viernes , 17 abril 2026

‘El jardín de los cerezos’, de Anton Chéjov, en el teatro Fernán Gómez: “La musa carnavalesca”

Obra de madurez de Chéjov, escrita lenta y cuidadosamente durante más de tres años en los pocos momentos de asueto que le dejaban sus achaques, El Jardín de los cerezos es una obra de gran complejidad, por la riqueza y variedad de personajes y por la no menos diversa tonalidad e intensidad de los conflictos planteados. Baste recordar, para dar una idea de esa complejidad y de la diversidad de “lecturas” que permite, la polémica surgida entre el autor y Nemiróvich-Dánchenko director a la sazón del Teatro del Arte de Moscú, donde habría de estrenarse la obra en 1904. Para el primero El jardín de los cerezos debía de tratarse como una comedia ligera, para el segundo y para el propio Stanislavsky, miembro destacado de la compañía y para quien Chéjov había reservado el papel de Lopajín, debía de representarse como una drama serio de la vida rusa de la época.

El jardín de los cerezos. Fotografía de Luiscar Cuevas

Pues bien, Pérez de la Fuente parece haberse decantado por la primera opción. Fiel a la opinión del autor y siguiendo su inclinación personal por el ceremonial carnavalesco (recuérdese, por ejemplo sus montajes de Pelo de tormenta o La visita de la vieja dama ) nos ofrece la versión más frugal, casi deconstruída, de lo que a nuestro entender es un suculento plato, un muestrario completo de los ingredientes de la psique humana, con sus pizcas de bondad, de amor, de ilusiones, de sueños y esperanzas, pero también de deseos insatisfechos, de frustraciones, de simulación, engaño, odio, servidumbre y afán de revancha que constituyen la esencia misma de la vida y que modelan el imaginario de unos personajes anclados en el hastío y la inacción, enfermos de nostalgia por un paraíso perdido. Todo ese rico universo emocional queda en cierta medida diluido, velado por el tono de fiesta carnavalesca que desde la saturnal tragicómica del acto III impregna el desarrollo de la acción dramática, con su acopio de detalles nimios de atrezo y vestuario, con su lastre de costumbrismo o con una construcción de personajes que en el caso de Semyonov Pischik (Juanma Cifuentes), Leonid A. Gaev (Markos Marín) o Semion P. Epijodov (José Gonçalo), por poner sólo algunos ejemplos, bordea lo esperpéntico o la caricatura.

El jardín de los cerezos. Fotografía de Luiscar Cuevas

El argumento es de sobra conocido. Tras cinco años de ausencia la señora Liuba Andreyevna Ranévskaya vuelve a su querida mansión en el campo para enterarse de que no queda otro remedio que subastar la finca familiar para pagar a los acreedores. La obra dramatiza por así decirlo ese impasse, ese par de semanas de vida disipada, de fiestas, de excursiones campestres, que transcurren entre la llegada de la señora y de su hija Anya y la partida definitiva de toda la familia y de su corte de admiradores y amigos, dejando la casa clausurada mientras a lo lejos se oye el ruido sordo del hacha talar los cerezos. Tiempo suficiente, empero, para mostrarnos un friso completo de una forma de vida señorial, de grandes terratenientes diletantes y ociosos preocupados únicamente por distraerse y disfrutar de unos privilegios y de una posición heredados mientras dilapidan su fortuna en saraos y fruslerías, sin darse cuenta de la profunda transformación social que ya está en marcha y que terminará por barrer a todos los miembros de su clase de la faz de la tierra. En ese sentido la pieza tiene un cierto carácter profético y representa un mundo que agoniza, el de señores y siervos y un mundo nuevo representado por Anya (Helena Ezquerro), la ingenua y bondadosa hija menor de Liuba y por Petia Trofimov (Jesús Torres), el eterno estudiante idealista, cuya figura desaliñada, su apariencia de estar por encima del bien y del mal y su retórica de visionario viene a ser una clara metáfora del futuro revolucionario.

Pérez de la Fuente consigue captar, en todo caso, la atmósfera decadente, y el “grandeur” trasnochado y caduco propio de la alta sociedad del tiempo en que la obra fue escrita, parodiando las actitudes y el comportamiento de unos personajes sometidos a constantes cambios de humor, derivados a veces de su natural voluble y caprichoso como la propia Andreyevna, de la euforia provocada por los vapores del champán, del latido de la naturaleza o de la honda tristeza y melancolía de los recuerdos, sentimiento que se hace particularmente intenso en algunos momentos como en la evocación del hijo pequeño ahogado o en la súbita visión de la madre al final del sendero, en el acto primero.

Y todo ello dominado por una persistente, casi pegajosa sensación de tedio – ¿l’enui, ce monstre délicat, baudeleriano?, como un pesado velo que amortiguara la ocasional eclosión de la emocionalidad de los personajes: de la pasión de una irresoluta y mustia Andreyevna Ranévskaya (Carmen Conesa) rompiendo los telegramas de su amante parisino; de júbilo en el reencuentro de una desvaída Anya con su hermana Varya; de los abscesos de cólera del impetuoso Trofimov cuando Liuba le reprocha su indiferencia y escepticismo; o de la furia contenida de Varya (Marta Poveda) con el atolondrado Lopajin (Chema León) del final del cuarto acto, cuando éste apremiado por Liuba y por los preparativos para la partida intenta sin éxito declararse a la joven.

                                                           Gordon Craig, 16-III-2026.

Ficha técnico artística:

Autor: Anton Chéjov.

Versión: Ignacio García May.

Con: Juanma Cifuentes, Carmen Conesa, Helena Ezquerro, Chema León, Manuel Maciá, Borja Maestre, Cristina Marcos, Markos Marín, Noelia Marlo, Chema de Miguel, José Gonçalo Pais, Marta Poveda y Jesús Torres.

Diseño de escenografía: Juan Carlos Pérez de la Fuente e Isi Ponte.

Diseño de vestuario: Rosa García Andújar.

Diseño de iluminación: José Manuel Guerra.

Música y espacio sonoro: Ignacio García.

Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente.

Madrid

Teatro Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa.

Hasta el 12 de abril de 2026.

Acerca de Gordon Craig

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