lo percibimos como Verdad, Luz y Vida. El Verbo, la Palabra, que se hace carne, planta su tienda entre nosotros y habita entre nosotros. El Verbo que nos permite contemplar su gloria, la gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

El amor de Dios suscita amor y espera una respuesta de amor. Pero amar a Dios no consiste simplemente en proponerse amarlo, sino en convertirse en un ser que ama, caminar en la luz, permanecer en el amor.

La vida cristiana no se identifica con los buenos deseos ni con las rectas intenciones. El amor de Dios, manifestado en el Hijo, renueva y transforma nuestra condición humana, nos pone en sintonía con su modo de pensar, de sentir y de vivir, reconfigura toda nuestra existencia, dinamiza nuestras capacidades, abre nuestro horizonte, orienta definitivamente nuestras actividades, nos devuelve la alegría y da sentido a nuestros pasos.

Navidad es un misterio que la liturgia nos invita a contemplar con los ojos de la fe. Navidad se concentra en un elocuente mensaje: Dios, que es amor, te ama. Te ama infinitamente, eternamente, divinamente. Te ama sin límite y sin medida.

El Espíritu Santo es quien hace que veamos rectamente a Jesucristo, que lo veamos desde el amor, que lo contemplemos como amor regalado que espera amor.

Hemos de prepararnos para encontrarnos con el Enmanuel, el Dios con nosotros, que nace en la pobreza para hacerse nuestro compañero de viaje.

Julián Ruiz Martorell

En el corazón de la noche, Jesucristo vendrá por nosotros, vendrá a nosotros para habitar en el corazón de cada uno y vendrá a vivir con nosotros. Es necesario acogerle en nuestro interior, en nuestras familias, en nuestros pueblos y ciudades. Necesitaremos recogimiento íntimo para saborear la alegría profunda que trae su presencia.

En el último tramo del Año Jubilar resuenan de nuevo las palabras de san Pablo: “la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,5).

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

Julián Ruiz Martorell, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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