Uno ha visto ya numerosas versiones de este texto fundamental de la dramaturgia española -y occidental, cabría decir, sin miedo de incurrir en hipérbole-, algunas memorables como la dirigida y protagonizada en el Teatro Español por José Luis Gómez allá por marzo del año 1982, o la dirigida por Pérez de la Fuente en 2008 y con Fernando Cayo en el papel de Segismundo, y no obstante, se siente tentado por el reclamo de cada nueva versión que recurrentemente se abre paso a los escenarios abrigando la esperanza de que ese nuevo montaje desvelará facetas o aspectos del contenido o de los personajes que permanecen ocultos, arrojando nueva luz sobre los mismos al cambiar el contexto social o el punto de vista y los intereses de los directores que se acercan a ellos. El montaje que nos ocupa, concitaba, obviamente, un interés especial, gestado bajo las bombas en una Ucrania en guerra, sometida a una brutal agresión decretada por un sátrapa sanguinario, un interés y unas expectativas que no ha sido defraudadas.
Dadas las noticias que a diario llegan de Ucrania y dadas las condiciones adversas en las que se ha debido de desarrollar la producción, con el elenco y los integrantes del equipo artístico sometidos en carne propia a la terrible experiencia de la guerra y sus secuelas de muerte y destrucción no negaremos que entre la compañía y el público asistente a la representación se estableció enseguida una profunda corriente de cariño, reconocimiento y admiración; lo cual, hay que apresurarse a decir no invalida o menoscaba nuestro juicio crítico para valorar en su justa medida el rigor analítico y la calidad técnica y artística del espectáculo, que son, sin ambages, sobresalientes.
Sería difícil, por otra parte, no establecer un paralelismo entre el contexto sociopolítico y militar de la Ucrania y de la Rusia de hoy y el marco argumental de la obra, con el omnipresente tema de fondo de la libertad -de cuya falta se queja tan amargamente Segismundo en el monólogo del inicio de Jornada I- y el ambiente de guerra abierta de la Jornada III entre el príncipe heredero legítimo y el usurpador Astolfo, duque de Moscovia, a quien pretende entregar el rey Basilio el trono de Polonia. De ahí que la atmósfera y el tono que impregna toda la puesta en escena y su estética, desde el vestuario hasta la caracterización y actitudes de los personajes (con un Clotaldo que más que tutor o ayo de Segismundo es su carcelero, o con los criados convertidos en soldados de gesto adusto y ademanes marciales), todo está impregnado de un aura inequívocamente castrense.
De las múltiples tramas entre parejas de personajes que incorpora la acción en el texto original, la adaptación y dramaturgia de José Gabriel Antuñano para la compañía ucraniana sólo incorpora los elementos esenciales que alimentan el conflicto principal Basilio-Segismundo, en su doble dimensión filosófica-existencial y política. La primera en tanto que meditación sobre el binomio realidad/apariencia, dilema con el que tiene que lidiar Segismundo enfrentado a la cruel tesitura en la que le sitúa su padre tras liberarle del encierro: la prueba de la fiabilidad de sus percepciones; la segunda acerca de las consecuencias que acarrea el ejercicio del poder de forma despótica. Sin olvidar el papel fundamental de Rosaura, que al irrumpir en la cueva determina el fin del aislamiento de Segismundo y el inicio de la búsqueda de su nueva identidad. Por cierto, que este encuentro constituye una de las escenas más brillantes de la obra, cuando apaciguada su furia inicial, Segismundo descansa aliviado en el regazo de Rosaura mientras esta le acaricia con maternal afecto y ternura.
La puesta en escena es de una sobriedad espartana, la frialdad metálica de unos practicables de estructura tubular a dos niveles y un vestuario austero también, atuendos militares, como ya he dicho, con la única salvedad simbólica del blanco del vestido de novia de Estrella y del rojo de la banda de Basilio y de la túnica que sustituye a los harapos que cubren a Segismundo cuando lo sacan de la cueva; a esto habría que añadir el marcado contraste entre los personajes con un Basilio (Oleg Zamyatin) anciano y enfermo, casi un inválido y un jovencísimo y desmedrado Segismundo (Volodymyr Mishukov ) de cuerpo y mente torturados por el encierro, que transita con singular pericia del abatimiento a la euforia por la libertad recobrada, de la postración al asombro, la ira, o la desmesura, y a extremos de violencia desatada contra quienes contravienen sus más extraños caprichos. Tanto ellos como el resto del elenco, dirigidos por acierto por Ignacio García y Oleg Zamyatin, llevan a cabo una labor actoral espléndida, un trabajo muy físico, casi visceral, en una genuina encarnación del la entraña humana de unos personajes enfrentados a sus pasiones y a un destino cruel producto y consecuencia del proyecto quimérico de un gobernante supersticioso y fatuo que pretende amoldar la realidad a sus deseos.
Magnífico, sin reservas, este espectáculo de la compañía Lesya Ukrainka National Academic Drama Theatre; prodigio de un textoque después de cuatro siglospuede abrirse camino en una latitud y en un contexto histórico tan diferentes, para que nos sea devuelto, bajo la forma de una soberbia experiencia estética, con el potencial significativo capaz de tocar las fibras más intimas de nuestra sensibilidad.
Gordon Craig. 17-XI-2025.
Ficha técnico artística:
Autor: Pedro Calderón de la Barca.
Dramaturgia: José Gabriel Antuñano.
Con: Oleg Zamyatin, Volodymyr MIshukov, Olha Nahimiak, Anastasia Piskovets, Leonardo Ortizgris, Valeriia Saakian, Oleksii Polischuk, Mykhailo Hanev, Olekxandr Hrekov, y Zakhar Kermoshchuk.
Lesya Ukrainka National Academic Drama Theatre.
Dirección: Ignacio García y Oleg Zamyatin.
Diseño de escenografía: Olena Drobna.
43º Edición del Festival de Otoño.
Madrid. Teatro de la Abadía. 16 de noviembre de 2025.
El Heraldo del Henares

